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Aquí les muestro siete fotos del actor Ciaran Hinds, que a mi juicio es el más parecido a John Dawlish tal y como aparece en mi fanfic.
Casualmente, hoy me enteré —aunque la noticia se había difundido en marzo, lo cual demuestra lo terriblemente distraído que soy— de que Hinds ha sido contratado para interpretar a Aberforth Dumbledore en Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. Esto me recuerda a cuando puse a Jamie Campbell-Bower como “mi” Scorpius Malfoy y poco después me llegó la noticia de que lo habían elegido para aparecer en HP7, aunque como Gellert Grindelwald.
Aprovecho para contarles que ayer aprobé otro examen final, esta vez de Historia Americana del Siglo XIX, con un 10. Y me entregaron la calificación de las clases que estuve dando este año: 9.
También quiero recomendarles esta página, que tiene excelentes análisis políticos de la situación de América Latina. Me gustó especialmente esta nota sobre Chávez.
Un abrazo a todos y a todas.
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And the businessmen will shake hands and talk in numbers
And the princess will wake up from her slumber
Then all the knights will step forth with their arm bands
And every stranger you meet in the street will make demands
So believe no lies,
then dry your eyes
and realize
that surprise.
La, la, la, la la, la, la, la, la, la, la, la…
And we’ll send you glad tidings from New York
Open up your eyes so you may see
Ask you not to read between the lines
Hope that you will come in right on time.
VAN MORRISON, Glad tidings
[NOTA 1: Perdón por el retraso. Sucede que el viernes tuve que entregar un proyecto de investigación, ayer lunes tuve mi primer examen final (que por suerte aprobé con un 9) y el jueves tendré el segundo, para el cual tengo que leer mucho más material. Conseguí hacerme un huequito esta noche para escribir el capítulo de una buena vez, pero no podría decirles cuándo vendrá el próximo. Por lo pronto les recomiendo suscribirse al blog, para que cuando finalmente escriba y publique ese capítulo, los notifiquen por e-mail. Solo tienen que ir al widget que dice “Suscripción al blog” y que está en la barra lateral, encima de todo, escribir su e-mail y apretar el botón que dice “Suscribirme”. Enseguida recibirán un mail de confirmación con un link que deberán abrir.
NOTA 2: Me hubiera gustado poner el video con la canción de Van Morrison, pero no encontré ninguno, así que puse un fragmento de las letras. Les aconsejo descargársela del Ares, porque es muy buena.
NOTA 3: No quiero sonar como el policía de este video de Peter Capusotto, pero les recuerdo que "Hastings" se pronuncia "jéistings". Bah, eso creo.
NOTA 4: Quiero dedicarle este capítulo a Tati, que cumplió años ayer, y a cualquier otro que haya cumplido años o esté cumpliendo en estos días.]
Pese a sus precios astronómicos, a John Dawlish le gustaba mucho desayunar en un café muggle en el centro de Richmond, pues sus amplios ventanales le ofrecían una magnífica vista del Castillo de aquella ciudad; dicho edificio había sido construido en el siglo XI por Alan el Rojo, un noble bretón que fue uno de los principales lugartenientes del ejército de Guillermo I el Conquistador durante la campaña contra el rey Harold, que culminó con la coronación de Guillermo como rey tras la derrota y muerte del monarca en la batalla de Hastings de 1066. Como premio por su colaboración, Guillermo lo designó primer conde de Richmond. Alan el Rojo era un hombre muy acaudalado, y pudo darse el lujo de construirse aquella imponente residencia en la capital de su nuevo feudo y aún así gozar de una fortuna equivalente a 81 billones de libras esterlinas al momento de su muerte.
No es que Dawlish se interesara mucho por eso; la historia muggle le era absolutamente indiferente. Pero la imagen recia del castillo de Richmond le agradaba. Le gustaba pensar en sí mismo como un castillo, inexpugnable en todos los sentidos; nadie podía superarlo en un duelo (él procuraba no recordar a Augusta Longbottom y a los dos Albus que había conocido, Dumbledore y Potter) ni tampoco podían superarlo en astucia. Su reciente pacto con Isaac Prewett lo demostraba. Y el resonante fracaso de Potter en asesinar a Servilia Crouch en la ópera tres días atrás era un signo de que su causa estaba a punto de derrumbarse. Encubrir lo que había pasado había sido una pesadilla logística: casi trescientos muggles cuyas memorias habían tenido que ser alteradas, dos muertes que debían ser explicadas convincentemente, por no mencionar la destrucción de las muy antiguas estatuas de ángeles dorados; el hecho de que hubieran sido derretidas no contribuía a esclarecer las cosas. Pero Dawlish se había embarcado en esa tarea muy alegremente, pues comprendía que el ataque de Potter había sido una muestra de desesperación. “Una bestia agonizante que intenta llevarse a todos consigo” fue como lo definió cuando un periodista de El Profeta le solicitó —con un respeto, por otra parte, que indicaba que en el mundillo político y periodístico su nombre ya estaba sonando como sucesor de Crouch— su opinión, y por una vez fue totalmente sincero.
En muy poco tiempo Albus Potter estaría muerto, sus seguidores muertos, encarcelados o en el exilio, y él y Prewett organizando una reforma a la Ley Fundamental que privara a Crouch de cualquier posibilidad de ser reelecta. Crouch no podría oponerse, pues la desaparición de la amenaza de Potter significaría el fin de la situación de crisis permanente que le había permitido gozar de poderes sin precedentes. Y después de tantos años de espera, él, John Dawlish, sería el nuevo ministro de la Magia.
Pero mientras tanto, Dawlish tenía que ser muy cuidadoso con su imagen pública. Cuando Potter estaba llevando a cabo todos los secuestros de familias de Aurores que habían amenazado con generar un clima de histeria incontrolable entre los magos y brujas, Dawlish mantuvo un perfil bajísimo, no permitiendo que publicaran ni fotos ni declaraciones suyas, e incluso consiguiendo que su nombre fuese apenas mencionado por El Profeta. Ahora que Potter estaba sufriendo revés tras revés, adoptaba una estrategia diametralmente opuesta, exponiéndose lo más posible ante las cámaras y los cronistas. No era algo a lo que estuviera muy acostumbrado, pero tenía tiempo para habituarse.
Por otra parte, desde que Brading le confesó que Potter tenía intenciones de matarlo a él también, Dawlish había empezado a tomar muchas precauciones para evitar que lo siguieran. El único lugar mágico que visitaba a diario era, por obvios motivos, el Ministerio de la Magia. En sus horas libres él se abstenía de ir a Hogsmeade o al Callejón Diagon o incluso a localidades semi-mágicas como el Valle de Godric. Y ocupaba simultáneamente varias residencias muggles en distintas ciudades del Reino Unido, aunque a diferencia de lo que había hecho Horace Slughorn años atrás, cuando intentaba escapar de los Mortífagos, él era el dueño más o menos legítimo de las casas en las que se alojaba. Lo único que le molestaba era que no podía venir todas las mañanas a desayunar en ese café de Richmond y ver “su” castillo por la ventana.
Dawlish miró su reloj y vio que faltaba poco para las ocho y media, hora en que invariablemente se trasladaba al Ministerio para comenzar su jornada laboral. Tras dar un último vistazo al castillo, llamó con un gesto de la mano a la camarera y le pidió la cuenta. La chica fue al mostrador y retornó poco después con el ticket. Dawlish lo tomó distraídamente, pero luego comprobó que junto con el delgado papel del ticket había un trozo de pergamino, que reconoció con el tacto. Miró inquisitivamente a la muchacha —una joven negra, delgada y atractiva— y vio que sus ojos tenían una expresión ausente, producto probablemente de un Confundus. Miró a los otros parroquianos, pero no vio en ellos ninguna señal sospechosa.
Guardándose velozmente el pergamino en el bolsillo, Dawlish pagó la cuenta y pidió permiso para ir al baño antes de irse, que la camarera concedió de inmediato. El jefe de los Aurores se apresuró a entrar al baño, echarle la cerradura a la puerta y, tras verificar que estaba vacío, sacarse el pergamino del bolsillo y leerlo.
Su contenido era lacónico:
Enfrente
5 minutos
Moondance
Van Morrison.
Dawlish lo examinó durante algunos segundos antes de comprender lo que le pedían. Enfrente del café había una disquería. Debía ir allí en cinco minutos y encontrar un álbum llamado Moondance de un grupo o cantante llamado Van Morrison… o un álbum llamado Van Morrison de un grupo llamado Moondance. Allí seguramente hallaría algún mensaje. Pero el remitente de la nota debía haberle puesto a ese mensaje escondido en el álbum algún hechizo que lo hiciera destruirse o disolverse pasados los cinco minutos. Así no le daba tiempo a mostrárselo a nadie más. Era muy inteligente.
Comprendiendo que con tan poco tiempo no podía darse el lujo de llamar a un destacamento de Aurores para que lo ayudasen, Dawlish optó por arrojar la nota al inodoro y tirar la cadena, para luego salir del café y cruzar la calle. La disquería estaba abierta, aunque solo había un empleado, que le indicó el lugar donde estaba Moondance. Originalmente, en 1970, había sido un disco de vinilo, pero cuando se cumplió el 50º aniversario de su lanzamiento volvió a salir a la venta en formato de CD.
Dawlish compró el CD y apenas salió del local rompió el envoltorio de plástico y abrió la caja, esperando encontrar alguna nota dentro. Pero solo encontró el CD y una especie de folleto colorido con las letras de las canciones. Pasó las páginas del folleto una y otra vez, buscando el mensaje infructuosamente. Miró su reloj y vio que faltaban pocos segundos para que se cumplieran los cinco minutos. Y cuando la idea de que esos cinco minutos podían no significar lo que él había creído que significaban se formó en su cabeza, era ya demasiado tarde para arrojar el CD lejos. Experimentó la familiar sensación de que un gancho lo arrastraba del ombligo y se encontró muy pronto en medio de un remolino de colores.
Y cuando al fin sus pies volvieron a tocar el suelo y pudo soltar el Traslador, supo que había caído en una trampa.
***
Sentado en un sillón se hallaba Albus Potter. En los últimos días Dawlish se había pensado muchas veces en él, y siempre se lo imaginaba desaliñado y con un aspecto más desequilibrado que nunca, pero en verdad Albus parecía conservar un aplomo envidiable para alguien que acababa de sufrir una derrota tan estrepitosa.
Dawlish sintió la punta de una varita contra su cuello. Captando el mensaje, arrojó su propia varita al suelo, dejando que quien le estaba apuntando la recogiera. Una vez desarmado, Dawlish se atrevió a girar la cabeza para ver quién era, y no se sorprendió al identificar a Valerie Rosier. El jefe de los Aurores se volvió hacia Albus y dijo:
—Si vas a matarme, hazlo ahora, y hazlo rápido, Potter.
—¿Qué te hace pensar eso, John? —preguntó Albus con curiosidad.
—Brading me dijo que planeabas asesinarme, lo mismo que a la ministra. Y es lo más lógico que puedes hacer —replicó serenamente—. Si deseas tomar el poder, los únicos obstáculos en tu camino somos la ministra y yo. Ambos debemos morir.
—Es cierto. Yo deseaba tomar el poder.
—¿Y ahora no? —preguntó Dawlish.
—Ahora tengo un objetivo más realista, John. Mi verdadera enemiga es Crouch, no tú. Me conformo con apartarla del gobierno y hacer que la juzguen por sus crímenes.
—¡Qué encomiable! —se burló Dawlish— ¡Y luego me dirás que volverás a tu vida normal mientras otra persona gobierna el país!
—Eso es exactamente lo que quiero hacer. Estoy cansado de pelear, John. Estoy cansado de ser un fugitivo en mi propio país. Solo quiero que Crouch reciba su castigo y que mis amigos y yo seamos amnistiados.
—Es imposible —dijo Dawlish—. El público jamás lo aceptaría.
—No sin el respaldo del Ministerio y de El Profeta.
—¿Y cómo planean obtener ese respaldo sin tomar el poder?
—Nombrándote ministro a ti —dijo Albus, sonriente.
Dawlish estalló en carcajadas, y tuvo que sentarse en otro de los sillones de la pequeña y oscura habitación donde lo habían traído. Había imaginado que lo habían traído allí para ejecutarlo, quizá también torturarlo, y ahora ese mocoso ingenuo le ofrecía hacerlo ministro. ¡Como si eso estuviera en su poder!
Cuando logró calmarse, miró a Albus —que no había perdido la sonrisa— y dijo:
—Muchacho, si tú puedes convertirme en ministro, mi primer acto será comerme mi propia escoba voladora, astilla por astilla.
—De acuerdo —replicó Albus—, siempre y cuando tu segundo acto sea firmar un decreto amnistiándonos a mí, a mi novia y a todos mis amigos.
—Potter, ¿has perdido la cabeza? Primero que nada, no quiero ser ministro…
—Eso es una mentira descarada, John —lo interrumpió, en un tono de reproche juguetón—. Claro que quieres ser ministro. Todos lo saben. Hasta El Profeta lo insinúa. Deseas ser ministro con la misma ansiedad con que Crouch desea seguir siendo ministra.
Esa alusión a Crouch le generó cierta inquietud a Dawlish, pero la acalló.
—Segundo, aún si quisiera ser ministro, ¿por qué habría de confiar en ti para lograrlo?
—Porque estoy dispuesto a hacer el Juramento Inquebrantable.
Dawlish comenzó a mirar a Albus de una manera muy distinta que hasta ese momento.
—¿Jurarás hacer que me designen ministro de la Magia?
—Así es.
—¿Y también jurarás que no me matarás después de que lo hagas?
Al asintió con la cabeza.
—¿Y que no ordenarás que me maten? —añadió astutamente— ¿Ni que me den el Beso del Dementor, ni que me manden a Azkaban, ni que me borren la memoria, ni que me destituyan, ni que me destierren?
—Estoy completamente dispuesto a jurar que no haré ni ordenaré que te hagan ninguna de esas cosas. Siempre y cuando tú jures que no me harás ningún daño ni a mí ni a mis allegados y que firmarás el decreto de amnistía.
—¡Por supuesto! ¡Porque derrocar a Crouch es facilísimo! —dijo Dawlish— ¡Ella no tiene Aurores a los que ha sobornado para que hagan todo lo que ella les pida, por ilegal que sea! ¡Ni tampoco es una duelista casi invencible! ¡No, Crouch sería más fácil de derribar que la vieja Casa de los Gritos en Hogsmeade!
—Puedo asegurarte, John, que he aprendido de mis errores. Y que para que mi nuevo plan tenga éxito, tu intervención deberá ser mínima. De modo que si fracaso, nadie podrá vincularte con él… y por cierto, también estoy dispuesto a jurar que si me capturan no revelaré tu nombre.
—¿Y en qué consistiría mi participación en tu plan, Potter?
—Una de las dos cosas que deberás hacer es simplemente sacar, por apenas un rato, a todos los Aurores del Ministerio. Diles que has recibido una pista de dónde está ubicado el lugar donde estoy reteniendo a las familias de los Aurores. Eso los emocionará y hará que todos en la División quieran participar de la misión… y tú, por supuesto, “olvidarás” pedirle a algunos que se queden para proteger el edificio, y a la ministra. Yo haré el resto.
—¿Crouch morirá?
—No. Ella será puesta bajo arresto por mí. Cuando tú regreses con los Aurores, yo los esperaré solo en el Atrio. Y te hablaré a ti.
—¿Qué me dirás?
—Que la ministra ha sido detenida, y que tengo que revelarte información muy importante. Claro que tus Aurores querrán matarme apenas me vean, pero tú deberás frenarlos (y jurar previamente que lo harás, por supuesto) y conducirme a tu oficina. Allí mantendremos una entrevista durante la cual yo te “abriré los ojos” a todos los delitos cometidos por Crouch. Luego saldrás, compartirás esa información con los Aurores y los convencerás de que Crouch es una criminal peligrosa y debe ser destituida y juzgada. Y que mis amigos y yo somos inocentes, y debemos dejar de ser perseguidos. Así de simple.
—Olvidas algo importante, Potter. Los Aurores que obedecen a Crouch. Ellos estarán ahí y no aceptarán que ella sea depuesta. Significaría el fin de sus sobornos mensuales.
—Bueno, tu segunda contribución al plan consistirá en darles la noche libre a todos ellos.
—Eso solo sería postergar lo inevitable. Cuando sepan que Crouch ha caído, intentarán restaurarla. Habrá que arrestarlos a todos. Y no creo que mis hombres estén dispuestos a obedecer esa orden.
—Yo me encargaré de ellos, no te preocupes. Solo aléjalos del edificio del Ministerio esa noche, y por la mañana dejarán de ser un problema.
Como no tenía un pelo de tonto, Dawlish no tuvo dificultades en entender lo que Albus quería decir con “dejarán de ser un problema”.
—Bien, Potter, debo admitir que eres un auténtico zorro. Tu plan es muy bueno. Desdichadamente tiene un defecto fundamental.
—¿Cuál es?
—Que tú necesitas más de mí que yo de ti.
—Explícate.
—Tu objetivo es que Crouch deje de ser ministra. Mi objetivo es ser ministro. Ahora bien, tú solo puedes derrocar a Crouch con mi ayuda. Pero yo puedo convertirme en ministro sin la tuya.
—¿Cómo?
—Simplemente haciendo una reforma que prohíba la reelección del ministro o la ministra de la Magia. Tengo varios legisladores que votarán a favor, sabiendo que con eso favorecen mi candidatura. Solo tengo que esperar unos años y seré ministro legal y legítimamente.
“Mientras que tu situación es mucho más desesperada. Tu causa se tambalea. Necesitas una victoria rápida y total.
—Eso último es cierto —admitió Albus, sin turbarse—. Pero, ¿qué te hace pensar que tu situación es tan buena comparada con la mía?
—¿De qué hablas?
—Crouch sabe que quieres ser ministro. Lo sabe desde hace años. Y el único motivo por el cual no te ha eliminado es que te necesita para acabar conmigo. Pero, ¿qué crees que hará cuando “mi causa”, como tú la llamas, se derrumbe? ¿Piensas que se limitará a dormirse en sus laureles y esperar a las próximas elecciones, sabiendo que tú aspiras a reemplazarla? Puede que no conozca tu plan para cambiar la Ley Fundamental, pero conoce tus intenciones.
—Lidiaré con eso cuando llegue el momento —repuso Dawlish.
—Me temo que el momento ya ha llegado, John —dijo Albus suavemente—. Valerie, ¿podrías traer al hombre de Hastings?
La chica salió enseguida de la habitación, y cuando abrió la puerta Dawlish se sorprendió al ver una cortina de agua del otro lado, igual a la que él tenía en su oficina. Albus notó que él la había visto, y dijo:
—La Caída del Ladrón. Te robé la idea.
—¿Cómo supiste que tengo una en mi despacho? —preguntó Dawlish, y luego de pensar unos instantes, añadió:— ¿Isaac Prewett te lo dijo?
—Quizá —dijo Albus, en un tono insinuante que convenció a Dawlish de que Prewett no era agente de Potter. De haberlo sido, Potter lo habría negado categóricamente en vez de incitarlo a creer que sí lo era. Claramente quería que Dawlish dirigiese sus sospechas hacia Prewett para evitar que se enfocase en el verdadero espía.
Al poco tiempo Valerie regresó a la habitación, cruzando la cortina de agua junto con un hombre maniatado que tenía la cabeza gacha. Cuando la levantó, Dawlish no pudo evitar un gemido de sorpresa.
—¡Goldstein! ¿Qué demonios haces aquí?
—La verdadera pregunta es qué estaba haciendo Anthony en Hastings hace quince horas, cuando lo capturamos —dijo Albus, mientras Valerie forzaba al Auror Anthony Goldstein a ponerse de rodillas entre Albus y Dawlish—. Y para saberlo, tenemos un poco de Veritaserum. John, ¿quieres dárselo tú? —dijo Albus, tendiéndole un frasquito. Dawlish lo tomó, lo destapó, comprobó que se trataba de auténtica Veritaserum (pues si bien no sabía hacer pociones avanzadas como esa, sabía reconocerlas) e hizo que Goldstein lo bebiera. La poción le hizo efecto enseguida.
—Dinos, Anthony, ¿qué hacías en Hastings?
—Seguía a Dawlish —dijo el Auror, en tono monocorde.
—¿Para espiarlo?
—Sí.
—¿Y para alguna otra cosa?
Goldstein intentó resistir, pero debió contestarle a Albus.
—Para matarlo, si me dan mis órdenes.
—¿Y quién te dará esa orden?
—Una bruja.
—¿Quién? —insistió Albus, pero Goldstein ahora estaba haciendo auténticos esfuerzos por no revelar más datos.
—Una bruja.
Albus le apuntó con su varita al pie izquierdo de Goldstein y dijo:
—Incendio.
El fuego lamió su zapato y lo consumió en pocos segundos, quemando la carne debajo. Goldstein gritó desgarradoramente, y Albus aprovechó para repetir su pregunta.
—¡¿Quién?!
—¡SERVILIA CROUCH! —confesó Goldstein finalmente, y Albus apagó las llamas con un Aguamenti, aplicándole a las quemaduras varios hechizos curativos que las hicieron desaparecer y materializando unos nuevos zapatos para el Auror.
—¿Necesito mostrarte más pruebas, John? —preguntó Albus.
—No —replicó Dawlish, mirando con repulsión al Auror, a quien hasta ese día había considerado uno de los suyos. Crouch debía haber sido especialmente discreta con Goldstein, para asegurarse de que nunca despertara sus sospechas.
—Eres un hombre difícil de encontrar, pero conseguimos localizarte gracias a Goldstein —explicó Albus—. Lo encontramos merodeando por Hastings. Había estado siguiéndote por varias semanas y ya conocía tu rutina. Nunca duermes dos noches seguidas bajo el mismo techo, ¿verdad? Cuando no estás en Hastings estás en Richmond, cuando no estás en York estás en Exeter. Es muy prudente de tu parte. Dime, ¿cómo conseguiste esas casas?
—Hice que los muggles me regalaran las escrituras usando el Confundus.
—Bien, en cualquier caso, Goldstein ya no es necesario, así que voy a…
—¿Matarlo?
—No, para nada. Él tiene que reportar con Crouch cada veinticuatro horas. Si lo matamos, ella sospechará que lo has descubierto y no tardará en asesinarte. Pero no te preocupes, tú solo tienes que darle la noche libre junto con el resto de los Aurores de la lista que te daremos en un rato.
—¿Cuándo se hará? —preguntó Dawlish.
—Eso aún no te lo podemos decir. Pero sí te diré esto: el día en que unos niños arrojen huevos a la puerta de tu casa será el día en que tendrás que llevar a cabo tu parte del plan. Pero simula estar furioso, en caso de que Goldstein te esté observando.
—Lo haré.
—Perfecto. Valerie, ¿podrías borrarle la memoria a Goldstein y llevarlo de vuelta a Hastings? Haz que despierte en la playa rodeado de botellas de whisky de fuego vacías o algo así. Cuando vuelvas, tendrás que ser testigo de los Juramentos Inquebrantables que vamos a prestarnos el uno al otro.
Escrito en La guerra de las perlas | 85 Comentarios »
[NOTA 1: Puse este video por dos motivos. Primero, que la canción aparece en la, para muchos, frustrante última escena del último episodio de Los Soprano, Made in America. Segundo, porque ahora comencé a ver Glee.
NOTA 2: Le dedico este capítulo a Billy, que cumple años hoy.]
Siendo ya más de las diez de la noche, todos los empleados administrativos de la oficina de Aurores —entre ellos, la secretaria del Jefe— se habían ido a sus casas. Solo permanecían allí aquellos Aurores que estaban de guardia, listos para cualquier emergencia que pudiera producirse durante las siguientes ocho horas. Generalmente podía vérselos sentados en los escritorios previamente ocupados por los empleados de la oficina, bebiendo jugo de calabaza y jugando snap explosivo para entretenerse, aunque siempre había un par que prefería el ajedrez. A primera vista nadie hubiera dicho que esos eran los guerreros que mantenían el orden en el mundo mágico, pero cuando los alertaban de algún suceso del que debían ir a ocuparse, dejaban al instante de ser un montón de hombres y mujeres ociosos y adoptaban una actitud profesional y decidida.
De hecho, en esos tiempos peligrosos podía percibirse en ellos una tensión especial, ausente en los meses previos a que Albus Potter declarase su guerra contra el Ministerio. Tensión que se había acentuado cuando, días atrás, se habían enterado de que todos los Aurores cuyas familias habían sido víctimas de Potter eran en realidad traidores al Ministerio que habían orquestado el supuesto secuestro de sus cónyuges, hijos y padres para que nadie osara cuestionar su lealtad. Ya de por sí el secreto a voces de que la ministra Crouch había estado sobornando clandestinamente a varios Aurores para que estuvieran dispuestos a “respaldarla frente a cualquier amenaza” (amenaza que todos sabían que tenía nombre y apellido: John Dawlish) hacía que se sintieran nerviosos en compañía de otros Aurores. La noticia de que Potter también había reclutado a miembros de la División era suficiente para volverlos a todos paranoicos. Su trabajo los obligaba a convivir varias horas al día, pero no podían evitar preguntarse si ese colega con el que jugaban o intercambiaban chismes sería un seguidor de Crouch, o de Potter, o de Dawlish.
Cuando Isaac Prewett entró a la habitación, todas las cabezas se volvieron hacia él. El joven presidente del Parlamento permaneció unos instantes con la puerta abierta, sonriéndole a los Aurores. Solo unos pocos le devolvieron la sonrisa.
—Señor Prewett —dijo cortésmente una joven Auror, que pese a no ser mucho menor que Isaac, no se atrevía a tutear a un funcionario de tan alto rango—. ¿Qué se le ofrece?
—Quisiera ver al señor Dawlish —dijo Isaac.
—Está en su despacho —dijo la muchacha, y levantó el índice para señalarle la dirección, pues Isaac casi nunca iba a ese lugar—. Cruce esa puerta, siga derecho por el pasillo hasta el fondo y luego gire a la derecha.
—Muchas gracias —dijo Isaac. Siguió las indicaciones de la Auror y se encontró frente a otra puerta con una plaquita dorada que rezaba: “John H. Dawlish, jefe de la División de Aurores”. Había un letrero escrito a mano que decía: “Pase sin llamar”. Isaac entró y se encontró en la antesala del despacho, donde estaba el escritorio, ahora desocupado, de la secretaria de Dawlish. Sin amilanarse, golpeó la puerta del despacho propiamente dicho.
—¿Quién es? —preguntó la voz del Jefe desde el interior.
—Isaac Prewett, señor Dawlish.
—Un momento.
Isaac pudo escuchar un leve zumbido, y supuso que el mago estaría desactivando una serie de hechizos protectores que evitarían que alguien irrumpiese en su oficina por la fuerza.
Sin embargo, cuando abrió la puerta e ingresó a la estancia, Isaac advirtió una levísima cortina de agua que debía atravesar. El joven mago lo hizo, y la incómoda sensación que le produjo el estar empapado duró apenas los segundos que le tomó pasar debajo del agua; al momento de salir, se halló completamente seco.
—Una versión propia de la Caída del Ladrón que usan en Gringotts —dijo Dawlish muy orgullosamente desde su sillón—. La complementé con un hechizo que hace que la persona se seque enseguida. Sería problemático que todos los que entran a mi oficina a diario tuvieran que mojarse cada vez que pasan.
Aparentemente la sorpresa que le produjo la presencia de aquella mini-Caída del Ladrón en la oficina de Dawlish hizo que Isaac olvidase cerrar la puerta al entrar. Fue el jefe de los Aurores quien hizo que se cerrase con un movimiento de su varita.
—Muy ingenioso —dijo Isaac, simulando no darse cuenta del gesto de desdén que había cruzado el rostro de Dawlish ante su descuido—. Debería aconsejarle a la ministra que haga lo mismo en su despacho.
—Ella tiene una protección aún más eficaz, la de mis Aurores —dijo Dawlish muy fríamente— ¿Qué te trae por aquí, muchacho?
Isaac se sentó en una de las sillas, pese a que Dawlish no se lo había ofrecido.
—He venido aquí a conversar acerca del futuro, John.
—¿El futuro?
El presidente del Parlamento asintió lentamente con la cabeza.
—Bien, el futuro les pertenece a ustedes los jóvenes —dijo Dawlish con un poco de sorna—. No veo qué puede decirte un viejo como yo.
—Usted no es tan viejo, John. La señora Crouch tenía aproximadamente su misma edad cuando la eligieron ministra.
—Sí, pero la señora Crouch había acumulado toda clase de… méritos a lo largo de su carrera que le permitieron convertirse en ministra… para bien del país, por supuesto.
“La detesta”, pensó Isaac mientras asentía solemnemente.
—Aún así, su propia carrera tiene tantos méritos como la de la ministra… Quizá más meritos.
La temperatura de la habitación pareció bajar varios grados. Dawlish dejó de recostarse sobre su sillón y se inclinó hacia delante, taladrándolo con la mirada.
—¿A dónde va todo esto, Prewett? ¿Esperas hacerme decir algo que pueda ser considerado traición ante los tribunales?
—De ningún modo, John. Solo estoy señalando el hecho de que mientras usted estaba aquí en la División entrenando a toda una nueva generación de Aurores, la señora Crouch estaba en Hogwarts enseñándole a un montón de niños y adolescentes a hacer el Expelliarmus. Y que mientras usted estaba combatiendo contra magos oscuros y otros delincuentes de nuestro mundo, la señora Crouch estaba combatiendo contra Peeves… Por no mencionar el hecho de que en sus últimos siete años como directora, tuvo a Albus Severus Potter como alumno de su colegio, y no pudo, no supo o no quiso evitar que siguiera en su senda de crímenes y destrucción. ¿Opina usted que lo que yo acabo de decirle puede ser considerado traición ante los tribunales?
Dawlish contempló a Isaac durante largo rato antes de replicar.
—Vaya, Prewett, creí sinceramente que eras un hombre de Crouch en cuerpo y alma.
“No te imaginas hasta qué punto”, pensó Isaac, reprimiendo una triste sonrisa.
—Ella me ha favorecido. Pero no soy tan ciego como para no comprender que cuando Potter haya sido vencido, algo que no puede tardar demasiado, muchos esperarán que ella se retire del poder, y propondrán a un candidato alternativo. ¿Y quién mejor que usted para eso?
—La propia Crouch —dijo Dawlish—. Ella querrá ser reelecta por el resto de su vida.
—Estoy seguro de que eso puede arreglarse —dijo Isaac.
—¿A qué te refieres?
—Yo conozco el Parlamento, señor Dawlish. Uno está demasiado acostumbrado a ver a los legisladores como un rebaño obediente, pero hay unos cuantos lobos metidos en él. Personas que no quieren otro Kingsley Shacklebolt. Personas que estarían dispuestas a aprobar una ley que limite la reelección ministerial. Solo necesitan alguien que las lidere.
—¿Y cuántos son?
—Contándome a mí, unos treinta.
—La mitad del cuerpo.
—Conmigo, la mayoría absoluta del cuerpo.
Dawlish le dirigió una mirada incrédula.
—El presidente del Parlamento tiene dos votos. Uno, como legislador. El otro, como presidente, pero solo lo ejerce en caso de empate. Lo único que hay que hacer es que voten, empaten, y que yo desempate a favor de la ley. Y si usted quiere que la mayoría sea más holgada, puede sobornar a cinco o diez legisladores del otro bando para que se enfermen el día de la sesión. Así, serán treinta votos contra veinte o veinticinco: una mayoría indiscutible.
—¿Y qué nos garantiza que Crouch no haga lo mismo con los nu… que voten a favor de esta propuesta?
—Que no sabrá nada acerca del proyecto hasta que esté aprobado. Al fin y al cabo, nadie le presta atención al Parlamento, y ella no es la excepción. Solo se fija en él cuando necesita conseguir alguna ley o fondos.
Apoyando la barbilla sobre sus nudillos, Dawlish pareció contemplar la propuesta de Isaac con gran respeto.
—¿Qué me dice, John? —preguntó Isaac.
—Digo que tenemos un… —comenzó a responder el jefe, pero de pronto alguien irrumpió a la oficina. Era la misma Auror que le había indicado a Isaac el camino al despacho de Dawlish.
—¡La ministra ha sido atacada! —exclamó, asomando su cabeza a través de la cortina de agua perenne.
El jefe de los Aurores se paró enseguida y, olvidándose por completo de Isaac, corrió hacia la puerta. Isaac también se levantó, pero extendió el brazo firmemente hacia su derecha, en un gesto que habría extrañado a Dawlish y a la Auror si no hubieran estado ya alejándose a toda velocidad por el pasillo.
—Ni lo pienses, Valerie —dijo el joven mago.
Valerie Rosier se quitó la Capa de Invisibilidad con la que se había estado escondiendo durante toda la conversación con Dawlish y chilló:
—¿Cómo te atreviste a impedírmelo?
—¡Albus no te dio la orden de matarlo todavía! —protestó Isaac, mientras cerraba la puerta de la oficina de Dawlish, para que no los escucharan.
—¡No importa! ¡Tiene que morir, Isaac! ¡Lo tuvimos a menos de dos metros de distancia, podríamos haberlo liquidado en un abrir y cerrar de ojos! ¡Pero tú solo te pusiste a hablar de política y otras tonterías con ese hombre vil!
—¡La idea era mantenerlo entretenido con mi charla hasta que recibiéramos la orden de Albus a través de tu moneda! ¡Si él no te la mandó, entonces algo debe haber salido mal! Y conociéndolo como lo conozco, estoy seguro de que no querría que actuásemos sin que él nos diera luz verde.
—¡Tú no sabes lo que ha pasado en la ópera! ¡Esa Auror solo dijo que la habían atacado! ¡Puede estar ya muerta!
—Entonces Al nos habría contactado enseguida para decirnos que matáramos a Dawlish e hiciéramos que los demás mataran a sus objetivos —replicó Isaac tranquilamente—. Si queremos ganar esta guerra, tenemos que hacer lo que él nos pide, y solo lo que él nos pide.
—Si él ha fracasado —dijo Valerie, empalideciendo un poco—, significa que ha…
—No —la interrumpió Isaac—. Eso jamás. Una cosa es que no haya podido matar a Crouch, y otra que ella lo haya matado a él. Lo primero es posible, lo segundo es una quimera. Al está destinado a vivir mucho tiempo, me lo dicen mis huesos.
—Sácame de aquí —dijo Valerie sombríamente, mientras se volvía a poner la Capa encima.
***
Reprimiendo su impulso inicial de acercarse a la niña muerta, Albus corrió en persecución de Servilia, que se reía como una desquiciada mientras se lanzaba a través del pasillo. El hijo de Harry empezó a lanzarle una Maldición Asesina tras otra, pero pronto debió detenerse pues había muchos muggles alrededor. Y de repente llegaron a la gran escalinata de mármol que conducía al vestíbulo y estaba llena de Aurores, cuyas varitas estaban levantadas y fueron apuntadas hacia él apenas lo vieron. Varios hechizos de toda índole volaron hacia Al, que no hizo ningún gesto para defenderse. Los hechizos impactaron en un muro invisible y fueron absorbidos por él. Crouch, viendo que ella misma estaba detrás de ese muro y que por lo tanto sus Aurores no podían protegerla, se apresuró a cruzarlo y bajar la escalinata hasta hallarse detrás de ellos. Los muggles, entretanto, se apiñaban en los rincones, lejos de todo aquel que tuviera varita; aún se oían algunos gritos de pavor en la multitud.
Calmada al estar rodeada de magos y brujas amigos, Crouch decidió dirigirse nuevamente a Albus.
—¡Potter, te daré una última oportunidad! —declamó—. ¡Ríndete y entrégate ahora y tendrás un juicio justo ante el Wizengamot! ¡No derrames más sangre inocente!
Albus simplemente siguió parado detrás de la barrera mágica que había puesto para evitar la entrada de los Aurores a la sala, observando a sus enemigos con desdén.
—Lo dije antes y lo diré otra vez —dijo el muchacho, sin importarle si lo oían o no—. Todos estarán a mis pies.
—¡No puedes escapar, Potter! ¡Si desactivas el hechizo anti-Aparición, nos darás la oportunidad de atravesar tu barrera y apresarte! ¡Estás atrapado! ¡Y tarde o temprano romperemos la barrera! ¡Sal de ahí ahora y vivirás! —dijo Crouch.
—¿Por qué no? —dijo Al, de nuevo sin importarle si era o no escuchado. Levantó su varita y gritó:— ¡FRAGORIS!
De la punta de la varita de Albus comenzaron a salir ondas circulares de luz rojiza, y de inmediato todo el edificio se llenó de un sonido horrible, un pitido indescriptiblemente intenso que hizo que todos, magos, brujas y muggles, se cubrieran los oídos en un vano intento de protegerse del ruido. Hubo varios, entre ellos la propia ministra Crouch, que no pudieron mantenerse en pie y cayeron al suelo, dando gritos de dolor que, en medio de los efectos del hechizo, eran inaudibles. Albus —el único que no era afectado, pues no podía escuchar el ruido— vio a un muggle arrancar unas cortinas y usarlas para envolverse la cabeza y aislarla del sonido.
Sonriendo, Albus avanzó hacia Servilia Crouch lentamente, y aún en medio del infernal Fragoris, ella pudo comprender sus intenciones y se Desapareció en el momento. Muchos otros Aurores la imitaron, no para conservar sus vidas sino sus audiciones. Uno a uno, todos los Aurores escaparon del edificio de la Royal Opera House.
Cuando el último de ellos se hubo marchado, Albus se Desapareció en dirección a su penthouse. Por algún motivo, su fracaso en asesinar a Crouch no lo atormentaba tanto. Haberla matado tan rápido, si bien habría sido eficaz para sus planes, lo habría privado del placer de todas las torturas que tenía pensadas para ella.
Y, después de enviar un mensaje a todas sus células a través de sus monedas, consistente en una única palabra (“Aborten”), mientras esperaba sentado en la oscuridad a que Valerie e Isaac volvieran del Ministerio, su mente comenzó a concebir otro plan. Un plan mucho más complejo, pero también más estimulante que el que acababa de fallar aquella noche.
“Tengo que ver a mi padre”, pensó.
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Saludos a todos y todas.
Vagando por la red me puse a ver picks de actrices que podrían interpretar el personaje de Europa Malfoy, encontré dos:
La primera es la actriz Georgie Henley que interpretó a Lucy Pensive en Chronicles of Narnia (Las Crónicas de Narnia), a mi parecer es una “pequeña-gran” actriz que tiene mucho potencial.
La segunda es Sammi Hanratty la cual ya lleva una gran trayectoria como actriz, la última película en la que está por salir es la de A Christmas Carol (Cuento de Navidad) al lado del actor y director Jim Carrey.
El problema que no me pude decir por cuál quedaría mejor para dicho papel. Uds. que dicen? me ayudan a escoger?
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[NOTA 1: Lamento mucho la tardanza en este capítulo. Estoy acosado por los exámenes. La semana que viene tengo uno el lunes, dos el martes y un cuarto el viernes; además, se supone que tengo que entregar, en ese mismo martes, un trabajo de investigación. Por no mencionar que el jueves terminé mis prácticas y me despedí de mis alumnos… no sin antes tomarles un examen y llevarme las 28 pruebas a mi casa para corregirlas.]
Servilia había elegido un vestido dorado y con un amplio escote para ir a la ópera. Aparte del aspecto musical, a la ministra le agradaban esas ocasiones porque le permitían usar prendas menos austeras que las que solía ponerse para sus actos oficiales. Y si bien tanto en sus salidas a la ópera como en sus apariciones públicas en el Ministerio acostumbraba a llevar su lujosísimo collar de perlas, solo se sentía plenamente a gusto con él cuando iba a la ópera, ya que desentonaba menos con el resto de su atuendo.
El palco que Servilia ocupaba en la Royal Opera House le brindaba una perspectiva envidiable del escenario, y la bruja se divertía con las miradas especulativas que le dirigían los muggles de clase alta, preguntándose quién era esa mujer que podía conseguir un lugar tan preferencial para ella sola. Esa buena posición, sumada al hecho de que conservaba su vista intacta a pesar de los años, le permitía prescindir de los prismáticos para ver la obra.
Tras la habitual, y comprensible, demora (al fin y al cabo, todos esos nobles y empresarios muggles necesitaban tiempo para saludar con cordialidad a sus amigos, y aún más tiempo para saludar a sus enemigos, antes de ocupar sus asientos), comenzó la obra.
Crouch había escuchado varias versiones de Madame Butterfly en su larga vida, y a poco de arrancar se formó su opinión sobre la que estaba desarrollándose frente a sus ojos: mediocre, pero no peor que otras que había debido padecer. Las voces del tenor que interpretaba a Pinkerton y del barítono que interpretaba a Sharpless eran detestables, pero había que admitir que la de la soprano que interpretaba a Butterfly era mucho mejor.
Aún no había terminado el primer acto, y Crouch estaba ya disfrutando de Viene la sera, cuando percibió por el rabillo de su ojo un resplandor verde. Sus avezados instintos le indicaron que se arrojase al piso, y así consiguió evitar que el Avada Kedavra que le habían disparado la alcanzase. Sin preocuparse por averiguar de dónde había venido ni de cuál era la reacción los muggles al respecto, la bruja se arrastró a toda velocidad hasta la puerta del palco, intentando ponerse fuera del alcance de futuras maldiciones.
La bruja estiró la mano hacia el picaporte trató de abrir la puerta, comprobando que había sido cerrada por fuera. Se arrastró lo más rápido que pudo, parapetándose detrás de su asiento, y sacó su varita. Las voces de los muggles comenzaban a ahogar a la de la soprano; claramente habían visto el rayo verde y algunos podían ver la marca oscura que había dejado en la columna en la que impactó.
Decidida a plantar batalla, la bruja decidió salir de su improvisada trinchera, apuntando su varita hacia delante y buscando, con los cinco sentidos alerta, a su agresor. Al principio solo vio las caras pasmadas de los muggles sentados debajo y delante de ella. Algunos seguían viendo la ópera, ignorantes de lo que estaba ocurriendo, y los cantantes continuaban representando sus roles. Pero luego vio el rostro de un muchacho de poco más de veinte años, cabello negro y ojos verdes, que le sonreía desafiantemente.
Y volaba.
Albus Potter había estado ocupando uno de los palcos superiores, y era desde allí que había disparado su Avada Kedavra. Al ver que su maldición no la había alcanzado, había emprendido vuelo hacia el palco de la ministra, buscando un mejor ángulo.
—Hola, Servilia —dijo el chico, aunque la voz de la soprano casi ahogó sus palabras. Solo cuando la artista alzó la vista y vio al joven flotando por encima del auditorio y aproximándose a uno de los palcos de la izquierda, las cosas se salieron de control.
Presenciar un fenómeno paranormal causa diferentes efectos en las personas. Algunas se quedan paralizadas. La reacción instintiva de otras es huir, mientras que algunas se quedan observando todo con fascinación. Pero muchas otras experimentan un terror pánico al ver algo genuinamente sobrenatural.
La soprano era una de esas personas, y el hecho de que además estaba nerviosa de estar presentándose por primera vez ante una de las óperas más importantes del mundo contribuyó a que cuando viese a Albus volando, diese el grito más potente de su vida (y el más potente que casi todos los presentes escucharían a lo largo de las suyas). El alarido que salió de su garganta, tan disímil a la suave voz que había estado entonando el bellísimo Viene la sera segundos antes, hizo que muchas personas normalmente aplomadas se aterrasen repentinamente.
Los muggles elevaron sus ojos al techo, y cuando vieron a Albus volando, comenzaron a reaccionar dentro de ese rango de actitudes mencionadas previamente. Hubo quienes se quedaron en sus asientos con una expresión de interés casi ávido, como si Al y Servilia fuesen parte del espectáculo, mientras que otros hicieron lo mismo por miedo. Decenas de personas se levantaron de sus asientos y huyeron corriendo de la sala, y muchas otras comenzaron a gritar, aunque sin llegar al nivel de la soprano, que se había desmayado en el escenario y estaba siendo llevada en brazos por el barítono (el tenor y los extras habían puesto pies en polvorosa apenas contemplaron al mago). Los miembros de la orquesta aprovechaban su relativo aislamiento para irse discretamente.
A Servilia no le importaban los muggles. Concentraba toda su atención en Albus Potter, su enemigo, a quien no veía desde hacía años.
—Cometiste una idiotez al venir aquí, Potter —dijo la ministra—. Medio Ministerio estará en camino en estos momentos.
—No llegarán a tiempo. He cerrado la ópera. Nadie puede entrar o salir del edificio. Y los muggles tampoco podrán pedir auxilio por teléfono a sus autoridades. Sonorus —añadió, apuntando a su garganta con la varita—. Salgan de la sala ahora —dijo, dirigiéndose a los muggles—. Si no lo hacen, pueden terminar lastimados.
—¡Qué noble de tu parte! —dijo Servilia, mientras veía que varios espectadores obedecían a Albus.
—Yo no mato inocentes, Servilia —dijo Albus, tras restaurar su volumen de voz normal—. Eso es lo que nos diferencia.
—Realmente creí que Black te habría matado —comentó Servilia—. Supongo que no es agradable que un amigo te traicione, ¿verdad, Potter? Siempre supe que esa información que hice que la idiota de Bricassart me diera me serviría algún día…
—Basta de charla —dijo Albus, apuntando su varita hacia el palco—. ¡Reducto!
El efecto del hechizo fue devastador, derrumbando por completo el viejo palco, pero Crouch ya había dado un ágil salto hacia el palco de su derecha. Los dos muggles que lo ocupaban se levantaron de sus sillas y salieron corriendo al pasillo, pero cuando Crouch quiso seguirlos las puertas se cerraron. Albus hizo un rápido movimiento de varita y las decenas de muggles que seguían en sus palcos fueron levantados de ellos y levitados hasta el piso, pese a sus sacudidas y gritos de protesta. Al verse liberados, huyeron hacia las puertas de la planta baja, que seguían abiertas. Pero todas las puertas de los palcos quedaron ahora cerradas a cal y canto.
—Muy hábil, muchachito —dijo Crouch que había observado todo con impotencia desde su nuevo palco—. Pero tú no eres el único que puede jugar.
De su varita salieron unos rayos amarillos, pero en vez de atacar a Albus, alcanzaron a unos diez ángeles dorados que estaban esculpidos en los palcos de enfrente. Los ángeles cobraron vida y salieron de la pared, volando hacia Albus y sacando sus arcos y flechas. Comprendiendo sus intenciones, Albus utilizó un Incendio para tratar de derretirlos, pero solo consiguió poner fuera de combate a dos. Los ángeles hacían unas maniobras evasivas dignas de un jugador de Quidditch profesional, pero su objetivo era muy diferente. Comenzaron a arrojarle flechas al cuello y al corazón, y Albus, viéndose rodeado, debió arrancar con su varita varias butacas vacías y usarlas como escudos.
Los ocho ángeles formaron un círculo alrededor del muchacho, que tuvo que empezar a girar continuamente para vigilarlos a todos. Una de las flechas se le clavó en el hombro, a solo unos centímetros de su corazón, y Al gritó de dolor.
Servilia se había sentado en una butaca y observaba la batalla aérea con una sonrisa, como si fuera una romana viendo a unos gladiadores pelear en la arena para su diversión.
—¡Vamos, Potter, puedes hacerlo mejor que eso! —gritó.
Acicateado, Albus voló hacia arriba, desorientando momentáneamente a los ángeles, que comenzaron a seguirlo como un enjambre. El chico comenzó a volar haciendo eses, privando a los ángeles de la oportunidad de detenerse a apuntarle. Luego se lanzó en línea recta hacia el escenario, obligando a los ángeles a volar detrás de él todos juntos. Y cuando supo que la inercia no les permitiría detenerse y retroceder, frenó en seco, se volvió hacia ellos y rugió:
—¡INCENDIO!
Todos los ángeles se vieron envueltos en las llamas y se derritieron en un abrir y cerrar de ojos. Contrariada, Servilia se puso de pie y comenzó a utilizar las butacas que Albus había empleado para protegerse de los flechazos y que luego había dejado caer al piso como proyectiles. Fue poco efectivo, pues a Albus le bastaron un par de Reductos para convertirlas en jirones de tela y astillas antes de que lo tocasen.
La bruja saltó al piso, y mientras estaba en el aire materializó una enorme y gruesa colchoneta que amortiguó su caída. Albus, muy a su pesar, tuvo que cerrar el resto de las puertas de la sala, impidiendo la salida de unos doce o quince muggles que se habían quedado.
Servilia caminó parsimoniosamente hacia Albus, aplaudiéndolo.
—Muy bien hecho, Al. Realmente creí que uno de mis angelitos te clavaría una flecha en la yugular o en la aorta y nos libraría de un montón de problemas. Pero no hay caso: parece que tendré que ocuparme personalmente de ti. ¡Avada Kedavra!
Albus se agachó, dejando que la maldición pasase por encima de su cabeza, y le contestó a su rival con otro Avada Kedavra, que Crouch hizo rebotar contra otro hechizo. La maldición de Albus, para su horror, terminó alcanzando a un muggle gordo y canoso que estaba en un rincón de la sala protegiendo a una mujer y una niña de unos diez o doce años. El hombre cayó pesadamente hacia delante, casi aplastando a las otras dos muggles, que se acurrucaron en su rincón, completamente shockeadas.
Dando un grito de cólera y frustración, Albus utilizó un Incendio contra Crouch, pero la ministra saltó hacia atrás, por lo que el fuego solamente quemó dos o tres asientos de la primera fila. El terciopelo y la vieja madera ardieron de inmediato, y Albus tuvo que usar un Aguamenti para evitar que se desatase un incendio.
Tras apagar las llamas, Albus le arrojó a Crouch una nueva Maldición Asesina, pero la bruja se defendió haciendo algo que el chico nunca hubiera esperado: hizo levitar el cadáver del muggle y lo colocó entre ella y el hechizo como un escudo humano. El cuerpo se sacudió en forma grotesca al ser golpeado. Al hizo una mueca de asco que a Crouch no le pasó desapercibida.
—¿Qué te pasa, Potter? —se burló, manteniendo el cadáver flotando en el aire— ¡Pensé que eras más duro! ¿Le tienes miedo a este muggle muerto?
—Quizá tú deberías ser la que le tenga miedo, querida —dijo Albus, cuyo rostro había adquirido una expresión cruel y resuelta ante la provocación de la ministra.
—¿De qué estás hablando? —dijo Crouch.
—¡Cha Mairbhe! —bramó, apuntándole al cadáver. De su varita surgió un rayo violáceo que, al tocar el cadáver, se dividió en varios hilos de luz que lo envolvieron como si fuesen tentáculos. Crouch, anonadada por la sorpresa, dejó caer el cadáver al suelo.
Y permaneció en el suelo durante alrededor de quince segundos. Luego, volvió a ponerse de pie y giró hacia Crouch.
—Inferius —musitó Crouch, que parecía sentir tanta repugnancia como Albus momentos antes. Pero antes de que pudiera decir algo más, la criatura arremetió contra ella con las manos tendidas hacia su cuello. Debido a la corta distancia que los separaba, la ministra no tuvo tiempo para defenderse y enseguida se halló siendo estrangulada por el cadáver del muggle convertido en Inferius por Albus. Siendo en vida un hombre corpulento y de enormes manos, logró enseguida poner azulado por la falta de oxígeno al rostro de Crouch. Albus, mientras tanto, observaba la escena con placer.
—Me gustaría ser yo quien estuviera haciéndote eso, Servilia, pero no vale la pena ensuciarme las manos contigo. Consuélate sabiendo que al menos morirás siendo ministra. La realeza es la mejor mortaja, ¿cierto?
Pero la bruja aún no estaba derrotada. Utilizando sus últimas fuerzas, apuntó su varita hacia el torso del muggle y, antes de que Albus pudiera detenerla, hizo un corte en el aire. De inmediato comenzó a manar sangre del estómago del Inferius.
Normalmente los Inferi eran inmunes a ese tipo de heridas, pues sus cadáveres solían perder todos sus fluidos con el tiempo. Pero dado que el Inferius había muerto tan recientemente, el corte de Crouch fue más devastador de lo normal; hasta tal punto fue dañino que hizo que sus intestinos se desparramaran a través de la herida. Obviamente el Inferius no podía parar de estrangularla para sostener sus tripas, pues era una mera marioneta de Albus, pero el golpe lo debilitó y aflojó la presión de sus manos contra el cuello de la mujer. Crouch logró zafarse y retrocedió varios pasos. El Inferius intentó atacarla de nuevo pero sus piernas no pudieron sostenerlo y cayó al piso; no obstante, continuó arrastrándose hacia Crouch con aterradora vehemencia. Utilizando un nuevo Sectumsempra Crouch le cortó ambas manos, y le reventó la cabeza con un Reducto.
Albus levantó su varita hacia ella, pero Crouch decidió no continuar con la pelea. Corrió hacia una de las paredes y utilizó un segundo Reducto para abrir un boquete. Escuchó como Albus comenzaba a pronunciar un Avada Kedavra, y entonces hizo levitar con su varita a la niña que estaba acompañando al muggle muerto. Se dio vuelta hacia Albus y puso a la niña frente a ella, como otro escudo humano, esta vez vivo.
—¡Detente, muchacho! —gritó. Mirándola con odio, Albus debió interrumpirse, aunque siguió apuntándole. Crouch rió cruelmente—. ¿Lo ves, Potter? ¡Esa es tu debilidad! ¡No puedes matar personas inocentes! ¡A veces aceptas ponerlas en peligro, pero nunca te atreverás a matarlas! ¡No tienes lo necesario para ganar esta guerra!
Y, aún manteniendo a la chica entre ella y Albus, fue retrocediendo hacia la salida que había creado. Cuando se halló fuera de la sala, en uno de los pasillos del teatro, hizo bajar a la niña lentamente, y Al creyó por un instante que la dejaría ir… hasta que sus ojos se cruzaron con los de Crouch, que tenían un brillo demente. La ministra le propinó una brutal patada en la espalda a la pequeña, arrojándola de nuevo a la sala, y antes de que la muggle pudiera siquiera levantar la cabeza, le lanzó un Avada Kedavra. Instintivamente Albus corrió hacia la chica, pero la maldición la alcanzó en la espalda cuando él apenas había dado tres pasos.
Crouch, sin preocuparse más por Albus o por la niñita, se lanzó por el pasillo en dirección al vestíbulo principal de la Royal Opera House, sabiendo que se encontraría con un equipo de Aurores listos para rescatarla del bárbaro criminal Albus Severus Potter. Criminal que, esa noche, se había cobrado las vidas de dos muggles inocentes.
[NOTA 2: Espero que les guste el hechizo que inventé para crear Inferis. En gaélico significa “No muerto”. Pienso que esa lengua debe estar muy vinculada a la de los antiguos druidas, así que es válido que algunos hechizos de magia antigua y oscura sean pronunciados en ella.]
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Siendo el mayor fanático de Lily Luna, era hora de que publicará un post aquí en El Hacedor de Reyes con fotografías de la actriz que para mí representa mejor a la “malvada” Lily (para mí siempre será malvada). Se trata de Miley Cyrus quien a pesar de tener ciertos rasgos físicos distintos al del personaje (como el color del cabello) siento que caracteriza la personalidad y el estilo de mi Lily Luna soñada. Fotografías a continuación:
¿Les parece buena mi elección? Sólo habría que cambiarle el color del cabello y ya tendríamos a Lily Luna.
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Estas son una fotos que le envié a Martín, como quien se distrae un rato. Son unas imágenes que vengo coleccionando desde hace un tiempo de distintas caras que podrían interpretar a los personajes de El Hacedor de Reyes.
En primer lugar, Danielle Panabaker; es como mi Alcyone ideal. Tiene esa actitud y esa sonrisa optimista con la que siempre me imagino a Alcyone. Siempre intentando darle ánimos a Livius. Además, por una casualidad (porque no lo recordaba, me lo hizo notar Martín) es la misma actriz que hace un tiempo había escogido él para interpretar a Alcy, lo cual concluye en que ella es perfecta para ese papel.
En segundo lugar, Olivia Wilde. Sé que en realidad ella es morocha al natural, pero en estas fotos que encontré de ella en las que está rubia, es Jezebel al 100%. Tiene esa actitud de chica misteriosa y aguerrida, de vida sufrida, a la que no le importan los límites de los demás, pues ella tiene sus propios límites.
Luego viene Kristen Dunst, quien si bien también su color natural es el rubio (creo) aquí se ve como la Lily Luna que yo me imagino, con cara de niña ingenua… que esconde algo.
En cuanto a Megan Fox… ¿qué decir? Esa es la actitud Valerie que tanto buscaba. Lo único es que Val tiene los ojos negros y no claros, pero bueno, la escogí por su actitud mas que nada.
A Rachel Hurd-Wood me la imagino como una Rose mas madura, que ha pasado por una transición que la ha vuelto mas seria, pero que conserva su deseo de locura que la llevo a volver con Scorpius.
Y como frutilla del postre… La encontré como quien dice de casualidad. Europa Malfoy. Si bien Kipi, no es una persona real (es un seudónimo), ni sus características físicas son como se las ve en estas fotos, ya que son fotografías dedicadas al Cosplay, en estas dos imágenes con esa mirada medio angelical de “nena de papa”, es tal cual me la imagino; con la piel blanca y delicada y ojos soñadores.
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A Scorpius Malfoy no le gustaban las noches de lluvia. No era porque aquel fenómeno meteorológico tuviese algún efecto sobre él, sino porque sus hijos se ponían muy inquietos. Era como si el sonido de las gotas cayendo los incitara a salir de sus camas y jugar snap explosivo, o volar con sus escobas de juguete. O, en el caso de su única hija (que no sería la única por mucho tiempo, Rose y él esperaban), leer.
El problema de Europa Malfoy era que la lectura no solo la mantenía despierta, sino que le permitía postergar el momento de irse a la cama; cada vez que cualquiera de sus progenitores venía a recordarle que ya era hora de acostarse, la niña lo acribillaba a preguntas sobre lo que acababa de leer. Y Rose, siendo tan parecida en carácter a su hija, no podía evitar darle largas y detalladas respuestas que a veces duraban más de veinte minutos. De modo que la tarea de acostar a Europa quedaba en manos de Scorpius, menos vulnerable que su esposa a la tentación de dar explicaciones a la niña.
Así que, mientras Rose se dirigía a los dormitorios de sus hijos a obligarlos a dejar de jugar y volver a sus camas, Scorpius fue a la biblioteca, donde sabía que encontraría a su hija.
La pequeña de seis años estaba sentada en el sofá, escondida detrás de un libro enorme. Scorpius, no obstante, pudo ver que Europa tenía puesto el camisón, de modo que se ahorraría la tarea de hacerla desvestirse antes de ir a la cama.
—Europa —dijo Scor suavemente, y la niña bajó el libro. Había heredado los ojos grises y las facciones afiladas de su padre, y el pelo rojo de su madre.
—¿Qué pasa, papá?
—Debes ir a la cama. Ya son casi las once.
—¿No puedo seguir un poco más?
—Cuando seas mayor podrás quedarte despierta hasta la hora que quieras, y leyendo lo que quieras, pero por ahora…
—Bueno, papá. Igual, ya casi he terminado este libro.
—¿Qué es? —preguntó Scorpius. En los últimos años su vista se había deteriorado un poco— Accio anteojos —dijo, apuntando su varita hacia el dormitorio que había sido de sus padres y ahora compartía con Rose. Cuando las gafas vinieron volando a su mano, se las puso y leyó las letras plateadas de la tapa: Nueva Historia de la Magia—. Vaya, no sabía que te interesaran estas cosas.
—Normalmente no, pero el otro día escuché a la prima Dominique mencionar al Hacedor de Reyes…
El rostro de Scorpius se ensombreció.
—No quiero que leas estas cosas, hija —dijo el mago, que solo se dirigía así a ella cuando quería hacerle una advertencia o (mucho menos frecuentemente) reprenderla por algo.
—¿Por qué no? —preguntó Europa.
—Porque… porque ya estudiarás ese tema en Hogwarts —dijo Scor, y se arrepintió de inmediato de haber usado un argumento tan torpe.
—¿Mamá y tú no nos dicen todo el tiempo que tenemos que leer e informarnos sobre las cosas que nos enseñarán en Hogwarts antes de ir al colegio? —preguntó la niña.
—Es cierto, pero esto es muy siniestro para que lo lea una niña de seis años —dijo Scorpius, abriendo la página que estaba marcada. Advirtió, para su pesar, que a su hija solo le faltaban uno o dos párrafos para terminar el capítulo dedicado al Hacedor de Reyes, lo cual significaba que ya debía conocer casi toda la historia. O al menos la versión oficial.
—No tengo miedo. Sé que el Hacedor de Reyes está muerto.
—Aún así, las cosas que hizo… Lo que pasó en la guerra es terrible. No quiero que tengas pesadillas.
—Yo nunca sueño. O al menos no recuerdo qué sueño —dijo Europa serenamente.
—Tienes suerte —dijo Scorpius, tomándola de la mano—. Ven, vamos a la cama.
Europa no se resistió, y muy pronto padre e hija estuvieron avanzando por los oscuros corredores de la Mansión Malfoy, observados por los retratos de sus antepasados. Finalmente llegaron al cuarto de Europa, donde Scorpius hizo que la pequeña se metiera bajo las sábanas de la enorme cama con postes y la besó en la frente. Cuando había apagado las luces y estaba por salir del cuarto, escuchó la voz de su hija.
—Papá, ¿tú conociste al Hacedor de Reyes?
Scorpius vaciló antes de contestar.
—Sí.
—¿Cómo era?
Una pregunta aún más difícil.
—Tenía… ¿conoces la palabra “carisma”?
—Sí —respondió Europa con rapidez—. Significa poder hacer que los demás hagan lo que uno quiere, pero sin obligarlos. Solo… siendo agradable. ¿Verdad?
—Sí, es una definición bastante cercana. El Hacedor tenía mucho carisma. Pero también era capaz de dar mucho miedo. Aún cuando trataba de ser simpático. Algunas personas nunca veían ese lado suyo, pero otras sí.
—¿Está… está muerto de verdad? —preguntó la niña, que parecía ahora más nerviosa que en la biblioteca.
—Oh, sí. Yo lo vi con mis propios ojos —dijo Scorpius, rogando que Europa estuviese lo bastante aliviada como para no preguntarle cómo había podido presenciar eso.
—¿Cómo fue?
—Solo te diré que no fue agradable —dijo Scorpius, mordiéndose el labio inferior al recordarlo—. Sufrió mucho.
—¿Lo odias?
—No —replicó Scor, en un tono de voz que indicaba que no quería hablar más del tema—. Suficiente charla, hija. Es hora de dormir.
***
Rose ya había acabado con los niños y estaba sentada frente al espejo, cepillándose el pelo. La prominente barriga de su nuevo embarazo le impedía sentarse tan cerca del espejo como quería, pero ya se había acostumbrado. Además, le faltaban menos de dos meses para dar a luz, por lo que sabía que no debería soportarlo por mucho tiempo.
Cuando su marido entró a la habitación, le dedicó una sonrisa insinuante (ella no era de las mujeres que se resistían al sexo durante los embarazos, y de hecho se excitaba con más facilidad cuando estaba con un hijo en su vientre), pero al ver la tristeza en sus ojos, dicha sonrisa se desvaneció.
—¿Qué ocurre?
—Europa estuvo leyendo sobre la última guerra. Por cierto, recuérdame que haga que los elfos pongan Nueva Historia de la Magia en el estante más alto de la biblioteca —dijo Scorpius, desabotonándose la camisa.
—Bueno, ambos sabíamos que este día tenía que llegar.
—Me preguntó por… ya sabes, por él.
—Por Merlín… ¿Qué le dijiste? —dijo Rose, dándose vuelta para ver a su marido directamente y no a su reflejo.
—Nada que le permita deducir que estamos emparentados con él, no te preocupes —la tranquilizó Scor, mientras se quitaba el pantalón.
—Espero que no se asuste o enfade cuando se entere…
—No te preocupes, amor. Ella es una chica inteligente, como tú. Sabrá lidiar con ello. Además, hay mucha más gente que está relacionada con él. Incluso con un parentesco más cercano que el de nuestros hijos.
—Lo sé, lo sé. Incluso mi madre… pero bueno, aún así será un golpe duro saber que lleva en sus venas la misma sangre que la de un mago oscuro. Si a mí cuando tenía su edad me hubieran dicho que era prima de Lord Voldemort, me habría vuelto loca.
—Rosie, yo crecí con la etiqueta de “El hijo del Mortífago” pegada en la frente —dijo Scor, acariciándole el hombro—. Y en mi caso, estaba justificado, pues mi padre y mi abuelo fueron Mortífagos. Tuve que ingeniármelas para que no me afectara. Tú, en cambio, estuviste siempre en el bando correcto. Si Europa fuese hija de cualquier otra mujer, las cosas serían más difíciles para ella, teniéndome a mí como padre…
—Pero, ¿qué dices? Scor, nadie puede acusarte de haber estado con él…
—Al final, no. Pero todos murmuran que me salvé porque lo abandoné a tiempo. Casarme contigo me ayudó un poco, y el hecho de ser hijos tuyos, y nietos de tu madre, permitirá a nuestros hijos salir airosos de cualquier cuestionamiento. Ese es mi punto: yo tuve un legado familiar mucho más desventajoso que el de Europa y sus hermanos, y conseguí seguir adelante. Todas las cosas malas que me ocurrieron después de mi adolescencia fueron por culpa exclusivamente mía, no por mi padre o mi abuelo.
Rose se puso de pie y le deslizó una mano por el cabello, que desde hacía unos años había dejado de usar tan largo como el de su abuelo Lucius. Tomó su mano derecha e hizo que la colocara debajo del camisón, en su entrepierna. Scorpius, ni lerdo ni perezoso, comenzó a introducirle primero uno y luego dos de sus dedos en la vagina.
—Basta de pensar en eso —sentenció Rose Malfoy, mientras dirigía su otra mano hacia el bulto que formaba el pene de Scorpius debajo de la tela de su boxer—. Vamos a la cama.
[NOTA 1: Este capítulo está por debajo del piso de 2.000 palabras que me había autoimpuesto desde que decidí publicar uno por semana, pero considerando que es un flashforward y que conseguí tenerlo listo el domingo a las 0:00, como me lo había propuesto, creo que merezco ser disculpado.
NOTA 2: No le puse "Europa" a la hija de Rose y Scorpius por sadismo, sino por seguir la tradición de la familia Black, introducida entre los Malfoy por Narcisa, de bautizar a sus miembros con nombres de estrellas, lunas y constelaciones. En este caso, Europa es una de las lunas de Júpiter.]
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Aquí subiendo unas picks para que vean como me imagino a otro personaje del FF HdR.
Una chica rubia de aspecto arrogante.
Bueno les diré que en estas picks aparece la modelo Jessica Stam, la cual me parece perfecta para interpretar al personaje de Jezzie, por el porte que tiene la modelo, además como plus extra, si son observadores, se darán cuenta de que las iniciales de ambas son J. S.
Espero que les agraden las picks. Salu2 a todos.
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Esta es la bellísima actriz Barbara Mori. Me encuentro indeciso. Me gusta para Valerie. Si alguno ha visto su participación en la telenovela mexicana Rubí, donde la protagonista era del mismo carácter que Valerie. Cuando Martín escribe de Valerie automáticamente me recuerda a Rubí. Sin embargo me gustaria que ustedes me dijeran para cuál personaje les gustaría.
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