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Archive for the ‘La reconstrucción’ Category

La primera vez de Albus


El pequeño Albus Potter tenía seis meses de vida, pero era ya lo bastante inteligente como para tener algunos juguetes. Sus padres estaban a la vez sorprendidos y orgullosos de su precocidad. Para Albus, el mundo se reducía a lo que podía ver desde su cuna y lo que podía tocar con sus manos, sin contar las ocasiones en que su mamá lo alimentaba. De vez en cuando, su mamá y el hombre a quien ella llamaba Harry tenían ramas en las manos y los usaban para lanzar rayos y chispas de bellos colores que lo hacían sonreír. Albus siempre estiraba las manos cuando esto ocurría, primero hacia las luces y luego, cuando su cerebro comprendió que las luces eran producidas por las ramas de sus padres, hacia dichas ramas. Ansiaba sostenerlas y hacer que echasen esas mismas luces.

Cuando sus padres no hacían magia frente a él, su entretenimiento preferido era jugar con su sonajero. Los colores y sonidos que brotaban de él eran muy lindos, y podía estar horas sacudiéndolo y sonriendo de felicidad. Casi siempre se dormía con el sonajero, y su madre o su padre se lo quitaban suavemente para evitar que se lastimase con él accidentalmente durante el sueño.

Fue pocos días después de cumplir los seis meses que Albus se despertó, como siempre, sin el sonajero en la mano. Al ya había pasado por eso muchas veces y sabía que era inútil buscarlo entre las sábanas de su cuna. Su única opción era llorar para que mamá o Harry viniesen y se lo devolviesen. El niño se sentó (hacía pocas semanas que podía sentarse más o menos sin ayuda) y preparó sus pulmones, pero de pronto sus ojos notaron la presencia de su juguete preferido encima de la cómoda, ubicada a pocos metros de su cuna.

Albus quería ese sonajero, y lo quería ahora. Sabía que aún llorando con fuerza sus padres tardarían un largo en darle el juguete de vuelta, y carecía de la paciencia necesaria para esperar. De modo que estiró las manos hacia el objeto, ansiando poder alcanzarlo con todas sus fuerzas.

Y de reprente, Albus sintió como si una fuerza interior, casi como una extremidad invisible, saliese de su cuerpo en dirección al sonajero. Entusiasmado, Albus estiró mentalmente ese brazo extra y llegó a tocar el sonajero, que se movió un poco. El bebé podía sentir la textura lisa y un poco fría del plástico. Y luego quiso acercarlo hacia su cuna.

Lo que ocurrió a continuación fue rapidísimo. El sonajero, lejos de flotar lentamente hacia Albus, se lanzó hacia él como atraído por un imán. Albus apenas tuvo tiempo de cerrar instintivamente los ojos antes de que su juguete lo golpease en la frente. El bebé empezó a llorar a todo pulmón antes aún de que viniese el dolor del impacto.

Ginny, que estaba ya subiendo las escaleras para despertar a Albus, escuchó el llanto y subió corriendo. A pesar de los casi diez años de paz transcurridos desde la muerte de Lord Voldemort, todavía seguía temiendo la posibilidad de un ataque de los Mortífagos que continuaban en libertad. De hecho, el nacimiento de sus dos hijos había aumentado sus temores, porque podía enfrentar una amenaza contra su propia vida o la de Harry, pero no contra la de aquellos niños, carne de su carne y sangre de su sangre. Sacando su varita, la mujer corrió por el pasillo y entró al dormitorio de su hijo menor, pero se encontró “apenas” con el bebé sentado en su cuna llorando y con una marca roja en la frente. Aliviada, Ginny guardó la varita y levantó al niño de la cuna para examinar el golpe.

-¿Con qué te hiciste esto, corazón? -preguntó suavemente. Luego vio entre las sábanas el sonajero de Albus, el mismo sonajero que ella había sacado de la cuna la noche anterior, cuando Al se durmió, y una idea empezó a formarse en su mente. Fue entonces que Harry entró en la habitación, con más parsimonia que su esposa pero un poquito alarmado.

-¿Qué ocurre, Ginny? -preguntó.

-¿Tú le devolviste esto? -replicó ella mostrándole el sonajero.

-No, Ginny -dijo Harry con calma.

-¿Seguro?

-Por supuesto. Yo lo acosté y tú viniste a ver si estaba dormido y acomodarlo.

-Entonces… creo que esto significa que nuestro hijo es un mago. Porque solo con magia habría podido alcanzar el sonajero.

-¿Y por qué llora? -dijo Harry, en cuyo rostro comenzaba a dibujarse una sonrisa.

-Porque le pegó en la frente.

-Pobre niño -dijo Harry mientras lo tomaba de los brazos de su madre y lo acunaba. Albus estaba empezando a tranquilizarse. El dolor del golpe era cada vez menos intenso, y el estar en manos de ese hombre lo hacía sentir más seguro-. Espero sinceramente que la magia te sea más útil en el futuro, hijo -añadió mientras lo besaba en la frente.

-Creo que esto amerita una celebración -dijo Ginny mientras contemplaba con ternura a dos de las tres personas más importantes de su vida-. Creo que nadie en mi familia ha tenido su primer estallido involuntario de magia a tan corta edad.

-Nuestro Albus Severus será un gran mago -sentenció Harry mirándolo con amor y orgullo a los ojos.

[NOTA: Quiero dedicarles este breve capítulo a Aldi y a Durward. En el caso del segundo, espero que su problema -sea cual sea- se solucione pronto. También quiero aclarar que no estoy 100% seguro que jugar con sonajeros sea precoz en un bebé de 6 meses, pero ¿qué quieren? No soy pediatra, soy estudiante de Historia. Un abrazo a todos y a todas.]

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El otro Pensadero VII


[NOTA: Esta es la séptima y última parte de la historia de Albus Dumbledore y Gellert Grindelwald. Les advierto que hay al principio un par de escenas de contenido sexual un poco más explícito que el beso y el “¿Vamos arriba?” de Albus a Gellert del final del capítulo anterior.]

Harry se vio transportado de inmediato al dormitorio de Dumbledore, junto con éste y Grindelwald. Los dos chicos continuaron besandose con pasión, casi con desesperación, mientras se iban quitando la ropa…

En aquel punto, Harry llegó a la conclusión de que ya había visto más que suficiente, y salió del recuerdo de Dumbledore. Si había algo que definitivamente no deseaba presenciar era a su director haciendo el amor con quien después se convertiría en el peor mago oscuro del siglo XX después de Lord Voldemort. Así que se inclinó hacia el Pensadero (no pudiendo evitar ver la perturbadora imagen de Grindelwald, ya totalmente desnudo, tendiéndose boca abajo en la cama de Dumbledore mientras este se inclinaba para…) y utilizó su varita para que los recuerdos avanzasen más rápido. Una vez que la imagen que se veía en el Pensadero se hubo oscurecido, señal de que los recuerdos de la primera noche de Albus y Gellert juntos terminaban, Harry volvió a entrar al Pensadero.

Los dos jovenes seguían en la cama, y la luz del sol comenzaba a colarse por las ventanas. Por suerte para Harry, las noches de aquel verano que recién empezaba debían ser todavía frías, de modo que Grindelwald y Dumbledore se habían tapado con las sábanas. Albus estaba ya despertándose y devoraba a Grindelwald con los ojos. Bastó que le apoyase la mano en la cadera para que el joven alemán se despertase de inmediato. Un poco desorientado, pareció no darse cuenta de dónde estaba, pero finalmente se volvió hacia Dumbledore y recuperó la calma.

-¿Has dormido bien?

-Poco en cuanto a horas, pero mucho en cuanto a calidad.

Dumbledore rió con ganas, pero luego se puso muy serio.

-Escucha, no quiero que te ofendas, pero… ¿hiciste esto porque sentías lástima por mí?

Gellert pareció calibrar con mucho cuidado su respuesta, pero finalmente dijo:

-No. Sinceramente, no sé por qué lo hice. Fue… bueno, yo diría que fue un impulso. Y es extraño, porque yo casi nunca hago nada por impulso. ¡Por Dios, no hace ni veinticuatro horas que nos conocemos!

-¿Te arrepientes?

-No, no, para nada -dijo, y se acercó a Dumbledore, apoyando su cabeza en el flaco pecho del joven-. Lo pasé muy bien.

-Yo también. ¡Qué curioso! Si las autoridades se enterasen de esto, me vería en problemas tanto en el mundo mágico como en el mundo muggle.

-¿Por qué?

-Bueno, si no me equivoco que un mago adulto tenga relaciones con un mago menor de edad es delito. Y entre los muggles que dos personas del mismo sexo tengan relaciones -sin importar su edad- también lo es. Aunque en ambos ámbitos son muy pocos los que en la práctica son castigados por ese crimen.

-No sé mucho sobre los muggles, pero dudo que los magos te castigasen con dureza. Después de todo, tú has cumplido los diecisiete hace muy poco, y yo tengo ya dieciseis. Y ambos actuamos por nuestra libre voluntad ¿cierto?

-Sí -dijo Dumbledore, sonriendo-, aunque de todos modos no se vería bien. El alumno estrella Albus Dumbledore emborrachando y seduciendo a un inocente mago menor de edad.

No se “vería bien” ni aunque los dos tuviesen cien años y no hubiesen probado una gota de whisky de fuego en sus vidas, pensó Harry, mientras veía a los dos adolescentes reírse a las carcajadas.

-Albus -dijo Grindelwald, en un tono más serio-. Lo que me contaste anoche es terrible. Me conmueve el hecho de que tengas que mantener a Ariana escondida como un animal peligroso.

-Ella es peligrosa, Gellert. Al fin y al cabo, mató a nuestra madre.

-¿Cómo? No me dijiste eso anoche.

-¿No? Perdona, estaba muy cansado y muy nervioso y mi relato no fue tan detallado como debió haber sido. Sí, ella la mató. Fue un accidente, por supuesto. La energía mágica que Ariana libera puede tener muchos efectos sobre quien la padece. En una ocasión me Aturdió, en otra paralizó a Aberforth. En el caso de mi madre, la energía que la golpeó debió ser la misma energía que sale de nuestras varitas cuando utilizamos la Maldición Asesina.

“No obstante, lo que Ariana le lanzó a mi madre era un Avada Kedavra de baja potencia. A veces se da en casos de menores de edad que de algún modo u otro son capaces de hacer la Maldición, pero que no tienen suficiente energía mágica en sus organismos para que esta sea tan potente como la de un adulto. El resultado es… desagradable. Es como si la víctima se fuese apagando poco a poco. Sus órganos dejan de funcionar uno a uno, su cuerpo se va paralizando. No hay dolor, pero sí una agonía prolongada.

“Mi madre tuvo tiempo de cerrar con llave la puerta del dormitorio de Ariana y de arrastrarse hasta el piso de abajo, de modo que no viesen a mi hermana cuando la encontrasen muerta.

-¿Cómo supiste todo eso?

-Detecté los rastros de magia en el cadáver de mi madre. Supe… no, sentí que ella había recibido un Avada Kedavra de Ariana. Pero como encontraron a mi madre en la planta baja, adonde nunca hacemos bajar a mi hermana, deduje que debió ser un hechizo de baja potencia.

Los dos muchachos se quedaron en silencio nuevamente. El rostro de Grindelwald -cuya cabeza aún seguía apoyada en el pecho de Dumbledore- mostraba una expresión muy reflexiva.

-Todo esto es… No creo que haya palabras para expresar el horror que me despierta tu situación y la de tu familia. Sin embargo, no creo que sea imposible mitigar esa situación, si bien no se la puede reparar.

-¿Cómo?

-Llevando a cabo mis planes. El principal motivo por el que las autoridades mágicas querrían encerrar a tu hermana es porque ella es meramente incapaz de ocultar su condición de bruja al mundo muggle. Si los muggles conociesen la existencia de nuestro mundo en general, el caso de Ariana en particular dejaría de ser tan importante.

El razonamiento, para Harry, era simple. Sorprendentemente simple, pero también peligrosamente simple.

-¿Y realmente crees que tan solo con lograr que los muggles se enteren de todo lo relacionado a la magia conseguiríamos mantenerla a salvo?

-No solo con eso. También tendríamos que tener el poder en nuestras manos, Albus. El caso de Ariana lo hace aún más necesario que antes. ¿Quién osaría intentar recluir a la hermana de Albus Dumbledore, uno de los poseedores de las Reliquias de la Muerte? Tú y yo seríamos los líderes del nuevo mundo. Nadie se atrevería a cuestionar nuestra autoridad. Lo único que necesitamos son las Reliquias.

La atmósfera en el cuarto se había descomprimido un poco. Albus, antes taciturno por tener que revivir los detalles de la muerte de su madre, parecía ahora esperanzado. Gellert debió darse cuenta del cambio operado en su amigo, por lo que empezó a besarle el pecho lenta y lascivamente.

-Si sigues haciendo eso, tendremos que volver a empezar -dijo Dumbledore en tono falsamente admonitorio.

-¿Y quién dice que eso no es lo que estoy buscando? -contestó Grindelwald.

Y mientras Dumbledore se abalanzaba sobre Gellert, Harry puso los ojos en blanco y salió nuevamente del Pensadero.

***

Harry no tenía muchas ganas de seguir viendo el resto de las escenas del recuerdo de Dumbledore en el Pensadero. ¿Qué le esperaba allí aparte de los escarceos amorosos de Albus y Gellert, junto con los planes de la pareja para encontrar las Reliquias y utilizarlas para dominar primero al mundo mágico y luego al mundo muggle?

No obstante, había algo que sí debía ver. El triple duelo de Grindelwald con Alberforth y Albus Dumbledore era una referencia ineludible. ¿Realmente quería saber cuál de los tres había asesinado accidentalmente a Ariana? , pensó Harry. Probablemente lo que vea en ese recuerdo no me gustará, pero necesito saber.

De modo que el muchacho fue revisando los recuerdos a toda velocidad hasta que vio a Albus, Gellert y Aberforth lanzándose hechizos los unos a los otros, momento en el que detuvo el avance del Pensadero, retrocedió hasta el comienzo de la escena y entró en ella.

Era mediodía. Dumbledore y Grindelwald estaban en aquella misma sala de estar donde un tiempo antes (que para Harry habían sido apenas unas horas, pero para ellos debía haber pasado algunos meses atrás) había sido velada Kendra Dumbledore. Sentados en los sillones, conversaban tranquilamente.

De repente entró Aberforth a la estancia. Los dos chicos se quedaron en silencio, no queriendo que el hermano de Albus participase de su charla.

-Albus -dijo Aberforth sin saludar a Grindelwald-, quiero hablar contigo.

-De acuerdo -dijo Dumbledore, sin levantarse del sillón.

-Solos -añadió Aberforth, mirando con desconfianza al amigo de su hermano.

-Gellert es de fiar, puedes decirme lo que quieras delante suyo.

Aberforth vaciló, pero finalmente dijo:

-Está bien, está bien. Te lo diré delante de Gellert -pronunció su nombre casi como si fuese una mala palabra-. Quiero saber qué vas a hacer cuando yo me vaya a Hogwarts. Es decir, durante todo el verano tú y Gellert han estado viajando fuera del Valle de Godric y dejando a Ariana conmigo. A mí no me molesta, sabes que yo prefiero seguir cuidándola en vez de volver a la escuela, pero tú insistes en que “continue con mi educación”. Y no entiendo cómo vas a ocuparte de Ariana cuando yo no esté. ¿Vas a seguir con esos viajes?

-Sí. Gellert y yo simplemente la llevaremos con nosotros.

-¡¿Qué?! ¿Cómo diablos vas a hacer eso? ¡Ariana es una bomba lista para estallar, ¿y tú planeas pasearla por todo el maldito país, Albus?!

-Tu hermano y yo somos magos lo bastante poderosos como para contenerla -intervino Grindelwald, mirando con desdén a Aberforth.

-¡Tú no te metas, Grindelwald! -exclamó Aberforth.

El alemán apretó los labios con rabia, pero Dumbledore se le adelantó.

-No le hables así, Aberforth.

-¿Por qué no? ¿Temes que mis malos modales ofendan a tu querido nuevo amigo?

-No toleraré que le hables así a nadie.

-¡El problema no es conmigo, es con Ariana! ¡Será mejor que despiertes ahora! ¡No puedes moverla, no en su estado, no puedes llevártela contigo adonde quiera que estés planeando ir cuando estás haciendo tus astutos discursos, intentando reunir seguidores…!

-¡Lo que yo decida hacer con ella no te incumbe, Aberforth! ¡Lo único por lo que debes preocuparte ahora es prepararte para volver a Hogwarts!

-Eres un imbécil. Un imbécil cegado por la adoración hacia ese sujeto… -y señaló a Grindelwald con un movimiento de cabeza.

-¡¿Ah, sí?! -estalló Gellert, mientras se ponía de pie de golpe- ¿Y quién eres tú, Aberforth Dumbledore? Te lo diré: eres un muchachito estúpido que no hace más que interponerse en el camino de un hermano mayor muchísimo más brillante y que llegará muchísimo más lejos que tú. ¿Acaso no lo entiendes? ¡Tu pobre hermana ya no tendrá que permanecer oculta, no una vez que tu hermano y yo hayamos cambiado al mundo, liderando a los magos y brujas para que abandonen el secreto, y les hayamos enseñado a los muggles cuál es su lugar!

-¡Oh, el gran Gellert Grindelwald ha hablado! -se burló Aberforth- ¿Tú gobernarás a los magos y a los muggles? ¿Tú, que fuiste expulsado de Durmstrang por investigar las Artes Oscuras con más entusiamo aun de lo que están acostumbrados en ese nido de magos oscuros? ¿Y que cuando tus compañeros osaron criticarte por lo que estabas haciendo los “pusiste en su lugar” con la Cruciatus…?

-¡Cállate! ¡CRUCIO!

Aberforth no consiguió eludir la maldición, y cayó al suelo retorciéndose de dolor. Dumbledore quedó paralizado por la sorpresa, pero al cabo de unos instantes gritó:

-¡GELLERT, BASTA!

Grindelwald no le hizo caso. Tal vez ni siquiera lo hubiese escuchado, pues parecía absolutamente enfocado en torturar a Aberforth. Su rostro miraba al hermano de su amigo gritar y sacudirse por su Cruciatus con placer, casi con avidez. Dumbledore entonces sacó su varita y apuntó con ella a Gellert.

EXPELLIARMUS!

El grito de Dumbledore hizo que Grindelwald volviese a la realidad, y consiguió así evitar que su amigo lo Desarmase, pero a precio de liberar a Aberforth de la Cruciatus. El muchacho más joven sacó su varita y le lanzó una Cruciatus a Grindelwald, pero éste la esquivó con facilidad.

Sería muy difícil explicar las alternativas del duelo, pues todo ocurrió con una rapidez pasmosa. Al principio, Grindelwald y Aberforth intentaban atacarse con la Cruciatus, mientras que Albus trataba de Desarmarlos o Aturdirlos. Pero cuando una de las Cruciatus le dio, Dumbledore pareció enfurecerse y empezó también a gritar “Crucio” una y otra vez.

Harry debía recordarse a sí mismo una y otra vez que a él las maldiciones que volaban por el aire no podían golpearlo, para poder así analizar el duelo fríamente. No obstante, era difícil desvincularse del hecho de que su director estaba allí, arrojando Maldiciones Imperdonables como si fuesen caramelos.

Fue Grindelwald el que utilizó la Maldición Asesina por primera vez. El Avada Kedavra, dirigido a Aberforth, no lo alcanzó sino que destruyó un florero y un buen trozo de la pared que había detrás. El duelo entonces empezó a ser protagonizado por los Avada Kedavra, que los chicos utilizaban una y otra vez, sin importarles a cuál de sus oponentes estaban dirigidos.

Y fue en ese momento que la puerta de la sala de estar, que estaba entreabierta, se abrió del todo. Ariana Dumbledore estaba observando las luminosas maldiciones con ojos asombrados, como si no entendiera lo que eran. Harry lo vio todo como si fuese en cámara lenta. Vio a Aberforth apuntar a Grindelwald con su varita y gritar “Avada Kedavra“. Grindelwald estaba lanzándole una Maldición Asesina a Dumbledore, pero el brillo de la de Aberforth hizo que se volviese y se tirase al piso. Al mismo tiempo, un Avada Kedavra de Dumbledore iba dirigido también a él. Y detrás de Grindelwald estaba Ariana.

Harry aterrado, vio como ambas maldiciones avanzaban inexorablemente hacia el lugar donde la hermana de Dumbledore estaba de pie.

El Avada Kedavra de Albus terminó alcanzando a la puerta, dejándole un enorme agujero. El de Aberforth le dio a Ariana en el pecho.

Aberforth Dumbledore había matado a su hermana.

Harry se dio cuenta de que desde su perspectiva, Aberforth no debía haberse dado cuenta de cuál de las maldiciones, la de Albus o la suya, le había dado a Ariana, pues ambas habían llegado a cruzarse antes de impactar en sus blancos. Pero para Harry, ubicado en el medio de la habitación, el resultado estaba bien claro. Y para Grindelwald también, pues había podido ver ambas maldiciones y calcular su trayectoria.

Ariana cayó hacia atrás, con los ojos muy abiertos, y el sonido de su cuerpo golpeando el suelo paralizó a los tres muchachos como si hubiese sido el de una bomba.

Aberforth fue el primero en reaccionar. Sin importarle el peligro de sus dos oponentes, salió corriendo hacia su hermana, apartando a Gellert con un empellón. Se arrodilló junto al cuerpo de su hermana y lo sacudió una y otra vez, mientras las lágrimas inundaban su rostro y le impedían decir nada coherente.

Dumbledore y Grindelwald, en cambio, se quedaron helados. Eran incapaces de hablar o moverse. Por primera vez a Harry le parecieron lo que eran, adolescentes, y no los adultos que después serían. Pálido y asustado, Grindelwald recuperó un poco de compostura y se volvió lentamente hacia la destrozada puerta. Dio un paso, luego otro y en ese momento pareció acordarse de algo y se dio vuelta, mirando a su amigo.

-Todavía puedes venir conmigo -le dijo con un tono casi suplicante. Parecía un niño pidiéndole perdón a su madre por una broma que se le había salido de control.

Los dos chicos se miraron a los ojos durante largo rato. Finalmente Gellert pareció ver algo en la mirada de Albus que fue más elocuente que cualquier “No”. Sin más palabras, salió de la habitación. Unos segundos después Harry oyó la puerta de la casa de los Dumbledore abrirse y cerrarse por última vez para Gellert Grindelwald.

***

Harry Potter salió del Pensadero con lágrimas en los ojos. Estaba preparado para ver la muerte de Ariana, pero nunca hubiese imaginado que el culpable sería Aberforth y no Dumbledore o Grindelwald. Si hubiera sido Dumbledore tal vez habría podido encontrar algunos argumentos para disculparlo, y si hubiera sido Grindelwald se habría sentido incluso algo reconfortado al saber que había sido el mago oscuro el que había segado la vida de la joven Ariana. Pero había sido Aberforth. Aberforth, el menos interesado de los tres en alcanzar gloria y poder. Aberforth, el que más se preocupaba por Ariana. Aberforth, el “brusco, poco académico e infinitamente mucho más admirable” hermano de Dumbledore. Aberforth, que había sobrevivido a Percival, a Kendra, a Ariana, a Albus, a Grindelwald y a tantos otros. Aberforth, que había ayudado a Neville cuando él refundó el Ejército de Dumbledore. Aberforth, que había salvado a Harry, Ron y Hermione de los Mortífagos y los Dementores.

A Harry no le gustaban los recuerdos de Dumbledore y Grindelwald como amantes, pero podía tolerarlos. La verdad, la insoportable verdad que sólo él y Grindelwald habían conocido, era todavía peor.

Y así, mientras volaba de regreso a Atenas para tomar el Traslador Internacional con los frascos de recuerdos recogidos por Dumbledore para armar la historia de Lord Voldemort guardados en su mochila, Harry dejó caer el frasco que contenía las memorias de Albus Dumbledore sobre el verano de la muerte de su madre y su hermana al mar Egeo. El pasado queda olvidado, pensó.

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El otro Pensadero VI


[NOTA: Dudé mucho antes de “atreverme” a publicar esto. Fue realmente complejo escribir esta parte tan importante de la historia, pero bueno, aquí está.]

La escena que Harry estaba mirando se disolvió. Cuando la nueva parte del recuerdo de Dumbledore reapareció, el chico advirtió que había caído la noche. Albus estaba bajando las escaleras con una bandeja y dos platos vacíos (claramente había tenido que llevarles la cena a la cama tanto a Ariana como a Aberforth, que debía seguir debilitado por el ataque de la niña).

Dumbledore parecía muy, muy cansado. No se lo podía culpar, los últimos tres días debían haber sido enloquecedores para un muchacho cuyos planes habían cambiado bruscamente de viajar a Grecia con su mejor amigo a enterrar a su madre y hacerse cargo de sus hermanos menores. Pero aún le quedaba mucho por delante, considerando que aquella noche tendría que lidiar con un interrogarorio de parte de Gellert Grindelwald.

El sobrino-nieto de Bathilda Bagshot llegó temprano. Era evidente que estaba ansioso por escuchar la historia de Dumbledore. El futuro director de Hogwarts lo recibió amablemente y lo hizo sentarse en el comedor. Sacó una polvorienta botella de whisky de fuego y se sirvió un trago.

-No quiero servirte demasiado -dijo con una sonrisa mientras vertía una cantidad menor de la bebida en el vaso de Gellert-. No quedaría bien que un mago adulto emborrache a un mago menor de edad, ¿cierto?

Grindelwald sonrió brevemente, pero no dijo nada, esperando que su amigo comenzase la narración.

-Hoy viste a mi hermana en uno de sus días malos, Gellert. En sus días buenos es una niña encantadora, dulce y cariñosa. Pero, para ser sinceros, nunca es normal. Ni en sus días buenos ni en sus días malos.

“A los seis años, Ariana sufrió una experiencia horrenda. Tres chicos muggles de trece o catorce años la encontraron en uno de sus estallidos involuntarios de magia. Lo que vieron los asustó e impresionó en partes iguales. Intentaron hacer que repitiese sus trucos, pero mi hermana no era capaz de controlar su magia y no pudo repetirlo.

“Los chicos se enfurecieron. La golpearon al principio, pero no consiguieron que Ariana volviese a mostrarles su magia. Entonces perdieron el control totalmente. Nunca comprenderé por qué, en ese momento, se les ocurrió…

Dumbledore no fue capaz de seguir su historia. La palabra que estaba por pronunciar parecía haberse atascado en su garganta, y él no osaba pronunciarla. Grindelwald acercó su silla a la de Albus y le apoyó la mano suavemente en el hombro, instándolo silenciosamente a continuar. Finalmente Dumbledore dijo:

-La violaron, Gellert. Uno después del otro. No les importó que ella gritase, llorase o suplicase. La violaron. Y en cuanto acabaron, parecieron recuperar algo de autodominio, pero tan solo atinaron a escapar.

“Nunca olvidaré el momento en que la vi llegar a nuestra casa, con el vestido blanco manchado de sangre. Los moretones en su cara. Y sus ojos… No había nada en ellos, nada de dolor, rabia, pena, absolutamente nada. Eran los ojos de un animal. Si ahora apareciese un boggart, me la mostraría como la vi aquella tarde.

“La llevé adentro y llamé a mis padres. Ellos se encerraron con Ariana en su cuarto. Estuvieron allí durante lo que me parecieron horas. Mi hermano Aberforth llegó a casa y me preguntó qué pasaba, pero no supe responderle.

“Supongo que al principio intentaron preguntarle lo que había pasado, pero no debe haberles dado una respuesta coherente. Al final creo que mi padre empleó la Legeremancia con ella. Hubo un largo silencio y luego lo escuché contarle a nuestra madre lo que había pasado, con una voz tan helada e inexpresiva… Mi madre comenzó a sollozar, pero a mi padre no le importó. Salió de la habitación y cerró la puerta detrás de él. Creo que mi madre le gritó debilmente ‘¡Percival, por favor no lo hagas!’ o algo así, pero él o no la oyó o no le hizo caso. Salió de nuestra casa sin dedicarnos ni siquiera una mirada a mi hermano y a mí. Fue la última vez que lo vi.

“Solo más tarde me enteré de los detalles. Supe que los Aurores lo encontraron al caer la noche, torturando a los tres chicos con la Cruciatus. Si no me equivoco, se volvieron locos y los mandaron al equivalente muggle a San Mungo. Sospecho -añadió después de guardar silencio unos momentos- que si los Aurores hubiesen tardado un poco más en encontrarlos, mi padre habría llegado a matarlos.

“Supe que mi padre tan solo les pidió a los Aurores y a los jueces del Wizengamot que no permitiesen que su familia asistiese al juicio. No fue necesario, pues mi madre permaneció sola en su cuarto durante los días de su proceso y ni Aberforth ni yo nos atrevimos a dejar la casa.

“Cuando salió, había cambiado totalmente. Parecía una mujer de sesenta años en vez de los casi cuarenta que tenía. Lo primero que hizo fue prohibir que nombrásemos a ‘ese hombre’ en su presencia. Jamás volvió a hablar de mi padre, ni siquiera cuando recibió la carta diciéndole que él había muerto en Azkaban. Quemó el retrato en el que aparecíamos los cinco juntos.

“Durante los últimos siete años, mi madre se estuvo haciendo cargo de Ariana. No solo de cuidarla, sino de mentirle a todo el mundo acerca de su condición. Nos mudamos al Valle de Godric porque sabíamos que lejos de los muggles ella estaría más segura.

“El problema con Ariana es que jamás ha aprendido a controlar su magia. Ésta se manifiesta cuando ella se enfada o entristece o alegra. O cuando se asusta… Por Dios, cómo se asusta cuando ve sangre. Debe recordar entonces la violación. No hay nada más horrible que eso.

“Y está empeorando. Hace pocos meses comenzó a menstruar. No sabes lo terrible que es. Todos, todos los meses sabemos que tenemos que enfrentar uno de sus estallidos. Nos preparamos lo mejor posible, pero ella siempre supera nuestras espectativas en el peor sentido de la palabra.

-¿Qué es lo que planeas hacer? ¿Vas a mantenerla encerrada toda su vida?

-Sí. No se me ocurre otra solución. Si informamos al Ministerio de su condición, querrán mandarla a San Mungo. La considerarán una amenaza para el Estatuto Internacional del Secreto. Y lo es, en cierto sentido. Si no es capaz de controlar su magia, es incapaz de ocultarla a los muggles. Hemos tenido que borrar la memoria de muchos para protegerla.

“¿Sabes qué es lo peor? -preguntó, mirando a Grindelwald tristemente- Que cuando la veo, no veo a la chica demente y peligrosa que es mi hermana, sino a la chica poderosa y bella que podría haber sido si ellos no…

La mano de Grindelwald se había deslizado desde sus hombros hasta su nuca. Gellert fue acercando su rostro al de su amigo. Harry no comprendió bien lo que el futuro mago oscuro quería hacer hasta que sus labios se unieron a los de Dumbledore.

A Harry le pareció interminable, o tal vez fuese el hecho de que su propio cerebro estaba sumido en reflexiones frenéticas el que hizo que a sus ojos fuese muy largo el tiempo en que los entonces adolescentes estuvieron besándose.

Hasta entonces, Harry había creído que la homosexualidad era patrimonio exclusivo del mundo muggle. Su tío Vernon hablaba de las parejas del mismo sexo con casi tanto odio y desprecio como el que usaba al referirse a los magos y brujas. El chico jamás le había dedicado demasiado tiempo a pensar en el tema. Sí, a él y Ron le había parecido un poco rara la amistad estrechísima entre Seamus Finnigan y Dean Thomas, y Harry se había preguntado un par de veces qué clase de vida llevaba Charlie Weasley allí en Rumania, tan lejos de su familia, y qué había realmente detrás de la adoración casi malsana hacia él de parte del difunto Colin Creevey, pero nunca había llegado a sospechar nada concreto. Algunas frases dejadas caer casi al descuido por Andrómeda Tonks acerca de Lupin y Sirius en los años ’70 le habían resultado algo ambiguas, pero no se había molestado en indagar más. Ahora tenía frente a sus ojos la prueba definitiva de que “esas cosas” también pasaban entre los magos.

Finalmente Albus y Gellert rompieron su beso.

-¿Vamos arriba? -preguntó el chico mayor, en una voz mucho más baja y ronca que la habitual. Grindelwald asintió y se Desaparecieron juntos.

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El otro Pensadero V


Dumbledore y Grindelwald continuaron su paseo por el Valle de Godric, seguidos por el invisible Harry. La charla no se desvió del tópico de los planes de Grindelwald de establecer un régimen de gobierno mágico universal, pues Albus parecía demasiado fascinado como para cambiar de tema y hablarle de los casi nulos atractivos turísticos del pueblo. No obstante, cuando casi por accidente los dos adolescentes llegaron al cementerio local, el joven Dumbledore pareció volver a la realidad. La tumba de su madre estaba a pocos metros de donde él y su nuevo amigo estaban parados. Grindelwald también se dio cuenta de ello, y por eso optó por preguntarle si había alguien famoso enterrado allí. Un poco aliviado, Albus lo llevó al lugar donde estaba situada la tumba de Ignotus Peverell. No obstante, Grindelwald no parecía reconocer el nombre.

-¿Nunca te han leído Los cuentos de Beedle el Bardo, Gellert?

-No -dijo el muchacho, que parecía un poco avergonzado-. ¿Es un libro de cuentos infantiles?

-Sí y no. Son relatos orales muy antiguos que más tarde fueron recopilados en forma de cuentos. La historia más famosa es “El cuento de los tres hermanos”. Éste -dijo, señalando la lápida- es el lugar donde descansa el menor de los hermanos Peverell. Eran tres, Antioch, Cadmus e Ignotus…

Dumbledore le relató la historia de los Peverell y las Reliquias de la Muerte en forma muy clara y concisa. Sabía que su oyente tan solo quería oir la información desnuda y no los detalles novelescos del cuento. Cuando terminó, era ahora Grindelwald el que lo miraba fascinado.

-Evidentemente esos cuentos no son conocidos fuera de Gran Bretaña -dijo-, porque de ser así yo habría oído hablar de las Reliquias mucho tiempo antes. ¡Es increíble! Hace unos momentos yo te estaba hablando de que para lograr hacer esa gran reforma de las relaciones de nuestra comunidad con los muggles sería necesario un liderazgo nacido de un poder superior al de los demás magos y brujas, y tú acabas de darme la clave. ¡Las Reliquias de la Muerte!

La emoción ahora inundaba el rostro de Grindelwald. Harry recordaba la impresión que le había producido ver, años atrás, lo mismo en el rostro del joven Tom Ryddle; no obstante, la diferencia era abismal. Ryddle parecía más cruel y siniestro cuando estaba feliz, mientras que Grindelwald parecía, simplemente, feliz. Y allí, pensó Harry, era donde el viejo mago oscuro superaba al más joven: era capaz de disimular mejor su peligrosidad.

Dumbledore sonrió.

-La existencia de las Reliquias ha sido descartada por casi todos los historiadores mágicos serios, incluyendo a tu querida tía-abuela Bathilda, ¿sabes? La consideran apenas una leyenda.

-¿Y tú? -preguntó Grindelwald rápidamente. Daba la impresión que la opinión de Dumbledore le interesaba mucho más.

-No creo que los hermanos Peverell hayan conocido realmente a la Muerte y que les haya regalado esos objetos. Es más probable que los hayan inventado o descubierto ellos mismos. Lo que uno puede poner en duda es que dichos objetos no se hayan perdido o destruido con el paso de los siglos.

-¿Y se tienen datos sobre su paradero después de haber pertenecido a los Peverell?

A continuación, comenzó una charla muy similar a aquella que habían tenido Harry, Ron y Hermione con Xenophilius Lovegood sobre la posibilidad de encontrar las Reliquias. La información de la que disponía Dumbledore era más o menos la misma que la del señor Lovegood, pero estaba dirigida a un oyente mucho menos escéptico que el trío (en especial Hermione). Grindelwald parecía ávido de información sobre las Reliquias, y contemplaba el rostro de Albus como si fuese una fuente de sabiduría. Estaba claro que Dumbledore lo disfrutaba.

Sentados en el cesped junto a la lápida de Ignotus Peverell, Albus y Gellert estuvieron hablando de las Reliquias por lo que a Harry le parecieron horas. A Grindelwald lo obsesionaba más que nada el tema de la Varita de Saúco. Acribillaba a su amigo con preguntas sobre dónde podría estar si hubiese pertenecido realmente a tal mago o si hubiese sido, en cambio, de tal otro. La conversación hubiese podido durar más de no ser porque Dumbledore recordó que debía empezar a preparar el almuerzo para sus hermanos y, con sus clásicos buenos modales, se despidió de Grindelwald. El muchacho, no obstante, consiguió que Dumbledore le permitiese acompañarlo hasta su casa, enfrascados en la charla sobre las Reliquias.

Una vez en la puerta, Albus dijo:

-Bueno, Gellert, realmente ha sido un placer conocerte. ¿Quieres que volvamos a vernos?

-Me encantaría -respondió con entusiasmo-. ¿Podría venir a tu casa mañana a la tarde o prefieres que continuemos con los diálogos al aire libre?

Dumbledore sonrió y contestó:

-Créeme, en mi casa estaríamos más distraidos. Mis hermanos son muy absorbentes.

-Imagino que sí, pero…

Pero lo que iba a decir fue interrumpido por un ruido estruendoso, casi como una explosión, proveniente del interior de la casa de los Dumbledore. Albus, ignorando por un momento al muchacho alemán, entró corriendo y Harry lo siguió. Subió las escaleras con rapidez y llegó al pasillo donde estaban los dormitorios, justo a tiempo para ver cómo la puerta del cuarto de Ariana se abría bruscamente, arrojando a Aberforth fuera.

-Aberforth, ¿qué…?

-¡Es pesado! -gritó la voz de Ariana- ¡ES TAN PESADO Y ME DUELE! ¡LES PIDO QUE PAREN, PERO NO QUIEREN! ¡SIGUE Y SIGUE APLASTÁNDOME CONTRA EL SUELO!

El suelo de la casa temblaba horriblemente. Dumbledore corrió hacia la puerta de la habitación de Ariana, apuntó su varita al interior y gritó:

DESMAIUS!

El hechizo debió haber alcanzado a la joven, pues las sacudidas terminaron de inmediato. Aberforth intentó incorporarse del suelo, pero cayó enseguida. Estaba débil a causa de la maldición que le había lanzado Ariana. Dumbledore salió del cuarto y al ver el estado de su hermano, lo levantó y lo llevó a su dormitorio, contiguo al de la niña y cuyo piso estaba lleno de algo sospechosamente similar a excrementos de cabra. Lo acostó en su cama y lo revisó cuidadosamente, verificando que el hechizo no le hubiese causado un daño permanente. Convencido de que no había sido así, Dumbledore salió de nuevo al oscuro pasillo.

Grindelwald estaba allí. Ni Harry ni Dumbledore lo habían visto subir, pero de alguna manera supieron que había visto y oído todo.

-Lo siento -dijo Dumbledore después de unos segundos de incómodo silencio-. Lamento que hayas tenido que ver esto.

-¿Qué le pasa a Ariana? -preguntó Grindelwald. El tono era firme y exigente, y quedó claro que no aceptaría respuestas evasivas.

Con un suspiro, Albus dijo:

-¿Podrías venir a mi casa hoy a la noche, después de la cena? No creo poder contártelo todo ahora mismo.

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El otro Pensadero IV


-¿Gobernarlos, Gellert? -preguntó Dumbledore. Su expresión parecía una mezcla de temor y fascinación, como si Grindelwald se tratase de la serpiente más hermosa del mundo.

-Exactamente. ¡Piensa en todas las posibilidades, Albus! Nuestra raza ha pasado los últimos trescientos o cuatrocientos años escondiéndose de los muggles, a pesar de que cada mago y bruja podría vencer a un ejército de ellos. ¡Nosotros somos más poderosos que los muggles, pero actuamos como si ellos lo fuesen!

-¿Y qué objeto tendría gobernarlos? Aparte del placer de manejar las vidas de millones de personas a nuestro antojo…

-El bienestar general, por supuesto. ¿Acaso crees que yo pienso como pienso por pura ambición? No, Albus, yo pienso en los millones de muggles cuyas vidas mejorarían tanto si pudiésemos ayudarlos con nuestra magia.

-¿Y que te hace pensar que los muggles necesitan nuestra ayuda?

-¿Realmente hace falta que te lo diga? ¿Te parece que tienen éxito manejando las guerras, el hambre, las enfermedades? ¿Te parece que están dejando atrás sus prejuicios contra personas de diferente religión, raza, nacionalidad, género u orientación sexual, prejuicios que nosotros abandonamos hace siglos? Porque sinceramente yo no lo noto.

“Te diré lo que yo sí noto: los muggles se matan entre ellos como perros, y por los motivos más estúpidos. Imagina qué pasaría si en el próximo campo de batalla de la próxima guerra que estalle cuando el emperador de Alemania o el emperador de Austria se levanten de mal humor irrumpiese una partida de Aurores, Aturdiese a todos los soldados muggles de uno y otro bando y pusiese fin al conflicto cortando por lo sano. O que utilizasen el Imperius para forzar a los líderes de las naciones beligerantes a firmar la paz de inmediato.

-Está bien, está bien -dijo Dumbledore-. Acepto que los muggles están más atrasados que nosotros, y que los magos y brujas podríamos ayudarlos. Pero, ¿no sería mejor dejar que ellos solucionen sus problemas por su cuenta? Es cierto, tardarán siglos y habrá muchas marchas y contramarchas, pero eventualmente lo lograrán. Nuestra intervención podría terminar siendo muy traumática.

-¡Pues que se traumen! -estalló Grindelwald, pero de inmediato recuperó la calma-. Mira, entiendo tu punto perfectamente. Nuestra intervención sería traumática si fuese sólo eso, una intervención aislada. No podemos revelar nuestra existencia al mundo muggle metiéndonos en sus asuntos y luego intentar volver a los nuestros como si nada. Tiene que ser una intervención permanente, Albus. Por eso creo que lo mejor es que nosotros gobernemos.

-¿Y los muggles lo aceptarían?

-Cuando comprendan los verdaderos alcances de nuestro poder, se verán forzados a aceptar nuestra natural superioridad.

-“Nuestra natural superioridad…” Eso suena parecido a lo que dicen los fanáticos de la pureza de la sangre acerca de los hijos de muggles.

-Eso deberá ser erradicado -dijo Grindelwald rápidamente-. No podemos librar al mundo muggle de sus prejuicios irracionales si no nos libramos primero de los nuestros. Es obvio que los magos de sangre pura no somos superiores o inferiores a los hijos de muggles. Pero los magos somos superiores a los muggles. Es un hecho.

-¿Entonces, qué son los muggles para ti? ¿Animales?

-¡Por supuesto que no! Son seres humanos, y sus vidas valen tanto como las nuestras. Pero su falta de poderes mágicos los coloca un escalón por debajo de nosotros. Lo mismo que un niño está un escalón debajo de un adulto. Y al igual que con los niños, nuestro deber es dirigir sus vidas en general. La diferencia es que un niño eventualmente se convierte en adulto, mientras que un muggle jamás se convierte en un mago, de modo que la tutela debe ser permanente.

De no haber sabido en qué terminaría convirtiéndose y haciendo Grindelwald, el propio Harry hubiese sido persuadido por sus palabras, tan razonables y sensatas sonaban estas. Podía comprender entonces por qué Dumbledore parecía cada vez más interesado y menos incómodo con el rumbo de la charla. Grindelwald era muy carismático.

-¿Y cómo llevarías a cabo tu plan?

-¿”Mi plan”? -dijo Grindelwald, aparentemente halagado-. No sé si definirlo como un plan, Albus. Es simplemente una idea.

-Pero, ¿acaso las ideas no pueden llevarse a la práctica?

-Sí, es cierto… Bueno, si tuviese el poder para llevar a cabo mi idea, lo primero que haría sería buscar asumir el liderazgo del mundo mágico.

-¿Cómo un ministro de la Magia?

-No, algo muy por encima. Alguien a quien las comunidades mágicas de Europa siguiesen y apoyasen en todo.

-No es nada fácil, Gellert. Los magos y brujas no somos la clase de gente que simplemente siga a ciegas a un líder.

-Por eso es que dije “si tuviese el poder”. No hay duda de que el mago o bruja que ejerciese ese liderazgo supranacional tendría que ser el más poderoso del mundo, o al menos del continente. Muchos magos, por ambición, le darían su respaldo, y muchos otros, por temor o por prudencia, elegirían mantenerse al margen.

-¿Y si decidiesen resistirse?

-Lo ideal sería que pudiese persuadírselos. Pero si se resistiesen, habría que doblegarlos.

-¿Matándolos?

-No necesariamente. Bastaría con neutralizarlos. Quitarles la varita, condenarlos a arresto domiciliario, desterrarlos, encarcelarlos si su resistencia es demasiado violenta… Todo lo menos cruento posible.

-No me agrada mucho esa idea, Gellert. Emplear la coerción es muy peligroso.

-A mí tampoco, pero sería lo necesario en esas circunstancias. Más tarde, cuando la situación mejorase, los rebeldes comprenderían su error por la fuerza de los hechos y depondrían su actitud de buena gana.

-Lo haríamos por el bien mayor, ¿cierto?

Harry no pasó por alto el hecho de que Dumbledore hubiese empleado la primera persona del plural al referirse a quienes deberían emplear la coerción, y a quienes, por lo tanto, liderarían ese movimiento a favor de un gobierno de los magos sobre los muggles. Y Grindelwald tampoco pareció pasarlo por alto, pues esbozó una sonrisa mucho más amplia que todas las anteriores cuando dijo:

-Sí, Albus, es una buena frase. Por el bien mayor.

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El otro Pensadero III


[Me encontré esta imagen aquí. Me parece que las ropas son bastante anacrónicas, más del siglo XVIII que del XIX, pero Dumbledore y Grindelwald están muy bien dibujados. Espero que les guste este capítulo, y que dejen comentarios.]

La expresión que apareció en el rostro de Dumbledore al ver por primera vez a Gellert Grindelwald le pareció a Harry idéntica a la que había visto mientras miraba a Aberforth alimentar a Ariana, una expresión de felicidad casi culpable. No obstante, al cabo de pocos segundos, la expresión mutó casi imperceptiblemente a otra de simple cortesía. El joven le estrechó la mano al sobrino-nieto de Bathilda Bagshot y dijo:

-Hola, Gellert, ¿cómo estás?

-Muy bien, gracias. ¿Así que es por ti que mi querida tía me sacó de la cama? -dijo Grindelwald con una sonrisa.

Albus se sonrojó ligeramente, pero no pudo disculparse pues fue interrumpido inmediatamente por Bathilda, quien comenzó a hablar de todos los logros y méritos que el muchacho había alcanzado a sus diecisiete años. Albus se sonrojó aún más, pero Grindelwald esbozó otra de sus sonrisas, como diciéndole a Dumbledore que no se preocupase pues era la enésima vez que Bathilda hacía un repaso por su meteórica carrera académica.

Finalmente Grindelwald decidió poner fin a la perorata de su tía-abuela, que estaba hartándolo a él, a Dumbledore y al invisible Harry.

-Dime, Albus, ¿estás leyendo algo actualmente?

Con una expresión de agradecimiento, Dumbledore repuso:

-Qué curioso, todo el mundo suele preguntarme si estoy escribiendo algo. Deben suponer que siempre estoy leyendo y que preguntarme eso sería como preguntarme si estoy respirando.

“Lamentablemente, tengo que decir que no estoy leyendo nada por ahora. El funeral de mi madre me ha tenido muy ocupado, y antes de eso había estado ocupado con los preparativos para un viaje a Grecia, que tuve que cancelar.

-E imagino -contribuyó Bathilda- que tu hermana debe darte muchos problemas.

-Sí, ella también me mantiene distraído.

-¿Cómo se llama tu hermana?

-Ariana.

-¿Es muy pequeña?

-Acaba de cumplir trece años.

-¿Por qué necesitas cuidarla?

-Ha estado enferma desde los seis años. Mi madre la hizo revisar por toda clase de especialistas, medimagos y doctores muggles por igual, pero nunca descubrieron exactamente qué le pasaba. Padece una especie de debilidad crónica, apenas puede levantarse de la cama. Pero bueno -dijo Dumbledore, cambiando de tema-, tú me preguntaste si estaba leyendo algo, no creo que te interese oír sobre la enfermedad de mi hermana.

Estaba claro que Grindelwald quería hacerle muchas más preguntas sobre Ariana, pero prefirió guardarlas para después.

-Hace unos meses que tengo en mi lista de espera a un libro que me compré en Flourish & Blotts, La sociedad muggle y la sociedad mágica en el siglo XIX, de Montgomery Crouch. Él es profesor de una nueva asignatura que se creó en Hogwarts, Estudios Muggles. Yo tuve clases con él en mi último año, y es un hombre muy inteligente.

-Yo leí su libro en Durmstrang. El mensaje que transmite es simple: que la sociedad muggle ha evolucionado enormemente desde la Edad Media y que no intentarían matarnos (a los magos y brujas, quiero decir) si levantásemos el Estatuto Internacional del Secreto. La mayor parte del libro es de datos sobre la evolución que han experimentado las ideas muggles desde fines del siglo XVIII, lo que ellos llaman la Razón o la Ilustración. Las teorías de Crouch están en el último capítulo.

-Parece interesante. Aunque desde el vamos hay algo en lo que no estoy de acuerdo con el profesor Crouch: que nosotros podríamos ser una amenaza mayor para los muggles que ellos para nosotros.

Grindelwald sonrió escépticamente.

-Yo tampoco coincido con su mensaje, aunque es en otro punto.

-¿Cuál?

-No creo que tengamos tiempo para discutirlo ahora -dijo Grindelwald con tranquilidad-. Imagino que debes tener mucho que hacer.

-En verdad, sí. Debo ir a mi casa a prepararles el desayuno a mis hermanos. Mi hermano Aberforth no puede cocinar usando magia por ser menor de edad, y es desastroso cocinando por medios convencionales, así que yo debo hacerles todas las comidas.

-Tengo una idea, Albus -intervino nuevamente Bathilda-. ¿Por qué no pasas de nuevo por aquí después de que tus hermanos desayunen? Así podrás seguir tu charla con Gellert y de paso llevarlo a conocer el Valle de Godric. Me encantaría hacerlo yo misma, pero mis piernas ya no son lo que eran y al fin y al cabo tú has vivido aquí casi toda tu vida.

-Si Gellert no prefiere hacer otra cosa… -dijo Albus, insinuando que quizá el chico querría volver a dormir.

-No, para nada, Albus. Es mejor que vaya conociendo este pueblo, dado que aquí pasaré el verano.

Albus se despidió de Grindelwald y se dirigió a la puerta con Bathilda. En ese momento la escena se disolvió, y Harry se encontró en la puerta de la casa de la señora Bagshot, donde Grindelwald estaba sentado esperando a Dumbledore. Unos pocos segundos después apareció el futuro director de Hogwarts, con un aspecto un poco más reposado y aliñado que antes.

Durante la siguiente hora u hora y media los dos adolescentes pasearon por el Valle de Godric, conversando de trivialidades: “en aquella casa vive tal familia mágica, en aquella vive tal otra…” Cuando pasaron por la casa donde sus padres vivirían sus últimos meses y luego serían asesinados, Harry casi esperó que Dumbledore dijese: “Esa es la casa de los Potter”, pero en vez de ello el entonces muchacho dijo: “Allí viven los Thomas” y saludó con la mano a un joven negro que justo había salido al patio. Harry se sorprendió por lo parecido que era a su amigo Dean Thomas, a quien él suponía hijo de muggles, y escuchó a Albus con atención mientras él relataba que los Thomas descendían de una bruja africana que había venido a Gran Bretaña en el siglo XVI y se había casado con un squib local. La piel negra de los Thomas, contó Dumbledore, no les generaba ningún conflicto con la sociedad mágica, pero sí con la sociedad muggle, en donde se creía que las personas de raza blanca eran superiores. Esto había forzado a los Thomas a vivir en Hogsmeade, el único lugar donde no eran molestados por su color de piel. No obstante, unos cinco años atrás habían decidido arriesgarse a establecer su residencia en el Valle de Godric, una población semi-mágica. Por el momento, dijo Dumbledore, no habían tenido problemas con los muggles.

Fue entonces que Grindelwald comentó despectivamente:

-Yo creo que los magos y brujas no deberían tener que tener miedo a los muggles por sus absurdos prejuicios. ¿Acaso la magia no sirve para protegernos?

-No de esa manera, Gellert. Debemos emplear la magia para evitar que los muggles conozcan nuestra existencia.

-¿Por qué? ¿Acaso -dijo, súbitamente apasionado- no sería nuestra vida ¡y la de ellos! más sencilla si los magos no tuviésemos que ocultarnos?

-La idea es sencilla, pero peligrosa -respondió Albus, pero Harry notó que la discusión no le desagradaba.

-¿Acaso Crouch no dice que los muggles no representan una amenaza real para nosotros? Ellos están lo bastante maduros para aceptar nuestra existencia.

-Es verdad, es verdad… Y ya que estamos en el tema, ¿en qué no estás de acuerdo con el profesor Crouch? -preguntó Dumbledore con interés.

-Pienso que sus ideas son incompletas. Los magos y brujas no solamente deberíamos revelar nuestra existencia a los muggles: debemos ayudarlos, guiarlos hacia el auténtico progreso…

-¿En qué sentido?

Grindelwald guardó silencio por unos instantes, mirando a su interlocutor con cierta desconfianza. Pero finalmente pareció ver en los ojos del joven Dumbledore algo que disipó sus dudas sobre su confiabilidad.

-Deberíamos gobernarlos.

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El otro Pensadero II


Harry vertió el contenido del frasco en el Pensadero y, cuando se hubo asentado, acercó su rostro a la superficie del líquido. No tardó en ser absorbido por él, y al cabo de unos pocos segundos, entró al recuerdo de Albus Dumbledore. La habitación en la que Harry apareció no podía ser más diferente que aquella choza ática. Se trataba de una estancia bastante oscura aunque iluminada por la luz solar que entraba por las ventanas. Había muchas personas de pie en ella, todos ellos magos y brujas a juzgar por la mala elección de su atuendo muggle. No obstante, todos estaban vestidos de negro y hablaban entre sí en voz baja y con expresión muy seria.Harry se movió a través del gentío y vio que había un lugar en donde este parecía agolparse. Aprovechando su incorporeidad, el chico se acercó y advirtió que los magos y brujas estaban rodeando a un ataúd y a dos adolescentes.

No le fue difícil reconocer en el más alto al propio Dumbledore, pues ya lo había visto a esa edad en una de las fotografías de Vida y mentiras de Albus Dumbledore. Ya había comenzado a dejarse crecer el cabello y la barba, pero su expresión no podía ser más distinta que en aquella fotografía, donde aparecía feliz y relajado. El rostro de Dumbledore tenía la expresión solemne que Harry había visto tantas veces, pero había un poco menos de dureza en su mirada. Era él quien recibía la mayoría de los pésames de la gente, y los respondía con amabilidad pero sin perder la seriedad en ningún momento.

El otro adolescente, de unos catorce años, era más bajo y fornido que Dumbledore, y tenía cabello rubio en vez de caoba. Aberforth Dumbledore estaba claramente incómodo en aquella situación y contestaba a los pésames que le daban los visitantes con sequedad. Al cabo de unos minutos de saludar a los asistentes al funeral, Aberforth le susurró algo a su hermano, y éste asintió con la cabeza. Entonces, ambos salieron de la sala, y Harry los siguió.

Una vez que estuvieron a solas en un pequeño pasillo, Aberforth se dirigió a Albus.

-¿Por qué no han venido los abuelos?

Dumbledore alzó las cejas y miró a su hermano menor en forma penetrante. A continuación, apuntó su varita hacia la puerta cerrada detrás de la cual estaban los deudos y dijo “Muffliato”. Con el encantamiento silenciador conjurado, Albus se volvió hacia su hermano y le dijo:

-No van a venir, Aberforth. Los borré la memoria y les implanté nuevos recuerdos. Ya no saben nada sobre nuestra madre o nosotros.

-¡¿QUÉ?! ¡¿Qué diablos has hecho?! ¡¿Cómo pudiste…?!

-Aberforth, quiero que guardes silencio y me escuches. ¿Acaso crees que sería bueno para ellos enterarse de la verdad? ¿Que su nieta está loca y asesinó a su hija? Ya les dolió muchísimo enterarse lo que pasó con nuestro padre, pero enterarse de lo de nuestra madre y Ariana los mataría. Es mejor que olviden nuestra existencia.

-No tenías derecho, Albus. ¡Son nuestros abuelos!

-Son muggles. No podrían entenderlo, no serían capaces. Sólo tú y yo podemos hacernos cargo de Ariana ahora.

-Mamá jamás habría permitido…

-Olvidas que fue ella misma la que les prohibió ver a Ariana. No creo que ella hubiese querido que ellos se enterasen jamás de lo que le pasa. Es lo mejor, Aberforth. Te guste o no, yo soy el jefe de esta familia, y debo velar por tu bienestar y el de nuestra hermana.

-Eres un desalmado, Albus.

-Si crees que no me dolió tener que despedirme de ellos, te equivocas. Pero al fin y al cabo, apenas los veíamos desde que pasó lo de Ariana. Y ya son muy viejos, dudo mucho que les queden muchos años de vida -razonó Dumbledore con tranquilidad.

Aberforth lo miraba con resentimiento, pero Albus no se molestó en tratar de calmarlo. Levantó el Muffliato y volvió a la sala de estar sin mirar a su hermano. Harry quiso seguirlo, pero el recuerdo se desvaneció y volvió a rearmarse.

Ahora Harry estaba en el exterior de la casa de los Dumbledore en el Valle de Godric. El chico notó que el pueblo no había cambiado demasiado en los cien años que habían pasado desde los acontecimientos que estaba presenciando. Los automóviles aún no habían llegado y el atuendo de los muggles y de los magos y brujas era más anticuado, pero los edificios y casas eran más o menos los mismos. Lo único que faltaba era el monumento a los caídos en el cual estaba escondida mágicamente la estatua de Harry y sus padres.

Dumbledore estaba en la calle, junto con otro muchacho de su edad al que Harry reconoció como Elphias Doge, más que nada porque aún conservaba las marcas de la gripe de dragón que había padecido a los once años. Ambos estaban de negro, y Harry supuso que esta escena había ocurrido pocas horas después de la que había visto antes.

-Lamento muchísimo que no puedas acompañarme, Albus -le estaba diciendo Doge-. Aunque insisto en que podríamos hacer el viaje juntos más tarde, cuando hayas conseguido a alguien para que cuide a Ariana…

-Sólo yo puedo cuidarla, Elphias -respondió Dumbledore con firmeza.

-Escuché que Aberforth quiere dejar la escuela y dedicarse a la tarea. Y sinceramente, no creo que puedas decir que sea una gran pérdida para Hogwarts.

-No quiero que Aberforth interrumpa su educación, ya te lo he dicho. Cuando haya pasado el verano, regresará a Hogwarts y yo me quedaré cuidándola. Cuando él haya terminado sus estudios, quizá le deje ocuparse de ella, si es lo que él quiere realmente.

Elphias lo miró tristemente por un rato y finalmente le preguntó:

-¿Cómo está Ariana?

-Bien, pero está empezando a hacer preguntas sobre nuestra madre.

-¿Vas a decirle lo que pasó?

-No, sólo empeoraría su condición. Tendré que decirle que se ha ido de viaje y que yo me quedaré con ella a partir de ahora o algo por el estilo. La pobrecita está tan alejada de la realidad que no me sorprendería que termine olvidándose de nuestra madre.

-Debe ser terrible, su enfermedad.

-Lo es -contestó Dumbledore, y por un instante Harry pudo ver el auténtico dolor en sus ojos, aquel que sólo había visto en contadas oportunidades-. Lo es.

La escena desapareció, y otra apareció frente a sus ojos. Era de noche, y él estaba en un pequeño dormitorio, desprovisto de adornos y con apenas una cama como único mueble. Las paredes, no obstante, estaban pintadas de colores muy alegres.

Aberforth Dumbledore estaba sentado al borde de la cama, y una chica de doce o trece años a quien Harry reconoció como Ariana estaba acostada. Su hermano mayor tenía un plato de sopa en la mano y le daba cucharadas suave y tiernamente.

-Así es, Ariana, buena chica.

Ariana esbozó una sonrisa dulce y ausente mientras bebía la sopa que le daba su hermano. Preguntándose cómo podía Dumbledore tener ese recuerdo si él no aparecía, Harry se dio vuelta para buscarlo y lo vio en el umbral de la puerta observando a Ariana y Aberforth con una sonrisa.

Cuando Ariana se tomó la última cucharada de sopa, Aberforth la besó en la frente, se puso de pie y se dio vuelta. Pero la sorpresa que le causó ver a su hermano mayor (estaba claro que no le gustaba manifestar tanta ternura delante suyo) hizo que el plato se le cayese de las manos.

Lo siguiente ocurrió muy rápido. Aberforth se agachó mecánicamente para atajar la caída del plato, pero no pudo impedir que se hiciese trizas contra el suelo. El muchacho intentó recoger los pedazos pero con tanta mala suerte que el borde filoso de uno de ellos le hizo un corte en el pulgar del que comenzó a manar un poco de sangre.

Albus, alarmado, gritó “¡No dejes que ella vea…!”, pero fue demasiado tarde. Ariana vio perfectamente la sangre en el dedo de Aberforth y se puso a aullar.

-¡La sangre! ¡La sangreeeeee! ¡LA SANGREEEEE!

La habitación comenzó a temblar, mientras que la luz se prendía y se apagaba. Albus y Aberforth, tambaleantes, intentaban acercarse a Ariana, pero esta no dejaba de gritar y las sacudidas cada vez más feroces del suelo les impedían aproximarse a ella para calmarla. Finalmente Albus sacó su varita, la apuntó a Ariana y gritó “¡DESMAIUS!”.

El rayo de luz roja alcanzó a la niña, que inmediatamente cayó inconsciente en su cama. El suelo dejó de temblar y la luz recuperó la estabilidad, aunque la lamparita todavía oscilaba. Aberforth corrió hacia Ariana y le palpó el pulso ansiosamente.

-Ella está bien, Aberforth -dijo Dumbledore.

-¡La Aturdiste, por supuesto que no está bien! -gritó Aberforth.

-Sí, la Aturdí. Y como debes saber, ese hechizo no causa la muerte ni ningún daño físico, a menos que uno reciba varios al mismo tiempo.

-¡Aún así, es peligroso!

Ella es peligrosa, Aberforth! ¡Acéptalo, por todos los cielos! ¡Mató a nuestra madre!

-¡Por accidente!

-¡Por supuesto! ¡Y como yo no quiero ser otro accidente, la próxima vez que se ponga así no me molestaré en tratar de tranquilizarla: la Aturdiré enseguida! ¡Y la próxima vez que a ti se te rompa un plato, hermanito, lo repararás con magia en vez de agacharte a levantar los pedazos como un muggle!

Un Dumbledore furioso era algo que Harry había visto pocas veces y solo cuando él ya era un mago anciano y poderoso, pero un Dumbledore furioso de diecisiete años no era tampoco algo fácil de afrontar. Aberforth no se atrevió a contestarle a su hermano mayor, y éste salió del dormitorio de Ariana dando un portazo.

La escena desapareció, y Harry se encontró ahora en otra parte del Valle de Godric que conocía muy bien: el cementerio. Eran las primeras horas de la mañana y Dumbledore estaba caminando con rapidez, casi con ferocidad, hacia la tumba que Harry sabía que era la de su madre. Llevaba las mismas ropas que en la escena anterior y parecía bastante ojeroso, y Harry llegó a la conclusión de que esto también había ocurrido unas horas después de su pelea con Aberforth. Su rostro también tenía rastros de lágrimas.

Cuando estuvo frente a la lápida de Kendra Dumbledore, a dos filas de donde décadas después estarían las de Severus Snape, James y Lily Potter, Albus dijo:

-Madre, ojala estuvieses viva. Te necesitamos más que nunca. Te necesito más que nunca…

-¿Albus? -dijo una voz, a unos cuantos metros. Harry, que como Dumbledore estaba mirando de frente a la tumba de Kendra, se volvió y vio a una anciana señora acercarse a donde ambos estaban parados.

-¿Señora Bagshot? -contestó Dumbledore, recuperando un poco la compostura.

-Llámame Bathilda, Albus, nos conocemos desde hace años -respondió ella. Su tono era triste, pero Harry supuso que no había oído las palabras de Dumbledore a su difunta madre-. Vine aquí a dejarle unas flores a tu madre, y pensaba ir a visitarte a tu casa dentro de un par de horas. Perdóname por no haber estado presente en el funeral, pero tuve que viajar a Alemania para ocuparme de un asunto familiar. Apenas me enteré de lo de tu madre arreglé ese asunto lo más rápido que pude y tomé el primer Traslador internacional con destino al Valle de Godric que conseguí, pero veo que llegué demasiado tarde… Mi más sentido pésame, Albus.

-No te preocupes, Bathilda -respondió Dumbledore, ya completamente tranquilo-. Te agradezco muchísimo el gesto.

-¿Quieres venir a mi casa a tomar un té, querido? -dijo ella.

-Sería un placer.

Harry apareció ahora en una sala de estar más grande, lujosa y alegre que la de la casa de los Dumbledore. Albus estaba sentado en un cómodo sillón bebiendo el té que le había servido Bathilda, y escuchando silenciosamente su monólogo.

-… y todavía me cuesta creer que mi hermana se haya casado con ese alemán torpe de Helmut Grindelwald. Siempre que la veo le comento que podría haber conseguido un mucho mejor partido, pero ella sólo sonríe. No entiendo qué es lo que le vio, salvo que sea de esas a las que le gustan los hombres de acento extranjero. Y sus hijos son uno más tonto que el otro. El único de esa familia que tiene algún futuro es Gellert, eso siempre lo he dicho. ¡Oh, qué tonta he sido! -exclamó en ese momento- ¡Me olvidé de decirte que mi sobrino-nieto Gellert está aquí conmigo!

-¿En serio, Bathilda? -dijo Dumbledore cortésmente.

-¡Sí! ¡Fue por él que tuve que viajar a Alemania! Resulta que Gellert decidió abandonar Durmstrang (estaba estudiando allí, ¿sabes?) y volver a casa de sus padres. No obstante, a ellos no les gustaba tenerlo ocioso en casa todo el tiempo, así que me pidieron que lo trajese conmigo a Inglaterra. Apenas llegó se fue a la cama, como si hubiese estado viajando durante días, cuando en realidad el Traslador nos trajo aquí en segundos. ¡Iré a despertarlo para que te salude!

-¡No hace falta, Bathilda…! -dijo Albus, pero ella ya había salido de la habitación. Aparentemente resignado ante la perspectiva de que sacasen de la cama a un chico para que lo conociese, Dumbledore se puso de pie y esperó a que Bathilda y su sobrino-nieto bajasen.

Harry, que tenía el sueño pesado, imaginó que Grindelwald tardaría un buen rato en salir de su cuarto y que llegaría malhumorado, pero se sorprendió al ver que el muchacho llegaba a la sala de estar en muy poco tiempo y aparentemente nada molesto. Grindelwald era un poco más bajo que Dumbledore, tenía piel clara, ojos azules y cabello rubio rizado. Apenas vio al joven visitante de su tía-abuela, esbozó una sonrisa encantadora y se aproximó para estrecharle la mano.

-Albus Dumbledore -dijo Bathilda, que había entrado detrás de su sobrino-, te presento a Gellert Grindelwald.

[Yo creí que esta segunda parte iba a ser lo bastante corta como para cerrar la historia, pero se terminó extendiendo más de lo que esperaba. Me parece perfecto, pues ahora que pasaron los exámenes del instituto tengo más tiempo para escribir. Espero que les haya gustado.

Por cierto, no me he olvidado de continuar con las aventuras de Albus Potter. Falta poco para que termine el próximo capítulo, titulado Miedo. Paciencia.]

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El otro Pensadero I


El postergado séptimo año de Harry en Hogwarts transcurrió muy velozmente. El pacto de no agresión con Draco Malfoy lo ayudó a pasar esos meses en relativa tranquilidad, y el hecho de que tanto Ginny como él estuviesen ahora cursando el mismo año era una auténtica delicia. Sabía que toda la escuela -y todo el mundo mágico- hablaba de él muchísimo más que antes ahora, pero estaba acostumbrado y enfrentó la notoriedad con la misma estrategia de siempre: rodearse de sus amigos más cercanos e ignorar en la medida de lo posible a los demás.

Harry había pasado el verano junto con Kreacher y Ginny, acondicionando el número doce de Grimmauld Place para hacerlo un lugar habitable. Por supuesto, la pareja había aprovechado la tranquilidad y privacidad de la vieja casa de Orión y Walburga Black para llevar a cabo su -también postergado- debut sexual. La primera vez había sido rápida y atolondrada por parte de ambos, pero con el tiempo los novios fueron acostumbrándose el uno al otro. Ninguno de los dos se atrevía aún a hacer planes para el futuro, pero Harry ya tenía claro que tarde o temprano deberían plantearse qué hacer con sus vidas.

Los EXTASIS fueron bastante fáciles de aprobar para Harry y sus amigos, al menos en Defensa Contra las Artes Oscuras. Generalmente los examinadores fueron muy benévolos con los estudiantes que se presentaron en el año posterior a la guerra, ya que parecían considerar que el solo hecho de haber sobrevivido al conflicto era de por sí un mérito. La graduación fue muy alegre y al mismo tiempo emotiva, pues era inevitable pensar en Colin Creevey y los demás chicos y chicas que hubieran estado recibiendo sus diplomas de no haber sido por Lord Voldemort.

En el verano de 1999, estando ya instalado definitivamente en el número doce de Grimmauld Place con Ginny -estaban probando todavía qué tal les iba conviviendo juntos antes de hablar de cosas más serias-, Harry decidió adquirir un Pensadero. Por fin comprendía aquello que le había dicho Dumbledore en 1995, poco antes de que Voldemort recuperase su cuerpo, de que a veces había demasiados recuerdos en su cabeza y necesitaba examinarlos con cierta distancia. Lo cierto es que Harry había pasado por mucho, y quería tener una oportunidad de revivirlo y analizarlo.

Después de varias averiguaciones discretas, Harry se enteró que los Pensaderos eran difíciles, pero no imposibles de conseguir. Así que fue a Borgin & Burkes -cuyos dueños habían logrado salvarse de ir a Azkaban por ayudar a los Mortífagos a entrar a Hogwarts en 1996 amenazando a muchas familias influyentes de sangre pura con dar a conocer la lista de objetos legalmente cuestionables que habían comprado o vendido a la tienda- y encargó allí un Pensadero. Al cabo de un par de semanas y después de un pago bastante sustancial Harry pudo instalar la vasija de piedra (a la que redujo mágicamente al tamaño de una tacita de café para llevarla con más comodidad en el bolsillo) en el antiguo despacho de Orión Black en el número doce de Grimmauld Place.

Harry tardó poco en aprender a extraer sus recuerdos de su mente y observarlos en el Pensadero. Era muy extraño verse a sí mismo en tercera persona enfrentando todas las cosas que había debido enfrentar en los últimos ocho años -desde el profesor Quirrell, poseído por Lord Voldemort, hasta el propio Voldemort, durante la batalla final, pasando por trolls, dragones, acromántulas, Dementores y hombres lobo-, y también era extraño, aunque agradable, verse en sus momentos más felices con sus amigos y con Ginny. Harry se evaluaba a sí mismo con bastante más severidad viéndose desde esa perspectiva, y tuvo que admitir que en más de una ocasión se había mostrado imprudente y de mal carácter.

No obstante, habían dos cosas llamativas para Harry. En primer lugar, lo que ocurría al revivir el momento en que Voldemort le lanzó el Avada Kedavra y él se encontró con Dumbledore en King’s Cross. Lo único que veía entonces era a sí mismo siendo golpeado por la maldición asesina, generando una onda expansiva que golpeaba a Voldemort y lo hacía perder el conocimiento por unos segundos. Si bien recordaba perfectamente su charla de ultratumba con Dumbledore, no podía verla en el Pensadero.

En segundo lugar, el hecho de que no pudiese volver a ver en su Pensadero los recuerdos que había visto en el Pensadero de Dumbledore. Cuando revivía las ocasiones en que había mirado en el Pensadero del director, lo único que veía era a sí mismo metiendo la cabeza en el líquido de los pensamientos ajenos y siendo absorbido por ellos, para regresar al cabo de un tiempo. Cuando intentaba meter él mismo la cabeza en los recuerdos, lo único que veía era oscuridad. Estaba claro que el Pensadero no le permitía ver recuerdos ajenos dentro de los suyos.

Harry estaba muy interesado en volver a ver los recuerdos que le había mostrado Dumbledore para ilustrar la historia de Voldemort, lo mismo que los que le había pasado Snape antes de morir. Los últimos seguían en el Pensadero de Dumbledore, y no le fue difícil convencer a la directora McGonagall de que le permitiese llevárselos a su casa en un frasquito -después de todo, Snape se los había dado específicamente a él-, pero los de Dumbledore no estaban. McGonagall le dijo que había revisado tanto la oficina de Dumbledore como su dormitorio en dos ocasiones -después de su muerte y después de la batalla final- y no había hallado nada. Harry mismo registró ambos lugares y no logró encontrar los frascos que contenían los recuerdos de Bob Ogden, Caractatus Burke, Morfin Gaunt, la elfina Hokey, Horace Slughorn y del propio Dumbledore.

Desanimado, Harry llegó a la conclusión de que Dumbledore, al planear junto con Snape su muerte, decidió destruir los recuerdos para evitar que terminasen cayendo en manos de Voldemort y éste se enterase sobre las indagaciones que el viejo director había hecho sobre su pasado. No obstante, Harry decidió hacer un último intento y hablar con el que más secretos de Dumbledore conocía aparte de él mismo: su hermano Aberforth.

Aberforth seguía regenteando Cabeza de Cerdo, pero la notoriedad que la taberna había ganado tras la batalla final había aumentado enormemente su clientela. Como resultado, había dos o tres empleados que atendían al público, y el bar en general estaba mucho más limpio. El propio Aberforth parecía de mejor humor que antes, y no tuvo inconveniente en interrumpir su trabajo por un rato para charlar con Harry.

-Bueno -dijo, tras escuchar al muchacho, rascándose la cabeza-, es posible que haya llevado esos recuerdos a su casa en Grecia.

-¿Tenía una casa en Grecia?

-Sí, después de… lo de aquel verano, él hizo ese viaje a Grecia que no había podido hacer con Elphias Doge y se compró una casita en un pueblito del Ática. Allí dejó un Pensadero y sus recuerdos de lo que pasó ese verano, y los protegió con hechizos repelentes de muggles y con el encantamiento Fidelius. Me nombró a mí Guardián del Secreto, de modo que puedo contártelo. Imagino que la casita debe seguir ahí. Nadie podrá verla más que tú.

-¿Alguna vez… usted fue allí?

-No. ¿Por qué querría ver los recuerdos de mi hermano? Sé perfectamente lo que pasó aquel verano… con Ariana y Grindelwald.

Harry no insistió, pero supuso cuál era el auténtico motivo de la negativa de Aberforth Dumbledore a ver los recuerdos de su hermano -negativa que seguramente debía extenderse a sus propios recuerdos de aquella época-: la posibilidad de descubrir en ellos quien era el que había asesinado accidentalmente a Ariana.

***

El viaje de Harry a Grecia fue muy rápido, pues no tenía interés alguno en conocer los atractivos turísticos del país; simplemente tomó un Traslador internacional con destino a Atenas y viajó en escoba por la noche hacia el pueblito ático en donde Dumbledore había comprado su casa. Era posiblemente la población más anodina e insignificante de la región, la clase de lugar en donde ningún forastero se habría molestado en quedarse mucho tiempo. La casita de Dumbledore fue también fácil de localizar, pues los rastros de la magia practicada años atrás por el viejo mago todavía perduraban, y Harry se había vuelto bastante ducho en percibirlos.

Mediante un Alohomora, Harry abrió la puerta de la casa y entró. De no haber sido informado del secreto que guardaba la casa por Aberforth, lo único que hubiese visto habrían sido un camastro, una mesa cubierta de polvo y dos viejas sillas, pero apenas puso pie en la estancia el joven vio lo que había estado buscando: un Pensadero y cerca de él un estante con varios frascos que contenían los recuerdos.

Harry vació uno a uno los frascos para ver rápidamente su contenido en la superficie del Pensadero, tras lo cual los volvió a guardar. No quería quedarse allí mucho tiempo, pues prefería examinar los recuerdos en la tranquilidad del número doce de Grimmauld Place. Llegó a contar siete frascos con los siete recuerdos que Dumbledore le había mostrado en sus clases: el del enfrentamiento de Bob Ogden con Sorvolo y Morfin Gaunt, el de Caractatus Burke jactándose de haberle comprado el relicario de Slytherin a un precio bajísimo a Mérope Gaunt, el de Dumbledore conociendo al joven Tom Ryddle, el de Ryddle encontrándose con su tío Morfin, el de Ryddle hablando con Horace Slughorn de los Horrocruxes, el de Ryddle visitando a Hepzibah Smith y finalmente el de Ryddle, ya habiendo asumido la identidad de Lord Voldemort, solicitándole a Dumbledore el puesto de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Harry encogió mágicamente los frascos y los guardó en su mochila, para luego tomar el octavo y último frasco que quedaba en el estante en sus manos.

Harry ya había deducido que aquel frasco, mucho más viejo y polvoriento que los otros siete, debía ser el que contaba los acontecimientos transcurridos en el Valle de Godric en aquel verano de 1898. ¿Qué hacer con él? Una parte de sí mismo le decía que verlo sería una invasión a la privacidad de Dumbledore, pero otra parte le decía que, al fin y al cabo, él sabía muy bien todo lo que había ocurrido en ese verano, y que se había enterado de boca del propio Dumbledore. Él ya le había confesado la terrible verdad: que él y Grindelwald habían planeado establecer un régimen en el que los magos gobernasen a los muggles, y que en medio de un duelo entre ellos dos y su hermano Aberforth su hermana Ariana había muerto como resultado de una maldición que pudo haber sido lanzada por cualquiera de los tres. ¿Era posible enterarse de algo peor que eso?

[NOTA: Lo prometido es deuda. Aquí tienen la primera parte de la trágica historia de Dumbledore y Grindelwald. Publicaré la segunda, si es posible, antes del viernes. De paso, quiero pedirle mil disculpas (si es que ella lee esto) a Helena Dax por robarle la idea de un Pensadero propiedad de un personaje muerto escondido en un lugar remoto en el que el héroe encuentra información desconocida sobre ese personaje. Ella ya lo usó en Harry Potter y el secreto del monasterio, aunque el Pensadero era de Snape, los que iban a buscarlo eran Harry y Draco y estaba escondido en una cueva protegida por el encantamiento Fidelius (el Guardián del Secreto esta vez era Dumbledore, y los chicos se enteraban de su existencia gracias al retrato en la oficina de McGonagall) pero también por otras maldiciones peligrosas.]

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Harry en la Calle de la Hilandera


La Calle de la Hilandera era un lugar tan deprimente como Harry imaginaba. No era raro que un hombre como Severus Snape no hubiese querido mudarse jamás, considerando lo que le gustaban los lugares siniestros. Pero Harry tenía una misión y no podía delegarla en nadie más.

Muerto su último propietario, las protecciones mágicas de la casa que había sido de Tobias Snape y Eileen Prince habían desaparecido y Harry pudo entrar con un simple Alohomora dirigido a la cerradura. El interior estaba bastante ordenado, y en rigor no se diferenciaba mucho de cualquier casa muggle. Hacía varios meses que Snape no residía allí.

Harry vio que había dos dormitorios, uno que había sido de Snape y otro que había pertenecido a sus padres. Dentro del dormitorio de Snape, Harry halló lo que buscaba: un retrato cubierto con una sábana, del propio Severus Snape. McGonagall le había contado que poco después de su nombramiento como director, Snape había traído a un pintor mágico para que lo retratase. Eventualmente la pintura sería colgada en el despacho del director, pero el hecho de que Snape hubiese abandonado su cargo poco antes de morir había impedido que el retrato apareciese allí mágicamente, como había ocurrido con el de Dumbledore. Alguien debía buscarlo y llevarlo a Hogwarts para colgarlo en donde le correspondía estar, y Harry exigió ser él quien lo hiciera.

Con el corazón latiéndole rápidamente, Harry destapó el cuadro. Snape había hecho que lo pintasen sentado en su escritorio, con varios libros frente a él (sin duda para que su “otro yo” no se aburriese demasiado). El pintor había capturado a la perfección el aspecto de su ex profesor de pociones, la piel pálida, el pelo negro y grasiento, la nariz ganchuda. Y cuando Snape abrió los ojos, Harry también lo alabó mentalmente por poder capturar lo penetrante de su mirada en el lienzo.

-Vaya, Potter -dijo Snape fríamente-. ¿Qué demonios haces en mi casa?

-Vine para recoger su retrato y llevarlo a Hogwarts.

-¿Y por qué vas a llevarlo allá? Por lo que sé, todavía soy director. Por no mencionar que tú eres fugitivo del Ministerio por haber matado a Albus Dumbledore…

-No hace falta que siga fingiendo, profesor. Voldemort murió hace tres días. Yo lo maté.

La mirada de Snape se volvió aún más escrutadora y, de no haber sabido que los retratos no podían hacer Legeremancia, Harry hubiese temido que intentaría penetrar en su mente. Pero Snape se limitó a mirarlo a los ojos con mucha atención. Después de unos instantes, el Snape del retrato pareció creerle, y se desvió la mirada hacia el escritorio. Estaba claro que ahora reflexionaba sobre las implicancias de lo que Harry le había dicho. El joven mago casi podía ver sus engranajes mentales funcionando. Si Harry había vencido a Voldemort, eso significaba que él ya no era director de Hogwarts (pues seguramente planeaba renunciar si sobrevivía, o bien creía que sería enviado a Azkaban). Pero si su retrato iba a ser colgado en la oficina del director, eso significaba que ya se conocía su verdadero rol en la guerra contra Voldemort. Pero si era Harry y no él mismo quién venía a llevar su retrato a Hogwarts, eso significaba…

-Dime, antes de morir, ¿llegué a contarte lo que sucedió cuando el Señor de las Tinieblas intentó matarte?

-Sí, mientras agonizaba me pasó sus recuerdos.

-¿El fragmento de alma residente en tu cuerpo ha sido destruido?

-Sí.

-¿Y cómo es que estás vivo?

Harry no le había contado a nadie, ni siquiera a Ginny, Ron o Hermione, sobre su encuentro con Dumbledore más allá de la muerte en “King’s Cross”, y no planeaba hacer otra cosa con Snape, así que repitió lo que había dicho en su discurso en el Gran Salón:

-Ni siquiera yo lo entiendo. El Avada Kedavra que me lanzó Voldemort me impactó, pero solamente mató a la porción de su alma que estaba en mi cuerpo. Nuestra conexión se rompió, ya no puedo hablar pársel y la cicatriz se volvió más tenue, mire -dijo, mientras acercaba su frente al retrato.

Snape estaba conmocionado, y sus ojos estaban vidriosos. Parecía a punto de llorar.

-No puedo creerlo… no puedo creerlo… El Señor de las Tinieblas ha muerto y tú vives. Gracias a Dios.

Pero poco después se dio cuenta de frente a quién estaba y recuperó la calma.

-Supongo que habrás visto más cosas, aparte de mi rol en la muerte de Dumbledore, ¿verdad, Potter?

-Sí, sé lo de usted y mi madre.

Snape y Harry permanecieron en silencio por un buen rato. Ninguno de los dos se atrevía a hablar del espinoso tema del enamoramiento de Snape hacia Lily Evans. Al final, Harry dijo:

-Bueno, imagino que querrá saber de qué hablábamos Dumbledore y yo en nuestras clases privadas en mi sexto año.

-Muchos queríamos saber eso, Potter, pero Dumbledore no quería soltar presa.

-¿Quiere hablar de eso con el retrato de Dumbledore en Hogwarts?

-No, preferiría que me lo cuentes tú. No me agrada la idea de que nos escuchen todos los ex directores del colegio.

-De acuerdo.

“Dumbledore debe haberle hecho creer que el alma de Lord Voldemort estaba dividida en dos partes: la que permanecía en su cuerpo y la que residía en el mío. La verdad es que estaba dividida en ocho: las dos que mencioné y otras seis que fue colocando voluntariamente en otros objetos.

Snape nuevamente se puso a reflexionar, tras lo cual dijo:

-Vaya, es impresionante. Jamás oí de ningún mago que consiguiese crear más de un Horrocrux. El Señor de las Tinieblas llegó muy lejos.

-Sí, ciertamente lo hizo. Tres de los Horrocruxes eran objetos que habían pertenecido a los Fundadores de Hogwarts: un relicario de Salazar Slytherin, una copa de Helga Hufflepuff y una diadema de Rowena Ravenclaw. Los otros tres tenían un gran valor personal para él: su diario, el anillo de su abuelo materno Sorvolo Gaunt y la serpiente Nagini.

-Bueno, ya sé cómo fueron destruidos el diario y el anillo. ¿Qué pasó con los demás?

Contarle al retrato de Severus Snape la historia de cómo fueron destruidos los cuatro Horrocruxes de Voldemort no era tan intimidante como lo había sido contárselo a la multitud en el Gran Salón, pero era bastante exigente, ya que Snape lo interrumpía a cada momento con preguntas muy agudas; a veces Harry sentía como si estuviese de nuevo en la mazmorra, defendiéndose de uno de los célebres interrogatorios del profesor.

-¡No puedo creerlo! -dijo Snape al cabo de media hora, cuando Harry ya iba concluyendo su relato- ¡¿Longbottom mató a Nagini?!

-Sí, el Sombrero Seleccionador le dio la espada de Gryffindor, como cuando yo maté al basilisco.

-Bueno, Potter, quizá los haya subestimado… a Longbottom, a tus amigos y a ti. Tuvieron mucha, mucha suerte, pero no puedo negar que también demostraron cierto talento -dijo Snape con cara de estar tragándose un remedio muy amargo. Harry comprendió que eso era lo más cercano a un elogio que recibiría del ex director-. ¿Vamos a Hogwarts?

-Está bien.

Harry levantó el retrato y lo llevó a la salita de estar. Con un Incendio prendió la chimenea y arrojó unos polvos Flu a las llamas. Antes de decir adonde quería ir, Harry apoyó el retrato de Snape en el estante encima de la chimenea.

-¿Qué sucede, Potter?

-Antes de ir a Hogwarts, quisiera hacerle una última pregunta, en privado: ¿Qué hizo con su viejo libro de pociones?

-¿Necesitas ayuda para tu séptimo año en Hogwarts?

-No, solo tengo curiosidad.

-Bueno, Potter, después de que me mostraste el libro de Weasley -sí, me di cuenta enseguida de que era suyo-, imaginé que deberías haber escondido mi libro en algún lugar. No creí que te atrevieses a dejarlo en la Torre de Gryffindor, y como sabía que conocías la existencia de la Sala Multipropósito, imaginé que estaría allí. Así que esa misma noche fui a la Sala y utilicé el Accio para sacarlo de su escondite.

-¿El Accio? ¡Pero si yo lo usé para tratar de alcanzar la diadema de Ravenclaw y no me sirvió!

-Eso es porque no conoces las reglas de esa versión de la Sala Multipropósito. Los únicos que pueden utilizar el encantamiento convocador para sacar las cosas escondidas allí son o los dueños legítimos del objeto o quienes lo escondieron. O sea que el libro sólo lo podíamos recuperar con el Accio tú y yo. En cuanto a la diadema, los únicos que podían usar exitosamente el encantamiento convocador…

-… eran Voldemort y Rowena Ravenclaw. Ahora lo entiendo. ¿Y qué hizo con él cuando lo recuperó?

-Lo dejé aquí, en mi casa. No quería arriesgarme a que otro estudiante lo usase. Pero ahora creo que sería mejor que lo tengas tú. Considero que el hecho de matar al Señor de las Tinieblas te hace lo bastante confiable. ¿Ves ese cuadro de un plato con limones? Detrás de él hay un compartimiento secreto y ahí está el libro.

Así, con el libro del Príncipe Mestizo en una mano y el retrato de Severus Snape en la otra, Harry dijo “¡Hogwarts!” y entró a las llamas.

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La señora Malfoy y la señora Tonks


(La imagen puede verse en tamaño completo aquí.)

Unos meses después de la batalla final, Narcisa Malfoy se sorprendió pensando en su hermana Andrómeda. El motivo por el cual le vino a la mente el tema de Andrómeda nunca le quedó del todo claro, pero desde ese momento no pudo dejar de reflexionar sobre su relación con ella, inexistente desde los años ’70, cuando su hermana se casó con Ted Tonks, un mago hijo de muggles. La boda se había celebrado en secreto, pero fue registrada mágicamente en el Árbol Genealógico de la familia Black. Cuando Orión y Walburga Black advirtieron que el nombre de su sobrina Andrómeda se había unido al de un tal Ted Tonks, se produjo una crisis familiar que concluyó con la decisión de sus padres de desheredar a su segunda hija, de sus tíos de borrar su nombre y el de su flamante esposo del árbol y de todos los Black, a excepción de Sirius, la “oveja negra”, de cortar cualquier contacto con Andrómeda.

Narcisa, la menor de las tres hermanas, recordaba la rabia y el desprecio de sus padres Cygnus y Druella, y de su terrible hermana Bellatrix. Ella misma, por su parte, no se sentía tan escandalizada, pero sabía que expresar cualquier clase de apoyo o incluso indiferencia hacia lo que había hecho Andrómeda la metería en graves problemas, por lo que fingió una indignación tan convincente que ella misma acabo por creérsela. Y durante años, ella había casi olvidado la existencia de su hermana.

En cualquier caso, el recuerdo de Andrómeda no dejó de acosar a Narcisa Malfoy. En la infancia, ellas habían tenido una relación muy íntima, contándose todos sus secretos y travesuras. Como generalmente ocurre, la entrada de “Dromeda” en la adolescencia la había distanciado de Narcisa, y esa distancia había permanecido. No es que Dromeda y Cissy se llevasen mal, pero cada una se ocupaba de sus asuntos y ya no compartían esa complicidad de la niñez. Después del matrimonio de Andrómeda con Ted Tonks, alejarse de ella fue para Narcisa tan fácil como cortar un hilo que ya estaba desgastado de por sí y que hubiese acabado rompiéndose por su cuenta.

Ahora, Narcisa pensaba en Andrómeda con nostalgia, pues nunca había tenido una confidente mejor que ella y nunca había necesitado una tanto como en ese momento. Ni su marido, destruido anímicamente por la caída de Voldemort y por haber traicionado a Rodolphus Lestrange, ni su hijo, aterrorizado por el recuerdo de las cosas que Voldemort le había hecho y le había obligado a hacer o presenciar, eran personas con quienes ella pudiese hablar de todo lo que había sucedido.

Narcisa decidió que haría un tímido intento por restablecer el contacto con su hermana. Después de escribir y desechar varios borradores, terminó mandándole una carta muy breve.

Andrómeda:

Seguramente te sorprenderá recibir noticias mías, dado que no me he comunicado contigo desde hace tanto tiempo. Te escribo porque quisiera volver a verte y tener una charla contigo. No sé qué más decirte, excepto que comprenderé si te niegas a tener cualquier trato conmigo.

Saludos,

Narcisa

No era la carta mejor redactada que ella hubiese escrito, pero era bastante clara. Después de leerla y releerla varias veces, la mandó a la casa de su hermana con su lechuza (los Malfoy eran lo bastante ricos como para tener cada uno su propia lechuza o búho, a diferencia de los Weasley).

Pocos días después le llegó una carta igualmente breve.

Narcisa:

Ven a mi casa mañana a las 18.

Saludos,

Andrómeda

Aliviada por no haber sido rechazada (su peor temor era que Andrómeda le mandase una Vociferadora), Narcisa se aprestó a visitar a su hermana.

Tras decirle a Lucius y Draco que iba al callejón Diagon -algo que sólo podía hacer ahora habiendo tomado la Poción Multijugos-, Narcisa se Apareció en la casa de Andrómeda. Pudo hacerlo gracias a que, tras la captura de su cuñado Rodolphus, Andrómeda había levantado casi todas las medidas de seguridad que había instalado durante la guerra para proteger su casa de los ataques de los Mortífagos.

Antes de que ella golpease la puerta, Andrómeda salió a recibirla.

Narcisa había olvidado lo mucho que se parecían sus hermanas mayores, y por un instante, creyó estar viendo de nuevo a Bellatrix. Pero pronto se dio cuenta de la diferencia entre ambas: en primer lugar, Andrómeda no mostraba los signos de deterioro físico causados en Bellatrix por su larga estadía en Azkaban. En segundo lugar, ella trasmitía una sensación de calma y compostura imperturbables, que Bellatrix había perdido en sus años de encarcelamiento; no es que Bella estuviese siempre desequilibrada, pero era muy fácil que perdiese los estribos. En cambio, Andrómeda parecía ser incapaz de cualquier desborde sentimental.

-Pasa, Narcisa -le dijo su hermana en un tono ni muy frío ni muy amable.

Al entrar, Narcisa no pudo evitar juzgar el tipo de vivienda en la que habían habitado durante años los Tonks. Era innegable que no resistía ninguna comparación con la Mansión Malfoy, ni con la Mansión Lestrange, donde Bellatrix había vivido durante algunos años antes de la primera caída de Voldemort. Pero trasmitía una sensación de calidez ausente en las mansiones de su marido y de su cuñado, lo mismo que de recuerdos familiares alegres y muy recientes. Las paredes de la Mansión Malfoy y de la Mansión Lestrange estaban repletas de retratos de antepasados famosos, que se remontaban a la Edad Media y que vigilaban y juzgaban a sus descendientes desde los marcos; las de la casa de Andrómeda estaban repletas de fotos suyas, de Ted Tonks, de Nymphadora, y más recientemente de Remus y Teddy Lupin, que se movían alegremente y sin prestar atención a los visitantes. Una cosa en la que ambas se parecían es que las dos se preocupaban muchísimo por la limpieza de sus hogares, pero estaba claro que mientras Narcisa se limitaba a ordenar a sus elfos y elfinas que limpiasen alguna de las habitaciones de la Mansión todos los días, Andrómeda hacía las tareas ella misma.

Había un solo retrato en la casa, que mostraba a Andrómeda, Ted y Nymphadora poco después del nacimiento de ésta última. Narcisa los miró con fascinación, comparando a la escena retratada allí con la que ella misma había hecho pintar poco después del nacimiento de Draco. En aquel retrato, Lucius y Narcisa posaban junto al bebé Draco sin apenas moverse y sin abandonar casi nunca su expresión solemne, mientras que Andrómeda y Ted no cesaban de acariciar a su bebita y de conversar alegremente.

-Cuando nació Teddy -dijo Andrómeda, sacándola de sus reflexiones- pensé en hacer pintar un segundo retrato que nos mostrase a los cinco juntos, pero no hubo tiempo.

-Lo… lo lamento, Andrómeda.

-No creo que lo hagas, hermanita. Yo perdí a mi esposo y a mi hija en la guerra, además de a mi yerno. Tú conservas tanto a tu esposo como a tu hijo.

-¡Sólo por casualidad, Andrómeda! ¿Crees que tu hija y tu marido murieron porque mi hijo y mi marido se salvaron? ¡No, Andrómeda! ¡Ellos murieron por culpa de Ryddle, y mi marido y mi hijo estuvieron a punto de morir por culpa suya también!

-Pero tú lo apoyaste. Esa es la diferencia. Tú, tu hijo y tu esposo estuvieron en el bando de Ryddle y sobrevivieron. Mi hija, mi esposo y mi yerno estuvieron en el bando opuesto a Ryddle y murieron, pese a que Ryddle fue vencido.

-¡Cometimos un error, todos nosotros! ¡Nos unimos a él siendo demasiado jóvenes como para comprender la fatuidad de sus ideales, si es que así se los puede llamar, y cuando regresó al poder tuvimos que volver a apoyarlo por miedo a sus represalias!

Las lágrimas se deslizaban por su bello rostro, pero Andrómeda no se conmovía.

-Además, yo nunca fui Mortífaga, Andrómeda. Mi marido y mi hijo sí, y creo que no pasa un día en que lo lamenten su decisión de haberlo sido. Fue el orgullo de los Malfoy, el maldito orgullo de los Malfoy el que los arrastró a ello. Y fui yo la que tuvo que salvarlos a ellos y a Potter mintiéndole a Ryddle en el Bosque Prohibido.

“Soy muy consciente de que no tengo las manos limpias a pesar de ello, Dromeda. Hice cosas imperdonables, y una de las peores, aparte de apoyar a Ryddle, fue no atreverme a ponerme de tu parte cuando te casaste con Ted. Lo que hice en el Bosque Prohibido ha permitido que yo y mi familia no seamos castigados por el Ministerio por haber apoyado a Ryddle; si seguimos siendo responsables moralmente, no lo sé. Pero sí sé que lo único que puede redimirme por lo que te hice es que me perdones.

Andrómeda contempló en silencio a Narcisa, y después de unos instantes, tomó su mano cariñosamente y le dio unas palmaditas. Narcisa supo que estaba perdonada, pero que su hermana era demasiado orgullosa como para decírselo expresamente.

-¿Quieres un té, Cissy? –preguntó luego Andrómeda.

***

La conversación entre las hermanas se fue haciendo cada vez más larga e interesante. Era como si durante años ellas hubiesen vivido en mundos diferentes, y cada una estaba fascinada por conocer las experiencias de la otra. El único tema del cual no hablaron fue de Bellatrix Lestrange, lo cual no era nada extraño considerando que ella había asesinado a la hija de Andrómeda, su propia sobrina. Pero Andrómeda se mostraba dispuesta a hablar de Nymphadora y de su nieto, y a Narcisa le encantaba hablar de su hijo Draco.

Los encuentros entre Narcisa y Andrómeda (que ya volvían a llamarse por sus diminutivos “Cissy” y “Dromeda”) se fueron haciendo frecuentes, y cuando Lucius y Draco se fueron a pasar un fin de semana en su casa en Fontainebleau -acompañados por Pansy Parkinson, que ya era considerada la futura esposa de Draco-, Narcisa llegó a invitar a su hermana mayor a la Mansión Malfoy. Había sido una experiencia agradable para ambas, pues si bien Andrómeda había abandonado el estilo de vida de las familias ricas y de sangre pura como los Malfoy (y los Black) al casarse con Ted Tonks, eso no significaba que lo detestase. El amor hacia Ted había sido más fuerte que su apego al lujo.

Por supuesto, Lucius y Draco terminaron enterándose del restablecimiento de las relaciones entre Narcisa y Andrómeda, pero jamás lo cuestionaron. Siempre y cuando su esposa y madre no los obligase a confraternizar con esa “traidora a la sangre” que era su cuñada y tía, no les molestaba. A Pansy sí le irritó cuando lo supo, pero sabía que su futura suegra no era la clase de mujer a quien ella pudiese intimidar o avergonzar, de modo que eligió no intervenir.

La primera vez que “Cissy” y “Dromeda” hablaron de Bellatrix fue justamente en la visita de la segunda a la Mansión Malfoy. Después de mostrarle la casa, Narcisa paseó a su hermana por el jardín y le señaló el panteón de los Malfoy.

-Allí los Malfoy han enterrado a sus muertos desde el siglo XIV. Los últimos que sepultamos aquí fueron mi suegro Abraxas y Bella…

Narcisa había olvidado por un instante con quién estaba hablando, y se quedó callada. Pero Andrómeda dijo:

-Creo que es el momento de que hablemos de Bella, Cissy. Ella era nuestra hermana.

-Mató a tu hija.

-Es cierto, y jamás se lo perdonaré. Pero eso no significa que sea un tabú entre nosotras. Todos siempre decían que yo me parecía más a ella que a ti.

-Físicamente sí. De carácter, no lo sé. Supongo que ambas fueron muy valientes, a su manera. Y ambas fueron muy leales a los hombres que querían…

-¿Te refieres a Ryddle?

-Sí -contestó Narcisa en un susurro, como si temiera ser escuchada-. Estoy segura de que al menos ella estaba muy enamorada de él… mucho más que de Rodolphus, ciertamente, y sólo eso explica que ella impulsase a su marido, a Rabastan y a Barty Crouch a buscarlo cuando desapareció.

-Pero, ¿eran amantes?

-Nunca lo supe a ciencia cierta y nunca me atreví a preguntárselo. Pero sí estoy segura de que ella pasaba mucho más tiempo con él que con Rodolphus. Recuerdo que cuando mataron a Scrimgeour, los Lestrange creyeron seguro volver a su vieja mansión -la había tenido confiscada el Ministerio durante varios años, ¿sabes?- y mandaron a una cuadrilla de elfos domésticos a ponerla en condiciones. Pero cuando estuvo lista, los únicos que se mudaron allí fueron Rodolphus y Rabastan. Bella se quedó en la Mansión Malfoy, con nosotros… y con Ryddle.

“Francamente, dudo mucho que hayan sido amantes. Cuando Ryddle reapareció bajo la identidad de Lord Voldemort, los experimentos que había realizado con la magia oscura lo habían deshumanizado enormemente… eso y los Horrocruxes. Ya no sentía muchas necesidades físicas, apenas comía, bebía y dormía. Y no creo que el sexo le haya interesado mucho. Cuando recuperó su cuerpo, esa deshumanización se acentuó aún más, y Bella ya no tenía esa belleza impresionante de antes de Azkaban, así que es menos probable aún que hayan estado juntos entonces.

-¿Y Bella nunca quiso tener hijos con él o con Lestrange?

-Gracias al Cielo, no. ¿Te imaginas a un hijo o hija de Ryddle y Bella? ¡Tan solo pensar en un hijo de Bellatrix y Rodolphus me pone la carne de gallina!

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