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La evacuación


La batalla estaba en su apogeo. Los hechizos volaban en todas direcciones, alumbrando el cielo nocturno con resplandores de todos los colores, pero sobre todo con el verde de las Maldiciones Asesinas. Harry Potter y su oponente se batían a duelo con ferocidad, intercambiando los maleficios más violentos que conocían. Harry se sentía dominado por un entusiasmo que jamás había sentido en los innumerables combates que había librado desde la adolescencia. No quería vencer a su adversario, quería matarlo, derramar su sangre, bañarse en ella. Luego de esquivar un Avada Kevadra de su rival, Harry levantó la varita y gritó:

—¡Protego!

Tuvo una sensación de deja vu al percibir el desconcierto del otro mago, pero no se detuvo a pensar a qué podía deberse. Sin perder tiempo, apuntó la varita al Encantamiento Escudo que había proyectado a espaldas de su enemigo, y rugió:

—¡Suchīru-fū!

La sensación de ya haber experimentado todo aquello antes se hizo más intensa cuando el rayo naranja brotó de su varita, chocó contra el Protego y se convirtió en una daga japonesa que se enterró en la nuca de su oponente. Y cuando la sangre comenzó a manar de la boca del mago como un torrente, todo el espanto y la atrocidad de lo que había hecho sobrepasaron a Harry. Isaac Prewett yacía en el césped, dando sus últimos estertores.

Harry corrió hacia el muchacho y lo levantó en sus brazos. Apenas lo tocó, notó que su cara comenzaba a cambiar, y pronto en vez de estar sosteniendo al joven pelirrojo, estaba con un chico de cabello negro y un único ojo verde. Un ojo que lo miraba con una mezcla de acusación y súplica.

***

Los gritos de Harry fueron lo bastante potentes como para que Hermione, que dormía a su lado, se despertara de golpe y, con excelentes reflejos, tomara su varita en cuestión de segundos, lista para hacer frente a cualquier amenaza. Pero cuando encendió la luz, vio que no había nadie más en la habitación. Harry estaba sentado en la cama, respirando agitadamente. Por un instante Hermione temió que su pareja estuviera sufriendo alguna clase de ataque cardíaco, pero luego se recordó a sí misma que, por más que Harry tuviera ya más de cincuenta años, al ser un mago su ritmo de envejecimiento era mucho más lento que el de los muggles y tardaría varias décadas más en correr riesgos de ese tipo; además, él gozaba de un excelente estado de salud. No, Harry acababa de tener una pesadilla.

—Ven aquí —le dijo, estirando los brazos hacia él. Harry se refugió con gusto en su abrazo y se fue serenando poco a poco—. ¿Qué pasó?

—Nada —dijo Harry—. Nada, solo un mal sueño. Lamento haberte despertado, amor.

—Eso no importa. ¿Qué soñaste?

—No lo recuerdo —mintió Harry—. Solo sé que era espantoso.

Hermione besó a Harry en la frente, mientras pensaba que hubiera dado lo que fuera por olvidar sus pesadillas al despertarse. Durante su juventud, luego de la guerra y antes del nacimiento de Rose, sus sueños habían estado acechados constantemente por Bellatrix Lestrange y el recuerdo de las torturas a las que la habían sometido en la Mansión Malfoy. Pero aquello no había sido nada comparado con las pesadillas que venía sufriendo en los últimos años, luego de la muerte de Hugo. En sus sueños, revivía una y otra vez el funeral de su hijo. En los peores sueños, en el funeral también enterraban a Ron, y en una ocasión soñó que también Rose ocupaba un ataúd junto al de su padre y su hermano, y se despertó dando unos alaridos tan fuertes como los que había escuchado a Harry proferir. Durante mucho tiempo Hermione había sido incapaz de lidiar con la muerte de su hijo. Permanecía encerrada en su casa con Rose, y hacía todo lo posible para que su hija no saliera jamás de la vivienda; en los primeros tiempos, se angustiaba incluso cuando la chica salía de la habitación en la que ambas estaban. Era como si le hubieran cortado una pierna y un brazo, y ahora corriera peligro de perder las dos extremidades que le quedaban.

Al final había conseguido superarlo y volver a comportarse con entereza durante el día, pero los sueños seguían siendo un problema. Casi siempre eran desencadenados por algo que veía o escuchaba durante el día que le recordaba a Hugo. A veces era notar algún parecido entre sus sobrinos James y Fred, o alguno de sus cuñados Weasley, y su difunto hijo, y a veces era algo tan casual como ver a una madre con su hijo en una plaza, o cruzarse con un chico muggle pelirrojo. Cuando el dolor la volvía a asaltar, intenso como una puñalada en el pecho, ella sabía que Hugo la visitaría por la noche. La poción para dormir sin soñar tenía una efectividad limitada. Dormir junto a Harry había servido de mucho más. Sucumbir al sueño entre sus brazos fuertes y protectores era el mejor remedio para las pesadillas, pero una o dos veces había despertado de golpe, con el corazón martilleando en su pecho y la imagen de su hijo tendido en el féretro fresca en su mente.

Sabiendo lo que iban a hacer cuando se levantaran, a Hermione no le sorprendió en lo más mínimo que Harry hubiera tenido pesadillas.

***

En la mañana del veinticinco de marzo, los habitantes del Valle de Godric fueron despertados por la sirena del pequeño cuartel de bomberos del pueblo. Alarmados, los vecinos salieron a las calles, preguntándose qué calamidad habría tenido lugar (pues ninguna de las casas de la localidad estaba en llamas). Los habitantes del pueblo comenzaron a congregarse a las puertas del cuartel, esperando una explicación de parte de las autoridades.

Luego de sonar durante casi media hora, la sirena se detuvo. El portón del cuartel se abrió, revelando la presencia del alcalde del pueblo y tres personas, una mujer y dos hombres, a las que ninguno de los miembros de la multitud pudo reconocer. Los tres estaban de traje, a diferencia del alcalde, que vestía camisa y jean; al igual que sus gobernados, el político había salido de su casa con poco tiempo para cambiarse. El alcalde alzó los brazos pidiendo silencio, y cuando sus votantes le hicieron caso, comenzó a hablar.

—Buenos días. Lamentamos mucho haberlos sacado de sus camas, pero no hay tiempo que perder. Quienes me acompañan son funcionarios del Ministerio de Medio Ambiente, y tienen que comunicarles algo muy importante. Señora Carter, ¿quiere dirigirse a los vecinos?

—Por supuesto, señor alcalde —dijo la funcionaria, una señora de cincuenta y cinco o sesenta años, cabello canoso y gruesas gafas—. Lamento mucho informarles que hace aproximadamente una hora y media un camión que transportaba residuos industriales sufrió un accidente en la carretera 47, a unos treinta kilómetros de aquí.

Muchos de los vecinos, al escuchar esto, se sobresaltaron y se pusieron a comentar la noticia entre ellos, pero la señora Carter les pidió que hicieran silencio.

—Se ha levantado una nube tóxica y, por la dirección del viento, creemos que se dirige hacia el Valle de Godric. Es por eso que el Ministerio ha dispuesto la evacuación inmediata de la localidad. Aquellos que puedan abandonar el pueblo en sus vehículos particulares deberán marcharse dentro de la próxima hora. Los que no puedan irse por sus propios medios podrán salir en un transporte que mis colegas y yo tenemos preparado. Lleven mudas de ropa para varios días, ya que no sabemos cuánto tiempo pasará hasta que la nube se disipe y podamos realizar una limpieza.

“Hemos reservado habitaciones para todos ustedes en el Hotel Headland, en Truro. Cuando lleguen, solo tienen que dirigirse a recepción y dar sus nombres. El alojamiento está pago por el Ministerio, por supuesto.

“Una última cosa: mis colegas y yo necesitamos hablar en privado con algunos vecinos del pueblo antes de que se vayan. Por favor, escuchen la lista de nombres que leeremos a continuación antes de irse a sus casas. Mantengan la calma en todo momento.

Carter sacó de su cartera una hoja de papel y leyó los nombres de veinte personas. Cuando finalizó, les dijo a los demás vecinos que podían retirarse, y que por cualquier inquietud que tuvieran, se dirigieran al alcalde, que había sido informado de todos los detalles de la situación.

—¿Pueden acompañarnos al interior del cuartel? —dijo Carter, mientras el atribulado alcalde era rodeado de vecinos nerviosos. Los veinte vecinos ingresaron al cuartel. Los dos funcionarios que habían acompañado a Carter cerraron el portón.

—¿Por qué necesitan hablar con nosotros? —dijo una de las vecinas, una anciana de setenta años.

—Porque ustedes son los magos del pueblo y merecen saber lo que está pasando. Harry…

Uno de los funcionarios se apuntó al rostro con una varita mágica y de pronto sus facciones se fueron alterando hasta transformarse en las de Harry Potter, el Chico que Vivió. Por lo menos la mitad de los vecinos sacaron sus propias varitas, listos para pelear, mientras que los demás miraron a su alrededor buscando una puerta por donde escapar.

—Por favor, por favor —dijo Harry, levantando las manos en gesto de apaciguamiento—, guarden sus varitas. No hemos venido aquí a hacerle daño a nadie. Solo queremos que nos escuche.

—¡Usted es el responsable del Sábado Azul! —exclamó un muchacho de poco más de veinte años, que se rehusó a bajar su varita—. ¡Deberíamos arrestarlo y entregarlo al Ministerio!

—Yo fui condenado injustamente —replicó Harry sin perder la compostura—. Pero no es eso lo que queremos hablar con ustedes.

—¿Y qué es lo que quiere, Auror Potter? —preguntó la anciana. Harry consideró un signo alentador que lo llamase “Auror”.

—La evacuación del pueblo es real, pero no sus motivos, como podrán imaginar. No hay ninguna nube de gas tóxico. Solo necesitábamos sacar a todos los muggles del Valle de Godric.

—¿Por qué?

—Porque mis amigos y yo planeamos establecernos aquí —dijo Harry—. Si el Ministerio desea arrestarme, tendrá que venir a buscarme aquí.

—Entonces esto es una rebelión, ¿verdad? —dijo el mago joven—. Una rebelión abierta contra el Ministerio.

—Así es —dijo Harry.

—¿Y qué nos impide detenerte aquí y ahora? —dijo el chico, que seguía apuntando a Harry—. Nosotros somos veinte y ustedes son…
Harry Potter se movió tan rápido que casi nadie pudo verlo. Alzó su varita hacia el belicoso muchacho, utilizó un Levicorpus para suspenderlo en el aire cabeza abajo y le arrebató su varita con un Expelliarmus, todo eso en menos de medio minuto. Los vecinos magos del Valle de Godric apenas alcanzaron a reaccionar.

—¡Suélteme! —gritó el joven— ¡Suélteme ya mismo!

—No hasta que me escuchen todos. No hemos venido aquí a ejercer violencia contra ustedes. Si intentan detenernos, nos defenderemos. Pero no queremos que nadie salga lastimado. Les damos una opción. Pueden permanecer aquí y pelear junto con nosotros, o pueden abandonar el pueblo junto con sus vecinos muggles.

—¡Nunca voy a pelear junto con un hombre que mató a decenas de magos indefensos! —protestó el chico, aún colgado del tobillo.

—Eso ha quedado muy claro, hijo —dijo Harry—. Si te libero y te devuelvo tu varita, ¿prometes comportarte?

El chico protestó y se mostró muy renuente a dar su palabra, pero al fin terminó por ceder. Harry levantó el Levicorpus y se dio su varita. El muchacho la guardó en su bolsillo con expresión hosca.

—¿Ha quedado todo claro? La elección es suya. Pueden quedarse y luchar, o escapar. No los obligaremos a nada.

—Entendemos bien, Auror Potter —dijo la bruja anciana—. Por mi parte, yo ya he visto demasiadas guerras en mi vida. Luché contra Grindelwald en Francia en los ‘40 y contra Ryddle aquí en los ’70 y los ’90. Prefiero irme a la casa de mis primas en Irlanda.

La mayoría de los magos se marcharon, entre ellos el joven que tuvo el altercado con Harry, y que le lanzó una última mirada desafiante antes de salir del cuartel. Solo siete de los veinte magos se quedaron.

—¿Qué quiere que hagamos, Auror Potter? —preguntó una bruja bastante bonita de treinta años.

—Por ahora solo vayan a sus casas y fortifíquenlas. Coloquen todos los hechizos de protección que conozcan. Más tarde recibirán nuevas instrucciones.

—Está bien —dijo la bruja, y se marchó junto con los otros seis.

Harry esperó hasta que los siete magos aliados del Valle de Godric salieran del cuartel para dirigirse a sus acompañantes.

—Eso salió bastante bien —comentó—. Temí que hubiera más violencia.

—Hermione y yo revisamos los antecedentes de todos los magos del pueblo, y no había ninguno que tuviera un perfil muy combativo que digamos —dijo Draco, a quien la Poción Multijugos estaba dejando de hacer efecto—. Ese mocoso tan impertinente, Hubert Mulciber, trabaja de contador en Gringotts.

—Eso no es tan ventajoso —opinó Harry—. Es decir, por un lado es bueno que ninguno se haya atrevido a intentar detenernos, pero por el otro significa que los siete que sí se quedaron no podrán oponer gran resistencia a las fuerzas de mi hijo.

—Hablas como si solo nosotros tres y ellos siete fuéramos a ocupar el pueblo —dijo Hermione, cuyo rostro se iba rejuveneciendo a medida que la poción perdía su poder—. Cuando hagamos llegar nuestro mensaje, muchos más magos y brujas se congregarán en el Valle de Godric. Tendremos un ejército a nuestras órdenes.

Continuará

El mal persiste


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La batalla de la Mansión Potter


—Bonita fiesta, hijo —dijo Harry Potter, y acto seguido lanzó algo al suelo. Una especie de humo negro se esparció por toda la carpa, dejándola en la más absoluta penumbra.

—¡Lumos! ¡Lumos máxima! ¡Incendio! —gritaron centenares de voces casi al unísono, pero nada pudo romper aquella oscuridad impenetrable. Un terror pánico se apoderó de la multitud, y la gente comenzó a escapar en todas direcciones, intentando encontrar una salida a la tienda, tropezándose entre sí y chocándose contra las mesas y sillas. El caos era absoluto.

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Memorias de Livius Black XXIV


Valerie y Albus decidieron celebrar su reconciliación con una cena en el número doce de Grimmauld Place a la que nos invitaron a todos. Alcyone y yo concurrimos, lo mismo que Louis, Lysander, Agamenón, Ash, Isaac y Jezzie; si bien ya todos nos habíamos enterado que el Hacedor de Reyes había hecho las paces con su ex novia, tuvimos la oportunidad de verlos juntos nuevamente por primera vez aquella noche.

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Tres palabras


Albus recibió el beso de Valerie como alguien que se está ahogando recibiría una bocanada de aire fresco. Por unos dichosos segundos se sintió libre de todas sus preocupaciones y todos sus dolores. Solo podía pensar en la boca de Valerie contra la suya, y el cabello de Valerie entre sus dedos, y los brazos de Valerie en su cintura, y el olor de Valerie en su nariz. Se había olvidado del mundo en ella.

Pero no podía durar. Albus era incapaz de dejar de pensar. Su corazón podía imponerse a su mente ocasionalmente, pero su mente siempre acababa tomando las riendas. Y fue su mente quien lo impulsó a alejar a Valerie, sujetándola de los hombros con suavidad pero no sin firmeza.

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La secretaria y la visitante


Marietta Edgecombe había sido secretaria de tres ministros y estaba trabajando en el Ministerio desde los dieciocho años. Pero aún a ella le costó disimular su sorpresa cuando llegó a su oficina y se enteró que habían asesinado a la mayoría de los miembros del Parlamento Mágico y que su jefe había perdido un ojo. Superado el impacto inicial, Marietta había logrado recuperar su profesionalismo, y para cuando Albus Potter finalmente retornó a su oficina luego de algunos días de ausencia, ella estaba lista para atenderlo.

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La marioneta


Cuando Harry escuchó la acusación de su hijo en la Red Mágica Inalámbrica, se quedó tan paralizado como Draco. Pero su reacción fue mucho más veloz. Salió de la cama y comenzó a caminar en círculos mientras oía el resto de la entrevista al Hacedor de Reyes. Hermione lo miró con preocupación, todavía metida entre las sábanas.

Al finalizar la nota, Harry utilizó su varita para apagar la radio, pero el hechizo que usó fue tan intenso que del aparato saltaron chispas. Irritado, intentó repararlo, pero no podía concentrarse lo suficiente como para realizar el hechizo adecuado, y solo consiguió empeorar el cortocircuito del equipo.

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