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La última propietaria


La Maldición Asesina hizo blanco sobre su objetivo. El cuerpo cayó sobre la hierba.

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Albus y Harry


Harry estaba resuelto a no intercambiar palabra alguna con su hijo, pero no fue capaz de contenerse.

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El Sendero Rojo


El curso de la batalla estaba cambiando visiblemente. La súbita ausencia de Albus Potter, sumada a la presencia de Harry, que parecía estar en todas partes al mismo tiempo, tenía una gran incidencia sobre la moral de las tropas de ambos ejércitos. Cada vez más magos del bando de Albus pedían cuartel o escapaban, aunque la mayoría seguían combatiendo vigorosamente.

El pueblo del Valle de Godric se hallaba casi en ruinas. Apenas quedaban paredes en pie, mucho menos casas enteras. La destrucción se había extendido a algunas granjas cercanas. Un campo de maíz estaba ardiendo, mientras que en el bosquecillo ubicado en las inmediaciones del cementerio una nube de gas azul tóxico se disipaba lentamente.

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Promesas cumplidas


A diferencia de Livius, Albus pudo ver con absoluta, atroz claridad la muerte de Alcyone. Vio cómo varios de los magos que atacaban desde la espesura utilizaban Maldiciones Asesinas, y vio como uno de los rayos verdes —cuyo autor o autora él jamás sería capaz de identificar— hacía blanco en el pecho de su amiga.

Su primera reacción fue proteger a Livius, quien olvidando su propia seguridad había salido corriendo hacia su esposa, dando la espalda a las decenas de enemigos que tenían adelante. Albus hizo aparecer un grueso muro de ladrillos, de cinco metros de altura y al menos medio metro de espesor, entre ellos cuatro y el bosquecillo. Sabía que los hechizos de sus enemigos lo tirarían abajo, pero al menos le permitiría ganar tiempo.

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Memorias de Livius Black XXVI


Lo primero que hizo Albus al recibir la noticia de la presencia de su padre en el campamento fue enviar un Patronus a Valerie, dejándola al mando del ejército mientras él retornaba. Lo segundo, fue ordenarnos a Jezebel Smith y a mí que lo acompañáramos.

—¿No quieres llevar más refuerzos? —preguntó Jezzie.

—Tengo la Varita de Saúco y los tengo a ustedes dos —nos respondió él—. No necesito más.

Yo también tenía mis inquietudes, pero saber que Alcyone estaba haciendo frente al ataque de Harry Potter en el campamento me llenó de ansiedad e hizo que las dejara de lado. Jezzie y yo teníamos nuestras escobas, y volamos junto a Albus en dirección a la granja de Jones.

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Los heridos comenzaron a llegar alrededor de una hora después de la incursión del Hacedor de Reyes en el Valle de Godric. Los primeros tres tenían heridas en la cabeza: uno había sido Aturdido y se había partido la frente al caer sobre el pavimento y los otros dos habían sido golpeados por escombros. Los magos que los trajeron a la tienda-hospital habían recibido órdenes de regresar de inmediato al campo de batalla, y no estaban muy deseosos de conversar. Ni siquiera Louis Rosier, que apareció en su forma de Animago para reunir montones de escobas voladoras, pudo decirle mucho a Alcyone antes de regresar al pueblo, salvo que por lo que él sabía Livius no había sufrido ningún daño.

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A la una de la tarde, el Valle de Godric presentaba un espectáculo dantesco. Cientos de magos y brujas combatían en el aire, y decenas de cadáveres de ambos bandos yacían en las calles y en los alrededores del pueblo, algunos muertos durante el brote de vampirismo de la noche anterior, otros muertos a manos de sus congéneres. Cuatro casas se habían desmoronado y otras dos ardían en llamas. Si los habitantes muggles del pueblo hubiesen podido ver la senda de destrucción dejada por los magos, habrían creído realmente que habían sido víctimas de un atentado terrorista.

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