Escrito en General | 69 Comentarios »
Saludos a todos y todas.
Vagando por la red me puse a ver picks de actrices que podrían interpretar el personaje de Europa Malfoy, encontré dos:
La primera es la actriz Georgie Henley que interpretó a Lucy Pensive en Chronicles of Narnia (Las Crónicas de Narnia), a mi parecer es una “pequeña-gran” actriz que tiene mucho potencial.
La segunda es Sammi Hanratty la cual ya lleva una gran trayectoria como actriz, la última película en la que está por salir es la de A Christmas Carol (Cuento de Navidad) al lado del actor y director Jim Carrey.
El problema que no me pude decir por cuál quedaría mejor para dicho papel. Uds. que dicen? me ayudan a escoger?
Escrito en Fotos, Imágenes | 3 Comentarios »
[NOTA 1: Lamento mucho la tardanza en este capítulo. Estoy acosado por los exámenes. La semana que viene tengo uno el lunes, dos el martes y un cuarto el viernes; además, se supone que tengo que entregar, en ese mismo martes, un trabajo de investigación. Por no mencionar que el jueves terminé mis prácticas y me despedí de mis alumnos… no sin antes tomarles un examen y llevarme las 28 pruebas a mi casa para corregirlas.]
Servilia había elegido un vestido dorado y con un amplio escote para ir a la ópera. Aparte del aspecto musical, a la ministra le agradaban esas ocasiones porque le permitían usar prendas menos austeras que las que solía ponerse para sus actos oficiales. Y si bien tanto en sus salidas a la ópera como en sus apariciones públicas en el Ministerio acostumbraba a llevar su lujosísimo collar de perlas, solo se sentía plenamente a gusto con él cuando iba a la ópera, ya que desentonaba menos con el resto de su atuendo.
El palco que Servilia ocupaba en la Royal Opera House le brindaba una perspectiva envidiable del escenario, y la bruja se divertía con las miradas especulativas que le dirigían los muggles de clase alta, preguntándose quién era esa mujer que podía conseguir un lugar tan preferencial para ella sola. Esa buena posición, sumada al hecho de que conservaba su vista intacta a pesar de los años, le permitía prescindir de los prismáticos para ver la obra.
Tras la habitual, y comprensible, demora (al fin y al cabo, todos esos nobles y empresarios muggles necesitaban tiempo para saludar con cordialidad a sus amigos, y aún más tiempo para saludar a sus enemigos, antes de ocupar sus asientos), comenzó la obra.
Crouch había escuchado varias versiones de Madame Butterfly en su larga vida, y a poco de arrancar se formó su opinión sobre la que estaba desarrollándose frente a sus ojos: mediocre, pero no peor que otras que había debido padecer. Las voces del tenor que interpretaba a Pinkerton y del barítono que interpretaba a Sharpless eran detestables, pero había que admitir que la de la soprano que interpretaba a Butterfly era mucho mejor.
Aún no había terminado el primer acto, y Crouch estaba ya disfrutando de Viene la sera, cuando percibió por el rabillo de su ojo un resplandor verde. Sus avezados instintos le indicaron que se arrojase al piso, y así consiguió evitar que el Avada Kedavra que le habían disparado la alcanzase. Sin preocuparse por averiguar de dónde había venido ni de cuál era la reacción los muggles al respecto, la bruja se arrastró a toda velocidad hasta la puerta del palco, intentando ponerse fuera del alcance de futuras maldiciones.
La bruja estiró la mano hacia el picaporte trató de abrir la puerta, comprobando que había sido cerrada por fuera. Se arrastró lo más rápido que pudo, parapetándose detrás de su asiento, y sacó su varita. Las voces de los muggles comenzaban a ahogar a la de la soprano; claramente habían visto el rayo verde y algunos podían ver la marca oscura que había dejado en la columna en la que impactó.
Decidida a plantar batalla, la bruja decidió salir de su improvisada trinchera, apuntando su varita hacia delante y buscando, con los cinco sentidos alerta, a su agresor. Al principio solo vio las caras pasmadas de los muggles sentados debajo y delante de ella. Algunos seguían viendo la ópera, ignorantes de lo que estaba ocurriendo, y los cantantes continuaban representando sus roles. Pero luego vio el rostro de un muchacho de poco más de veinte años, cabello negro y ojos verdes, que le sonreía desafiantemente.
Y volaba.
Albus Potter había estado ocupando uno de los palcos superiores, y era desde allí que había disparado su Avada Kedavra. Al ver que su maldición no la había alcanzado, había emprendido vuelo hacia el palco de la ministra, buscando un mejor ángulo.
—Hola, Servilia —dijo el chico, aunque la voz de la soprano casi ahogó sus palabras. Solo cuando la artista alzó la vista y vio al joven flotando por encima del auditorio y aproximándose a uno de los palcos de la izquierda, las cosas se salieron de control.
Presenciar un fenómeno paranormal causa diferentes efectos en las personas. Algunas se quedan paralizadas. La reacción instintiva de otras es huir, mientras que algunas se quedan observando todo con fascinación. Pero muchas otras experimentan un terror pánico al ver algo genuinamente sobrenatural.
La soprano era una de esas personas, y el hecho de que además estaba nerviosa de estar presentándose por primera vez ante una de las óperas más importantes del mundo contribuyó a que cuando viese a Albus volando, diese el grito más potente de su vida (y el más potente que casi todos los presentes escucharían a lo largo de las suyas). El alarido que salió de su garganta, tan disímil a la suave voz que había estado entonando el bellísimo Viene la sera segundos antes, hizo que muchas personas normalmente aplomadas se aterrasen repentinamente.
Los muggles elevaron sus ojos al techo, y cuando vieron a Albus volando, comenzaron a reaccionar dentro de ese rango de actitudes mencionadas previamente. Hubo quienes se quedaron en sus asientos con una expresión de interés casi ávido, como si Al y Servilia fuesen parte del espectáculo, mientras que otros hicieron lo mismo por miedo. Decenas de personas se levantaron de sus asientos y huyeron corriendo de la sala, y muchas otras comenzaron a gritar, aunque sin llegar al nivel de la soprano, que se había desmayado en el escenario y estaba siendo llevada en brazos por el barítono (el tenor y los extras habían puesto pies en polvorosa apenas contemplaron al mago). Los miembros de la orquesta aprovechaban su relativo aislamiento para irse discretamente.
A Servilia no le importaban los muggles. Concentraba toda su atención en Albus Potter, su enemigo, a quien no veía desde hacía años.
—Cometiste una idiotez al venir aquí, Potter —dijo la ministra—. Medio Ministerio estará en camino en estos momentos.
—No llegarán a tiempo. He cerrado la ópera. Nadie puede entrar o salir del edificio. Y los muggles tampoco podrán pedir auxilio por teléfono a sus autoridades. Sonorus —añadió, apuntando a su garganta con la varita—. Salgan de la sala ahora —dijo, dirigiéndose a los muggles—. Si no lo hacen, pueden terminar lastimados.
—¡Qué noble de tu parte! —dijo Servilia, mientras veía que varios espectadores obedecían a Albus.
—Yo no mato inocentes, Servilia —dijo Albus, tras restaurar su volumen de voz normal—. Eso es lo que nos diferencia.
—Realmente creí que Black te habría matado —comentó Servilia—. Supongo que no es agradable que un amigo te traicione, ¿verdad, Potter? Siempre supe que esa información que hice que la idiota de Bricassart me diera me serviría algún día…
—Basta de charla —dijo Albus, apuntando su varita hacia el palco—. ¡Reducto!
El efecto del hechizo fue devastador, derrumbando por completo el viejo palco, pero Crouch ya había dado un ágil salto hacia el palco de su derecha. Los dos muggles que lo ocupaban se levantaron de sus sillas y salieron corriendo al pasillo, pero cuando Crouch quiso seguirlos las puertas se cerraron. Albus hizo un rápido movimiento de varita y las decenas de muggles que seguían en sus palcos fueron levantados de ellos y levitados hasta el piso, pese a sus sacudidas y gritos de protesta. Al verse liberados, huyeron hacia las puertas de la planta baja, que seguían abiertas. Pero todas las puertas de los palcos quedaron ahora cerradas a cal y canto.
—Muy hábil, muchachito —dijo Crouch que había observado todo con impotencia desde su nuevo palco—. Pero tú no eres el único que puede jugar.
De su varita salieron unos rayos amarillos, pero en vez de atacar a Albus, alcanzaron a unos diez ángeles dorados que estaban esculpidos en los palcos de enfrente. Los ángeles cobraron vida y salieron de la pared, volando hacia Albus y sacando sus arcos y flechas. Comprendiendo sus intenciones, Albus utilizó un Incendio para tratar de derretirlos, pero solo consiguió poner fuera de combate a dos. Los ángeles hacían unas maniobras evasivas dignas de un jugador de Quidditch profesional, pero su objetivo era muy diferente. Comenzaron a arrojarle flechas al cuello y al corazón, y Albus, viéndose rodeado, debió arrancar con su varita varias butacas vacías y usarlas como escudos.
Los ocho ángeles formaron un círculo alrededor del muchacho, que tuvo que empezar a girar continuamente para vigilarlos a todos. Una de las flechas se le clavó en el hombro, a solo unos centímetros de su corazón, y Al gritó de dolor.
Servilia se había sentado en una butaca y observaba la batalla aérea con una sonrisa, como si fuera una romana viendo a unos gladiadores pelear en la arena para su diversión.
—¡Vamos, Potter, puedes hacerlo mejor que eso! —gritó.
Acicateado, Albus voló hacia arriba, desorientando momentáneamente a los ángeles, que comenzaron a seguirlo como un enjambre. El chico comenzó a volar haciendo eses, privando a los ángeles de la oportunidad de detenerse a apuntarle. Luego se lanzó en línea recta hacia el escenario, obligando a los ángeles a volar detrás de él todos juntos. Y cuando supo que la inercia no les permitiría detenerse y retroceder, frenó en seco, se volvió hacia ellos y rugió:
—¡INCENDIO!
Todos los ángeles se vieron envueltos en las llamas y se derritieron en un abrir y cerrar de ojos. Contrariada, Servilia se puso de pie y comenzó a utilizar las butacas que Albus había empleado para protegerse de los flechazos y que luego había dejado caer al piso como proyectiles. Fue poco efectivo, pues a Albus le bastaron un par de Reductos para convertirlas en jirones de tela y astillas antes de que lo tocasen.
La bruja saltó al piso, y mientras estaba en el aire materializó una enorme y gruesa colchoneta que amortiguó su caída. Albus, muy a su pesar, tuvo que cerrar el resto de las puertas de la sala, impidiendo la salida de unos doce o quince muggles que se habían quedado.
Servilia caminó parsimoniosamente hacia Albus, aplaudiéndolo.
—Muy bien hecho, Al. Realmente creí que uno de mis angelitos te clavaría una flecha en la yugular o en la aorta y nos libraría de un montón de problemas. Pero no hay caso: parece que tendré que ocuparme personalmente de ti. ¡Avada Kedavra!
Albus se agachó, dejando que la maldición pasase por encima de su cabeza, y le contestó a su rival con otro Avada Kedavra, que Crouch hizo rebotar contra otro hechizo. La maldición de Albus, para su horror, terminó alcanzando a un muggle gordo y canoso que estaba en un rincón de la sala protegiendo a una mujer y una niña de unos diez o doce años. El hombre cayó pesadamente hacia delante, casi aplastando a las otras dos muggles, que se acurrucaron en su rincón, completamente shockeadas.
Dando un grito de cólera y frustración, Albus utilizó un Incendio contra Crouch, pero la ministra saltó hacia atrás, por lo que el fuego solamente quemó dos o tres asientos de la primera fila. El terciopelo y la vieja madera ardieron de inmediato, y Albus tuvo que usar un Aguamenti para evitar que se desatase un incendio.
Tras apagar las llamas, Albus le arrojó a Crouch una nueva Maldición Asesina, pero la bruja se defendió haciendo algo que el chico nunca hubiera esperado: hizo levitar el cadáver del muggle y lo colocó entre ella y el hechizo como un escudo humano. El cuerpo se sacudió en forma grotesca al ser golpeado. Al hizo una mueca de asco que a Crouch no le pasó desapercibida.
—¿Qué te pasa, Potter? —se burló, manteniendo el cadáver flotando en el aire— ¡Pensé que eras más duro! ¿Le tienes miedo a este muggle muerto?
—Quizá tú deberías ser la que le tenga miedo, querida —dijo Albus, cuyo rostro había adquirido una expresión cruel y resuelta ante la provocación de la ministra.
—¿De qué estás hablando? —dijo Crouch.
—¡Cha Mairbhe! —bramó, apuntándole al cadáver. De su varita surgió un rayo violáceo que, al tocar el cadáver, se dividió en varios hilos de luz que lo envolvieron como si fuesen tentáculos. Crouch, anonadada por la sorpresa, dejó caer el cadáver al suelo.
Y permaneció en el suelo durante alrededor de quince segundos. Luego, volvió a ponerse de pie y giró hacia Crouch.
—Inferius —musitó Crouch, que parecía sentir tanta repugnancia como Albus momentos antes. Pero antes de que pudiera decir algo más, la criatura arremetió contra ella con las manos tendidas hacia su cuello. Debido a la corta distancia que los separaba, la ministra no tuvo tiempo para defenderse y enseguida se halló siendo estrangulada por el cadáver del muggle convertido en Inferius por Albus. Siendo en vida un hombre corpulento y de enormes manos, logró enseguida poner azulado por la falta de oxígeno al rostro de Crouch. Albus, mientras tanto, observaba la escena con placer.
—Me gustaría ser yo quien estuviera haciéndote eso, Servilia, pero no vale la pena ensuciarme las manos contigo. Consuélate sabiendo que al menos morirás siendo ministra. La realeza es la mejor mortaja, ¿cierto?
Pero la bruja aún no estaba derrotada. Utilizando sus últimas fuerzas, apuntó su varita hacia el torso del muggle y, antes de que Albus pudiera detenerla, hizo un corte en el aire. De inmediato comenzó a manar sangre del estómago del Inferius.
Normalmente los Inferi eran inmunes a ese tipo de heridas, pues sus cadáveres solían perder todos sus fluidos con el tiempo. Pero dado que el Inferius había muerto tan recientemente, el corte de Crouch fue más devastador de lo normal; hasta tal punto fue dañino que hizo que sus intestinos se desparramaran a través de la herida. Obviamente el Inferius no podía parar de estrangularla para sostener sus tripas, pues era una mera marioneta de Albus, pero el golpe lo debilitó y aflojó la presión de sus manos contra el cuello de la mujer. Crouch logró zafarse y retrocedió varios pasos. El Inferius intentó atacarla de nuevo pero sus piernas no pudieron sostenerlo y cayó al piso; no obstante, continuó arrastrándose hacia Crouch con aterradora vehemencia. Utilizando un nuevo Sectumsempra Crouch le cortó ambas manos, y le reventó la cabeza con un Reducto.
Albus levantó su varita hacia ella, pero Crouch decidió no continuar con la pelea. Corrió hacia una de las paredes y utilizó un segundo Reducto para abrir un boquete. Escuchó como Albus comenzaba a pronunciar un Avada Kedavra, y entonces hizo levitar con su varita a la niña que estaba acompañando al muggle muerto. Se dio vuelta hacia Albus y puso a la niña frente a ella, como otro escudo humano, esta vez vivo.
—¡Detente, muchacho! —gritó. Mirándola con odio, Albus debió interrumpirse, aunque siguió apuntándole. Crouch rió cruelmente—. ¿Lo ves, Potter? ¡Esa es tu debilidad! ¡No puedes matar personas inocentes! ¡A veces aceptas ponerlas en peligro, pero nunca te atreverás a matarlas! ¡No tienes lo necesario para ganar esta guerra!
Y, aún manteniendo a la chica entre ella y Albus, fue retrocediendo hacia la salida que había creado. Cuando se halló fuera de la sala, en uno de los pasillos del teatro, hizo bajar a la niña lentamente, y Al creyó por un instante que la dejaría ir… hasta que sus ojos se cruzaron con los de Crouch, que tenían un brillo demente. La ministra le propinó una brutal patada en la espalda a la pequeña, arrojándola de nuevo a la sala, y antes de que la muggle pudiera siquiera levantar la cabeza, le lanzó un Avada Kedavra. Instintivamente Albus corrió hacia la chica, pero la maldición la alcanzó en la espalda cuando él apenas había dado tres pasos.
Crouch, sin preocuparse más por Albus o por la niñita, se lanzó por el pasillo en dirección al vestíbulo principal de la Royal Opera House, sabiendo que se encontraría con un equipo de Aurores listos para rescatarla del bárbaro criminal Albus Severus Potter. Criminal que, esa noche, se había cobrado las vidas de dos muggles inocentes.
[NOTA 2: Espero que les guste el hechizo que inventé para crear Inferis. En gaélico significa “No muerto”. Pienso que esa lengua debe estar muy vinculada a la de los antiguos druidas, así que es válido que algunos hechizos de magia antigua y oscura sean pronunciados en ella.]
Escrito en La guerra de las perlas | 100 Comentarios »
Siendo el mayor fanático de Lily Luna, era hora de que publicará un post aquí en El Hacedor de Reyes con fotografías de la actriz que para mí representa mejor a la “malvada” Lily (para mí siempre será malvada). Se trata de Miley Cyrus quien a pesar de tener ciertos rasgos físicos distintos al del personaje (como el color del cabello) siento que caracteriza la personalidad y el estilo de mi Lily Luna soñada. Fotografías a continuación:
¿Les parece buena mi elección? Sólo habría que cambiarle el color del cabello y ya tendríamos a Lily Luna.
Escrito en Fotos, Imágenes | 9 Comentarios »
Estas son una fotos que le envié a Martín, como quien se distrae un rato. Son unas imágenes que vengo coleccionando desde hace un tiempo de distintas caras que podrían interpretar a los personajes de El Hacedor de Reyes.
En primer lugar, Danielle Panabaker; es como mi Alcyone ideal. Tiene esa actitud y esa sonrisa optimista con la que siempre me imagino a Alcyone. Siempre intentando darle ánimos a Livius. Además, por una casualidad (porque no lo recordaba, me lo hizo notar Martín) es la misma actriz que hace un tiempo había escogido él para interpretar a Alcy, lo cual concluye en que ella es perfecta para ese papel.
En segundo lugar, Olivia Wilde. Sé que en realidad ella es morocha al natural, pero en estas fotos que encontré de ella en las que está rubia, es Jezebel al 100%. Tiene esa actitud de chica misteriosa y aguerrida, de vida sufrida, a la que no le importan los límites de los demás, pues ella tiene sus propios límites.
Luego viene Kristen Dunst, quien si bien también su color natural es el rubio (creo) aquí se ve como la Lily Luna que yo me imagino, con cara de niña ingenua… que esconde algo.
En cuanto a Megan Fox… ¿qué decir? Esa es la actitud Valerie que tanto buscaba. Lo único es que Val tiene los ojos negros y no claros, pero bueno, la escogí por su actitud mas que nada.
A Rachel Hurd-Wood me la imagino como una Rose mas madura, que ha pasado por una transición que la ha vuelto mas seria, pero que conserva su deseo de locura que la llevo a volver con Scorpius.
Y como frutilla del postre… La encontré como quien dice de casualidad. Europa Malfoy. Si bien Kipi, no es una persona real (es un seudónimo), ni sus características físicas son como se las ve en estas fotos, ya que son fotografías dedicadas al Cosplay, en estas dos imágenes con esa mirada medio angelical de “nena de papa”, es tal cual me la imagino; con la piel blanca y delicada y ojos soñadores.
Escrito en Fotos, Imágenes | 13 Comentarios »
A Scorpius Malfoy no le gustaban las noches de lluvia. No era porque aquel fenómeno meteorológico tuviese algún efecto sobre él, sino porque sus hijos se ponían muy inquietos. Era como si el sonido de las gotas cayendo los incitara a salir de sus camas y jugar snap explosivo, o volar con sus escobas de juguete. O, en el caso de su única hija (que no sería la única por mucho tiempo, Rose y él esperaban), leer.
El problema de Europa Malfoy era que la lectura no solo la mantenía despierta, sino que le permitía postergar el momento de irse a la cama; cada vez que cualquiera de sus progenitores venía a recordarle que ya era hora de acostarse, la niña lo acribillaba a preguntas sobre lo que acababa de leer. Y Rose, siendo tan parecida en carácter a su hija, no podía evitar darle largas y detalladas respuestas que a veces duraban más de veinte minutos. De modo que la tarea de acostar a Europa quedaba en manos de Scorpius, menos vulnerable que su esposa a la tentación de dar explicaciones a la niña.
Así que, mientras Rose se dirigía a los dormitorios de sus hijos a obligarlos a dejar de jugar y volver a sus camas, Scorpius fue a la biblioteca, donde sabía que encontraría a su hija.
La pequeña de seis años estaba sentada en el sofá, escondida detrás de un libro enorme. Scorpius, no obstante, pudo ver que Europa tenía puesto el camisón, de modo que se ahorraría la tarea de hacerla desvestirse antes de ir a la cama.
—Europa —dijo Scor suavemente, y la niña bajó el libro. Había heredado los ojos grises y las facciones afiladas de su padre, y el pelo rojo de su madre.
—¿Qué pasa, papá?
—Debes ir a la cama. Ya son casi las once.
—¿No puedo seguir un poco más?
—Cuando seas mayor podrás quedarte despierta hasta la hora que quieras, y leyendo lo que quieras, pero por ahora…
—Bueno, papá. Igual, ya casi he terminado este libro.
—¿Qué es? —preguntó Scorpius. En los últimos años su vista se había deteriorado un poco— Accio anteojos —dijo, apuntando su varita hacia el dormitorio que había sido de sus padres y ahora compartía con Rose. Cuando las gafas vinieron volando a su mano, se las puso y leyó las letras plateadas de la tapa: Nueva Historia de la Magia—. Vaya, no sabía que te interesaran estas cosas.
—Normalmente no, pero el otro día escuché a la prima Dominique mencionar al Hacedor de Reyes…
El rostro de Scorpius se ensombreció.
—No quiero que leas estas cosas, hija —dijo el mago, que solo se dirigía así a ella cuando quería hacerle una advertencia o (mucho menos frecuentemente) reprenderla por algo.
—¿Por qué no? —preguntó Europa.
—Porque… porque ya estudiarás ese tema en Hogwarts —dijo Scor, y se arrepintió de inmediato de haber usado un argumento tan torpe.
—¿Mamá y tú no nos dicen todo el tiempo que tenemos que leer e informarnos sobre las cosas que nos enseñarán en Hogwarts antes de ir al colegio? —preguntó la niña.
—Es cierto, pero esto es muy siniestro para que lo lea una niña de seis años —dijo Scorpius, abriendo la página que estaba marcada. Advirtió, para su pesar, que a su hija solo le faltaban uno o dos párrafos para terminar el capítulo dedicado al Hacedor de Reyes, lo cual significaba que ya debía conocer casi toda la historia. O al menos la versión oficial.
—No tengo miedo. Sé que el Hacedor de Reyes está muerto.
—Aún así, las cosas que hizo… Lo que pasó en la guerra es terrible. No quiero que tengas pesadillas.
—Yo nunca sueño. O al menos no recuerdo qué sueño —dijo Europa serenamente.
—Tienes suerte —dijo Scorpius, tomándola de la mano—. Ven, vamos a la cama.
Europa no se resistió, y muy pronto padre e hija estuvieron avanzando por los oscuros corredores de la Mansión Malfoy, observados por los retratos de sus antepasados. Finalmente llegaron al cuarto de Europa, donde Scorpius hizo que la pequeña se metiera bajo las sábanas de la enorme cama con postes y la besó en la frente. Cuando había apagado las luces y estaba por salir del cuarto, escuchó la voz de su hija.
—Papá, ¿tú conociste al Hacedor de Reyes?
Scorpius vaciló antes de contestar.
—Sí.
—¿Cómo era?
Una pregunta aún más difícil.
—Tenía… ¿conoces la palabra “carisma”?
—Sí —respondió Europa con rapidez—. Significa poder hacer que los demás hagan lo que uno quiere, pero sin obligarlos. Solo… siendo agradable. ¿Verdad?
—Sí, es una definición bastante cercana. El Hacedor tenía mucho carisma. Pero también era capaz de dar mucho miedo. Aún cuando trataba de ser simpático. Algunas personas nunca veían ese lado suyo, pero otras sí.
—¿Está… está muerto de verdad? —preguntó la niña, que parecía ahora más nerviosa que en la biblioteca.
—Oh, sí. Yo lo vi con mis propios ojos —dijo Scorpius, rogando que Europa estuviese lo bastante aliviada como para no preguntarle cómo había podido presenciar eso.
—¿Cómo fue?
—Solo te diré que no fue agradable —dijo Scorpius, mordiéndose el labio inferior al recordarlo—. Sufrió mucho.
—¿Lo odias?
—No —replicó Scor, en un tono de voz que indicaba que no quería hablar más del tema—. Suficiente charla, hija. Es hora de dormir.
***
Rose ya había acabado con los niños y estaba sentada frente al espejo, cepillándose el pelo. La prominente barriga de su nuevo embarazo le impedía sentarse tan cerca del espejo como quería, pero ya se había acostumbrado. Además, le faltaban menos de dos meses para dar a luz, por lo que sabía que no debería soportarlo por mucho tiempo.
Cuando su marido entró a la habitación, le dedicó una sonrisa insinuante (ella no era de las mujeres que se resistían al sexo durante los embarazos, y de hecho se excitaba con más facilidad cuando estaba con un hijo en su vientre), pero al ver la tristeza en sus ojos, dicha sonrisa se desvaneció.
—¿Qué ocurre?
—Europa estuvo leyendo sobre la última guerra. Por cierto, recuérdame que haga que los elfos pongan Nueva Historia de la Magia en el estante más alto de la biblioteca —dijo Scorpius, desabotonándose la camisa.
—Bueno, ambos sabíamos que este día tenía que llegar.
—Me preguntó por… ya sabes, por él.
—Por Merlín… ¿Qué le dijiste? —dijo Rose, dándose vuelta para ver a su marido directamente y no a su reflejo.
—Nada que le permita deducir que estamos emparentados con él, no te preocupes —la tranquilizó Scor, mientras se quitaba el pantalón.
—Espero que no se asuste o enfade cuando se entere…
—No te preocupes, amor. Ella es una chica inteligente, como tú. Sabrá lidiar con ello. Además, hay mucha más gente que está relacionada con él. Incluso con un parentesco más cercano que el de nuestros hijos.
—Lo sé, lo sé. Incluso mi madre… pero bueno, aún así será un golpe duro saber que lleva en sus venas la misma sangre que la de un mago oscuro. Si a mí cuando tenía su edad me hubieran dicho que era prima de Lord Voldemort, me habría vuelto loca.
—Rosie, yo crecí con la etiqueta de “El hijo del Mortífago” pegada en la frente —dijo Scor, acariciándole el hombro—. Y en mi caso, estaba justificado, pues mi padre y mi abuelo fueron Mortífagos. Tuve que ingeniármelas para que no me afectara. Tú, en cambio, estuviste siempre en el bando correcto. Si Europa fuese hija de cualquier otra mujer, las cosas serían más difíciles para ella, teniéndome a mí como padre…
—Pero, ¿qué dices? Scor, nadie puede acusarte de haber estado con él…
—Al final, no. Pero todos murmuran que me salvé porque lo abandoné a tiempo. Casarme contigo me ayudó un poco, y el hecho de ser hijos tuyos, y nietos de tu madre, permitirá a nuestros hijos salir airosos de cualquier cuestionamiento. Ese es mi punto: yo tuve un legado familiar mucho más desventajoso que el de Europa y sus hermanos, y conseguí seguir adelante. Todas las cosas malas que me ocurrieron después de mi adolescencia fueron por culpa exclusivamente mía, no por mi padre o mi abuelo.
Rose se puso de pie y le deslizó una mano por el cabello, que desde hacía unos años había dejado de usar tan largo como el de su abuelo Lucius. Tomó su mano derecha e hizo que la colocara debajo del camisón, en su entrepierna. Scorpius, ni lerdo ni perezoso, comenzó a introducirle primero uno y luego dos de sus dedos en la vagina.
—Basta de pensar en eso —sentenció Rose Malfoy, mientras dirigía su otra mano hacia el bulto que formaba el pene de Scorpius debajo de la tela de su boxer—. Vamos a la cama.
[NOTA 1: Este capítulo está por debajo del piso de 2.000 palabras que me había autoimpuesto desde que decidí publicar uno por semana, pero considerando que es un flashforward y que conseguí tenerlo listo el domingo a las 0:00, como me lo había propuesto, creo que merezco ser disculpado.
NOTA 2: No le puse "Europa" a la hija de Rose y Scorpius por sadismo, sino por seguir la tradición de la familia Black, introducida entre los Malfoy por Narcisa, de bautizar a sus miembros con nombres de estrellas, lunas y constelaciones. En este caso, Europa es una de las lunas de Júpiter.]
Escrito en La guerra de las perlas | 208 Comentarios »
Aquí subiendo unas picks para que vean como me imagino a otro personaje del FF HdR.
Una chica rubia de aspecto arrogante.
Bueno les diré que en estas picks aparece la modelo Jessica Stam, la cual me parece perfecta para interpretar al personaje de Jezzie, por el porte que tiene la modelo, además como plus extra, si son observadores, se darán cuenta de que las iniciales de ambas son J. S.
Espero que les agraden las picks. Salu2 a todos.
Escrito en Fotos, Imágenes | 17 Comentarios »
Esta es la bellísima actriz Barbara Mori. Me encuentro indeciso. Me gusta para Valerie. Si alguno ha visto su participación en la telenovela mexicana Rubí, donde la protagonista era del mismo carácter que Valerie. Cuando Martín escribe de Valerie automáticamente me recuerda a Rubí. Sin embargo me gustaria que ustedes me dijeran para cuál personaje les gustaría.
Escrito en Fotos, Imágenes | 15 Comentarios »
[NOTA 1: Yo casi nunca hablo de fútbol, pero hay dos cosas que quisiera comentar. Primero, me parecen absolutamente hipócritas las críticas a los dichos de Diego Maradona. Segundo, me alegro que le vaya tan bien a Marcelo Bielsa en la Selección chilena, aunque esto me parece un poquito exagerado.
NOTA 2: Le dedico este capítulo a todos los que cumplan años hoy, o que hayan cumplido hace poco, o que vayan a cumplir dentro de poco. Y a Lucho, con el que no me pude encontrar durante mi último viaje a La Plata.
NOTA 3: Sigo insistiendo con la campaña ideada por Eoluz a favor de mostrar nuestras caras en los avatares (para los que no sepan cómo crearse un avatar, leer esto).
NOTA 4: Les recuerdo que por cualquier aporte o consulta (o insulto) que quieran hacerme, pueden enviarme un mail o agregarme al MSN con esta dirección: hacedor.de.reyes@gmail.com]
—Y cualquier posibilidad de una rebelión dentro del Ministerio ha sido frustrada. Debemos agradecer por ello a la División de Aurores y su formidable trabajo de Inteligencia —dijo Servilia Crouch. Su interlocutora, Rita Skeeter, asintió dócilmente y escribió las palabras de la ministra en su pergamino. Ambas mujeres estaban en el despacho de Crouch, acompañadas por Isaac Prewett y por Marietta Edgecombe.
—¿Todos los Aurores renegados han sido arrestados, ministra? —preguntó Skeeter.
—Sí. Por fortuna ninguno de ellos fue muerto ni logró escapar. Y cuando la guerra termine (algo que no puede tardar demasiado en pasar), deberán responder por su traición ante el Wizengamot.
—¿De modo que podemos estar seguros de que no quedan agentes de Potter en el Ministerio?
—Es imposible tener la absoluta certeza de eso, pero después de este golpe tan duro es poco probable que los traidores que puedan seguir libres y trabajando en el Ministerio se atrevan a atacar. Eventualmente averiguaremos quiénes son y serán castigados —respondió la ministra.
—Recapitulando, ¿usted… el Ministerio, quiero decir, tiene pruebas que demuestran que todos estos secuestros que hemos venido padeciendo durante los últimos meses han sido farsas?
—Así es. Tras cooptar a los Aurores ofreciéndoles dinero y ascensos, Potter organizó los secuestros de sus familias. Presentando a estos Aurores como víctimas suyas, evitaba que sobre ellos cayeran nuestras sospechas. Lo cierto es que estos Aurores no son víctimas, son traidores. Y sus familias no están muertas, sino probablemente hospedadas en algún hotel o palacete con todas las comodidades.
—Bueno, ministra, le doy las gracias por su tiempo y por su paciencia —dijo Skeeter, recogiendo sus notas, guardándolas en su cartera y levantándose del sillón.
—Siempre es un placer para mí hablar con los honrados trabajadores de prensa de este país —respondió Crouch sonriéndole y estrechándole la mano. Pero apenas Skeeter abandonó la oficina, escoltada por Marietta, Crouch se limpió la mano con un pañuelo de seda.
—Skeeter es perfecta —comentó Isaac—. Tiene tanta fama de ser una periodista feroz que todo el mundo le cree. Aún no han caído en cuenta de que hace años que esa mujer es prácticamente un títere del Ministerio.
—El Profeta es un títere del Ministerio —dijo Crouch desdeñosamente—. Skeeter es apenas su mejor empleada. ¡Pero por Merlín, cómo me repugna tratar con esa mujer!
—Es necesario, ministra.
—Lo sé, lo sé…
En ese momento entró a la oficina John Dawlish, que desde su descubrimiento de la conspiración de Albus con los Aurores había ganado muchos puntos ante la ministra y entraba a su oficina sin pedir permiso más a menudo que antes.
—Ministra, tengo noticias.
—¿Qué ha ocurrido?
—Los Inefables detectaron varias Maldiciones Imperdonables en el baño de un restaurant muggle hace menos de una hora.
—¿Hallaron a quienes las emplearon?
—No, ministra: el baño estaba vacío cuando llegamos. Pero encontramos mucha sangre y varios destrozos, por no mencionar rastros de magia avanzada… y esto —añadió, sacando una bolsita de su bolsillo, abriéndola y vaciando su contenido sobre el escritorio de Crouch. Isaac y Servilia se inclinaron un poco para ver qué era, pudiendo comprobar que se trataba de trozos de una varita, apenas unidos por el delgado colmillo de acromántula que tenía de núcleo.
—Fascinante —dijo Isaac, simulando no reconocerla—. ¿Sabemos quién es su dueño?
—De hecho, sí. Le mostramos la varita rota a Ollivander. El viejo podrá estar demasiado senil para hacer varitas, pero sigue recordando todas y cada una de las que fabricó, y a quiénes se las vendió.
Isaac recordó su primera y única visita al negocio de Ollivander, en la cual pudo ver al ancianísimo propietario de la tienda y a su sobrino-nieto e hijo adoptivo Jerome, que lo había sucedido tanto en la fabricación como en la venta de varitas. Todos coincidían en que lo más sensato que el viejo Ollivander había hecho después de la guerra y antes de que su mente cayera en una decadencia casi total había sido adoptar al nieto de su hermana para que heredase su nombre y su local.
El “joven Ollivander”, como lo llamaban todos a pesar de que ya tenía más de cuarenta años, era tan bueno como su tío-abuelo haciendo varitas, pero no poseía su prodigiosa memoria, por lo que anotaba las características de cada varita y el nombre de cada cliente. El viejo Ollivander, por su parte, seguía en la tienda, sentado en una mecedora cerca del mostrador, y lo único que lo sacaba de su semiletargo era la entrada de un cliente. Ollivander no decía nada, pero observaba y escuchaba muy atentamente qué mago compraba qué varita, registrándolo todo detalladamente. Y su atención crecía cuando la varita vendida era una de las que él, y no Jerome, había fabricado.
—Ollivander solo tuvo que darle un vistazo a la varita para decir “Livius Black” —concluyó Dawlish.
—¿Black? ¿Él perdió su varita? —preguntó Crouch.
—Aparentemente —dijo Dawlish.
—¿Hay algún testigo de lo que pasó?
—No. Alguien le puso un hechizo repelente de muggles a la entrada del baño, así como un Muffliato. Nadie en el restaurant se dio cuenta de lo ocurrido. Lo único útil que nos dijeron es que una pareja se fue sin pagar. Estaban muy sorprendidos porque parecían haberse esfumado del local “como por arte de magia”.
—¿Pudieron describirlos?
—Eran un hombre y una mujer de entre cuarenta y cinco y cincuenta y cinco años, ambos de cabello negro. Y el hombre tenía ojos verdes…
—¡Potter! —exclamó Crouch.
—¿Harry Potter? —preguntó Isaac, haciéndose el ingenuo.
—¡Albus! —dijo Crouch con impaciencia.
—Pero no lo entiendo. Albus tiene veintitrés… —dijo Isaac, simulando desconcierto.
—Es evidente que él y Rosier utilizan algún tipo de poción envejecedora cuando están entre los muggles para disimular su identidad. Muy inteligente de su parte.
—De todos modos, lo verdaderamente importante es qué ocurrió en ese baño. Los mozos dijeron que el hombre fue el primero en levantarse de la mesa —dijo Dawlish.
—Pues bien, Black intentó matar a Potter en el baño. Rosier intervino, desarmaron a Black, rompieron su varita, lo hirieron fatalmente, derramando toda la sangre que encontraron ustedes, y luego se escaparon con su cadáver, sabiendo que los Aurores vendrían a averiguar lo ocurrido.
—Eso es también lo que pienso yo. Para verificarlo he tomado muestras de sangre.
—Ah, tu precioso ADN. Debo admitir que los muggles inventan cosas útiles muy de vez en cuando —comentó Crouch sardónicamente.
***
Cuando recuperó la conciencia, Albus estaba tendido sobre su cama, en el penthouse. Los párpados le pesaban muchísimo, pero comprendió dónde se encontraba por la familiar suavidad del colchón debajo de su cuerpo. Tras un largo esfuerzo, consiguió abrir los ojos; por suerte para él, las luces de la habitación eran muy tenues, por lo que no lo enceguecieron. Giró la cabeza hacia la izquierda y consiguió distinguir el rostro de Valerie, que estaba acostada a su lado, dormitando. Quiso levantar la mano para acariciarle la cabeza, pero estaba demasiado cansado, así que tuvo que hablar para despertarla.
—¿Valerie? —la llamó, con una voz pastosa.
La chica dio un respingo. Encendió un velador para ver mejor, obligando a Albus a entrecerrar un poco los ojos.
—¡Albus! Gracias a Merlín que despertaste —exclamó—. La poción de restablecimiento de sangre es muy buena, la hizo Agamenón, pero aún así…
—¿Qué pasó?
—Livius te mordió, eso…
—Lo recuerdo —dijo Albus con impaciencia—. ¿Cómo me salvé?
Valerie dio la impresión de sentirse muy incómoda por lo que estaba por decir.
—Él te curó. Justo antes de que yo entrara al baño. Pero estabas tan débil… Si Agamenón no nos hubiera preparado tantas pociones medicinales…
—Por algún motivo, no me sorprende —reflexionó Albus—. ¿Qué ocurrió con él? ¿Escapó?
—No… —dijo Valerie con cierta displicencia.
—¿Lo mataste? —preguntó Albus, ahora mirándola con severidad.
—Estuve a punto —confesó ella—. Lo desarmé y cuando pude apreciar lo que te había hecho te aseguro que le habría lanzado una Maldición Asesina allí mismo… pero él escribió con tu sangre “ÉL NO QUERRÍA” en el suelo del baño. Y de algún modo supe que tenía razón, y me sobrepuse. Lo Aturdí, lo até y luego vine al penthouse contigo y con él.
—No le has hecho más daño, ¿no?
—No —respondió Valerie, mirándolo fijamente a los ojos para que viera que no mentía.
—¿Dónde está? —preguntó Albus, haciendo ademán de incorporarse. Valerie le apoyó ambas manos en los hombros, tratando de detenerlo.
—¿Estás loco? ¡Estás demasiado débil para ir a castigarlo! Espera a que se repongan tus fuerzas…
—Solo quiero hablar con él. Nadie va a castigarlo por lo que quiso hacerme —replicó Al.
—¡¿Qué?! ¡Black quiso matarte a sangre fría hace menos de dos horas! —protestó Valerie, que miraba a su novio como si acabara de decirle que él era la reencarnación de Godric Gryffindor— ¡Tiene que ser castigado!
—Primero que nada, es “Livius”, no “Black”. Segundo, no pienso matar a uno de mis mejores amigos solo por un desliz como ese.
—¡¿“Un desliz”?! ¡Él estuvo a punto de dejar que te desangrases hasta morir!
—Tú lo has dicho, a punto. Y se arrepintió.
—¿Cómo puedes confiar en él después de lo que te hizo?
—Por un motivo muy sencillo, Valerie: Livius se siente culpable. Si me salvó, es por eso y nada más. Y la culpa es una cadena tanto o más fuerte que la amistad. Lo perdonaré, como un amigo indulgente, y me será leal hasta el fin.
“Además, en cierta medida me lo merecía. Yo pude haber impedido que sus padres cayeran en manos del Ministerio, y no lo hice. Si le perdono lo que trató de hacerme, quedaremos a mano, aunque él nunca se entere.
“Ahora ayúdame a salir de esta cama y llévame a donde hayas dejado a Liv.
***
Livius estaba atado de pies y manos y acostado boca abajo en el sofá. Ya se había despertado y parecía indiferente a la incomodidad de su postura. Sus ojos adquirieron una expresión cautelosa cuando Albus entró a la sala apoyado en Valerie.
—Desátalo.
Con un veloz movimiento de varita, la bruja hizo desaparecer las cuerdas que lo inmovilizaban, permitiéndole sentarse en el sofá. El muchacho observó a Al, intentando descifrar en su mirada qué iba a ser de él. Creyó que Albus se sentaría en el sillón frente a él, pero su amigo se colocó a su lado, en un gesto de inesperada calidez.
—Realmente has tocado fondo —dijo Albus, pero no en un tono reprobatorio sino más bien compasivo. Livius hizo un gesto con las manos, como si estuviera escribiendo en el aire, y Valerie hizo aparecer una lapicera y un bloc de notas. En él, Livius escribió:
Perdóname. Me descontrolé. Nunca pude prever que esto pondría a mis padres en peligro, y mi primera reacción fue culparte a ti en vez de a mi.
“No tienes idea de lo acertado que estuviste en eso”, pensó Albus al leerlo.
—¿Alcyone sabía lo que ibas a hacer? —preguntó.
Livius negó con la cabeza y escribió:
No le dije nada. Hice lo que tú suponías que había hecho, apenas Ash se fue para avisarte de lo de sus padres, yo me fui a ver si mis padres estaban bien. Y cuando comprobé lo que había pasado, no volví a nuestro departamento sino que preparé mi ataque.
—¿Cómo supiste dónde estábamos?
Livius sacó de su bolsillo un pequeño pergamino y le tendió la mano a Valerie, como esperando que ella le diera algo.
—Parece que quiere la varita que le quitaste… que por cierto es la mía —agregó Albus con una sonrisa. Valerie vaciló un poco antes de devolvérsela, pero Livius no la usó para agredirlos, sino que le dio con ella unos golpecitos al pergamino y enseguida aumentó su tamaño hasta convertirse en un enorme mapa de Londres. Livius le dio otro toque, y el mapa cambió delante de sus ojos: el barrio donde estaba situado su penthouse pasó a agrandarse y ocupar toda su superficie. Luego ocurrió lo mismo con la calle del penthouse, y luego con la cuadra. Finalmente lograron ver un croquis del edificio, y del piso donde estaban. Había tres nombres: “Albus Potter”, “Valerie Rosier” y “Livius Black”.
—Increíble —dijo Albus, fascinado por lo que acababa de ver. Livius volvió a tomar su bloc y escribió:
Empecé a trabajar con él en Durmstrang, pero hasta esta noche era apenas algo experimental. Dado que tantos magos y brujas viven en Londres, y que esta es una ciudad bastante bien cartografiada, pensé que sería útil hacerle una versión del Mapa del Merodeador. Pero créeme, no fue fácil.
—Eres extraordinario —dijo Albus—. Yo nunca hubiese imaginado que serías capaz de entrenarte y a la vez dedicarte a algo tan complejo como esto. Solo un Ravenclaw sería capaz.
Livius sonrió un poco ante el elogio, y escribió:
El arresto de mis padres me impulsó a terminar el mapa. Solo le faltaban unos pocos ajustes, pero la desesperación me sirvió para acabar con la tarea en media hora o cuarenta y cinco minutos.
—¿Y por qué me perdonaste la vida, Liv? —preguntó Albus. El rostro de su amigo, que se había relajado un poco al hablar del mapa que había creado, se ensombreció nuevamente.
Cuando cerraste los ojos, fue como si saliera de un trance y comprendiera lo que acababa de hacer. No estoy insinuando que estuviera bajo algún maleficio ni nada por el estilo. Pero cuando vi lo que les habían hecho a mis padres, elegí dedicar todas mis energías a matarte sin preocuparme por las implicancias. No me importaba qué pasaría cuando estuvieras muerto, solo cómo podría matarte. En el momento en que logré ese objetivo, tenerte moribundo frente a mí, fue como si todo lo que me dijiste antes cayera sobre mí como una tonelada de cemento. Así que te cerré la herida y dejé que Valerie me capturara.
Albus le pasó un brazo por encima del hombro.
—Me alegra que recapacitaras, Liv. No te guardo rencor. Te sometieron a una presión a la que jamás habías sido sometido y para la que no estabas preparado. La gente hace estupideces cuando les pasan esas cosas, pero tú al menos pudiste deshacer el daño.
Sin esperar a que Livius le escribiera una respuesta, Al se levantó del sillón, haciendo cierto esfuerzo para no caerse (la debilidad por la pérdida de sangre seguía afectándolo, aunque en unas horas habría desaparecido por efecto de más dosis de poción de restablecimiento) y le dijo:
—Vuelve a tu casa, Liv. Alcyone debe estar muy preocupada. Nadie más que nosotros tres se enterará de lo que pasó realmente. En unos pocos días Crouch estará muerta y tus padres liberados y esta noche será menos que un mal recuerdo.
Y mientras salía de la habitación y regresaba a su cama, ayudado por Valerie, pensó “Eres mío, Livius Black. Ahora hay dos cadenas que te atan a mi causa: tu culpa por lo que me hiciste y tu amor por Alcyone. Estarás conmigo hasta el final”.
Escrito en La guerra de las perlas | 62 Comentarios »
Estoy de excelente humor. Ayer tuve una clase con mis alumnos en la que, a pesar de que duró una hora en vez de dos (o quizá debido a eso, quién sabe), logré desempeñarme mejor de lo habitual. Ayer también escribí de un tirón las últimas 1.700 palabras del capítulo (antes solo había llegado a escribir la charla entre Albus y Ash). Y además tuve el placer de escuchar por radio —estoy de minivacaciones en La Plata, y me estoy alojando en la casa de mis abuelos, donde por ahora no hay TV— la aprobación definitiva por el Senado de la ley de SCA. Un resultado aplastante: 44 votos a favor y apenas 24 en contra. El oficialismo casi duplicó los votos de la oposición en el recinto; aún el artículo más resistido, el 161, fue aprobado por 10 votos de diferencia y no por uno o dos como se adelantaba.
Me encantó escuchar la voz del Vicepresidente de la Oposición anunciando con amargura mal disimulada: ”Queda aprobado el proyecto”.
Escrito en General | 27 Comentarios »
[NOTA 1: Este video es para todos los seguidores de Avatar.
NOTA 2: Quiero dedicarle el capítulo a Cata93, que cumplió años en mi "domingo de furia" y a Lila, que los cumplió, si mal no recuerdo, el lunes.]
Bennett:
Queremos informarte que tus padres se han ganado una estadía en el spa de Azkaban, y que actualmente se hallan compartiendo una confortable celda, muy bien atendidos por los Dementores. Si deseas poner fin a sus vacaciones forzadas, entonces debes poner fin a la vida de Albus Severus Potter. Tráenos su cadáver, o al menos su cabeza, al Ministerio y podrás reencontrarte con papá y mamá.
Albus alzó la vista de la nota y miró a Ash con preocupación.
—¿Cuándo la encontraste?
—Hace una hora, cuando fui a visitarlos. Hacía unos días que me venían pidiendo que fuese a su casa… Ya sabes que puse un hechizo anti-Aparición en todos los cuartos de la casa salvo en el sótano, para poder entrar sin ser visto. Hoy fui, y encontré el lugar revuelto, como si hubieran peleado. Había unas gotitas de sangre…
El joven hijo de muggles estaba muy pálido y parecía shockeado. Su mirada estaba perdida en la oscuridad, al otro lado de la ventana, y movía nerviosamente su rodilla sin darse cuenta.
—Cálmate. Es muy poco probable que los hayan matado: los necesitan vivos, y además tus padres no representan una amenaza ellos mismos.
—¿Cómo no se nos ocurrió? —exclamó Valerie, que parecía genuinamente amargada.
—Era imposible prever que llegarían tan lejos, pero de todos modos cometimos un error grave —dijo Albus, apesadumbrado—. Debimos sacarlos discretamente del país antes de venir.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ash.
—Por ahora, nada —respondió Albus—. Quiero que vuelvas con Liv y Alcyone. ¿Recuerdas la lista que les di? Bueno, quiero que los Aurores que están en ella mueran el 4 de mayo. Yo los contactaré con las monedas cuando llegue el momento de atacarlos.
—¿Y tomaremos el poder esa noche?
—Sí, pero todo tiene que salir bien. Ash, eres un Slytherin. Necesito que por el momento te olvides de tus padres y te concentres en la tarea que les encomendé a ti, a Livius y a Alcyone, ¿comprendes? Sé que te pido mucho, pero lo mejor que puedes hacer por tu padre y tu madre es cumplir con tu parte del plan.
El recibir instrucciones de Albus parecía tener un efecto sedante sobre Ash, que empezó a mirarlo con su habitual respeto rayano en la adoración.
—Lo haré. Haré cualquier cosa que me pidas —replicó.
—Muy bien —dijo Al afectuosamente.
—Fue idea de Dawlish, ¿no es cierto? —preguntó Ash de improviso—. Solo a ese hijo de puta podría ocurrírsele esto.
—No estamos seguros de nada, Ash, pero probablemente sea él.
—Quiero verlo muerto, Al.
—No te preocupes, él morirá el 4, junto con todos nuestros enemigos —lo tranquilizó Albus.
—Quisiera hacerlo yo…
—No. Te necesito para ocuparte de esos Aurores. Pero te prometo que morirá.
—¿Quién se ocupará de él? —insistió Ash.
—Sabes que no puedo decírtelo. Si cayeras en manos del enemigo…
—¡Vamos, Al, sabes que no podrán quebrarme! —protestó Ash, pero Albus le apoyó ambas manos en los hombros.
—Necesito que entiendas esto, ardilla —le dijo cariñosamente—. Todos pueden quebrarse —añadió, poniendo énfasis en cada palabra—. Incluso yo. No hay nadie tan duro que pueda resistir un interrogatorio eficaz. Por eso la única forma en que ganaremos esta guerra es cuidando cada pieza de información como si fuese una pepita de oro.
“Falta muy poco. Dentro de cinco días, habremos tomado el poder y no solo estarás de vuelta con tus padres, sino que te daré todo lo que quieras. Cualquier puesto de trabajo que quieras ocupar, dinero, bebidas, mujeres…
Ash se sonrojó un poco al oír lo último, y Albus le dio una palmada.
—Ganaremos, Ash. Crouch será derribada, Dawlish será derribado, y nosotros seremos quienes demos las órdenes. Todos esos pezzonovantes del Ministerio estarán bailando al son de nuestra musiquita en menos de lo que canta un gallo.
***
Una hora después, Albus y Valerie estaban cenando en un restaurant chino del que se habían convertido en clientes habituales en las últimas semanas. A Albus le gustaba mucho el ambiente íntimo del lugar, con luces rojizas que iluminaban suavemente las mesas; otro punto a favor era la música para nada estruendosa que ponían. Y, pese a que en lo culinario solía ser más conservador que en todos los demás aspectos de su vida, se había habituado al sabor de la comida, aunque aún no dominaba el arte de comer con palitos.
—Al, no me gusta nada todo esto —dijo Valerie, que había estado bastante callada durante la cena. Albus miró con curiosidad a su novia, que en esos momentos parecía una señora de mediana edad por efecto de la poción envejecedora que usaban para disimular sus identidades a los muggles.
—¿Por qué dices eso?
—Hay demasiadas cosas que pueden salir mal —opinó la bruja—. Crouch y tú estarán en medio de centenares, quizá miles de muggles. ¿Cómo sabes que no matarás o herirás a ninguno? ¿O que no lo hará ella?
—Ella no alcanzará a hacer nada, Valerie. Estará demasiado absorta en la obra como para darse cuenta hasta que sea tarde. Esa es la belleza del plan.
—¿Y Dawlish? Si él sobrevive, todos nuestros planes se vendrán abajo. Se convertirá en el nuevo ministro, y la masacre de los Aurores partidarios de Crouch no hará más que beneficiarlo.
—¿Tan poca confianza te tienes? ¿No piensas que Isaac y tú puedan con él?
—No es eso. Pero… no lo sé, tengo un terrible presentimiento acerca de todo esto.
—Si te tranquiliza, haré que Jezzie Smith participe. Ella es una gran duelista; contigo e Isaac ayudándola no pueden perder.
Valerie frunció casi imperceptiblemente el ceño.
—Está bien, Albus, no es necesario que Jezebel se involucre. Isaac y yo bastamos para eso.
—Excelente —dijo Albus, tomando un trago de sake y poniéndose de pie para ir al baño. Cuando Valerie no podía verlo, esbozó una sonrisa sardónica. No había mejor manera de hacer que Valerie hiciera algo que sugerir la posibilidad de que otra mujer pudiese hacerlo mejor. Sobre todo Jezzie.
***
Pese a que el restaurant estaba atiborrado de gente, el baño de varones estaba desierto. Albus se había acostumbrado a notar esos detalles aparentemente insignificantes con el paso de los años, por lo que revisó atentamente el baño buscando a algún mago o bruja escondido, o cualquier artefacto de artes oscuras. Cuando tuvo la certeza de que estaba solo, y de que tenía la varita a mano, se desabotonó la bragueta y empezó a orinar.
Aún no había terminado cuando escuchó abrirse la puerta del baño.
Era Livius. Y tenía la varita en la mano.
—Liv, qué agradable sorpresa —dijo Albus, sacudiendo el pene para librarse de las últimas gotitas de orina. Giró hacia él y se metió el miembro dentro de los calzoncillos frente a sus ojos, en un gesto de obsceno desafío. Livius ni siquiera se molestó en escribirle una nota, sino que alzó la varita y le apuntó, aunque ningún hechizo salió de ella. Era evidente que estaba esperando que su amigo hiciera lo mismo.
—¿Has venido a matarme? —preguntó Albus seriamente, y Livius asintió—. Bueno, si tengo que morir ahora me alegro de que sea así. Solamente lo lamento por ti.
Livius alzó las cejas con curiosidad.
—Te conozco muy bien, Liv. Mejor, quizá, de lo que te conoces a ti mismo. Tal vez solo la querida Alcyone te conozca mejor que yo.
“Sé que eres un hombre honorable, y por eso, si bien decidiste matarme, has optado por hacerlo en un duelo, frente a frente. Podrías haberme envenenado o atacado por la espalda, pero te estás arriesgando a que yo te mate.
“Sé que eres un hombre inteligente, y por eso, apenas Ash les contó a Alcyone y a ti que sus padres habían sido arrestados, debes haber deducido que los tuyos estaban también en peligro. Pero como eres un hombre sagaz, decidiste esperar a que Ash se fuera a avisarme para ir a la casa de tus papás. Supusiste que si el Ministerio se los había llevado, lo había hecho para extorsionarlos a Ash y a ti, y como sabías que Ash era demasiado leal como para tratar de matarme, era también demasiado leal como para ocultarme que tus propios padres habían sido víctimas de la misma medida.
“También sé lo celosamente protectivo que eres con tus seres queridos, y lo mucho que eso suele nublar tu juicio. Porque de haber pensado las cosas racionalmente comprenderías que lo que estás a punto de hacer es peor que una traición: es un error.
“¿De veras crees que Crouch y Dawlish te dejarán vivir? Puede que liberen a tus padres, para ahorrar celdas en Azkaban, pero a ti te asesinarán apenas te presentes en el Ministerio con mi cadáver… o mi cabeza, no sé qué preferirás llevarles. O bien te encarcelarán y te usarán de rehén para que Alcyone se entregue… después de matar a Valerie o a algún otro. Y finalmente los matarán a los dos, o les darán el Beso del Dementor.
“La única forma en que puedes reunirte con tus padres es que mi plan triunfe. En unos pocos días Crouch morirá, Dawlish morirá y el Ministerio será nuestro. Y en mi caso puedes tener la certeza de que soltaré a tus padres.
“Pero si me matas, serás responsable de muchísimas otras muertes. Pues cuando yo haya muerto, la prioridad del Ministerio pasará a ser eliminar a todo aquel que haya participado en mi ejército. Alcyone, Valerie, Ash, Agamenón, LR, Scor, LW, quizá también Isaac, salvo que consiga ocultar muy bien su papel… Y tú, por supuesto.
El rostro de Livius estaba imperturbable. Ya había tomado su decisión.
—¿Nada? —preguntó Al, y tras esperar unos segundos suspiró y sacó su propia varita. Le hizo una reverencia a Livius, que su amigo correspondió.
Livius no tardó en atacar con un Avada Kedavra. Albus arrancó la puerta de uno de los cubiculos de los inodoros y la usó como escudo, pero la maldición le hizo un agujero y continuó su trayectoria hacia su rostro. Albus debió rodar al suelo para esquivarla.
—¡Petrificus totalus! —gritó Albus, pero Livius detuvo el hechizo con un Protego y le lanzó otro Avada Kedavra. Albus materializó un escudo de acero y lo usó para frenarlo, aunque el golpe de la maldición sobre el escudo le dejó un feo moretón en el brazo. Livius hizo aparecer una espada en su mano y la descargó sobre Albus, pero el joven, que seguía en el suelo, volvió a interponer su escudo, atajando el primer golpe. Aprovechó un descuido de Livius para golpearlo en la boca con el escudo, arrancándole un incisivo y atontándolo un poco.
Eso le permitió a Albus ponerse de pie y dispararle un Desmaius. Livius lo desvió haciéndolo chocar contra otro hechizo y volvió a probar con la Maldición Asesina, pero Albus ya se había vuelto diestro en el uso del escudo y lo detuvo fácilmente, aunque de nuevo con gran dolor. Estaba más enojado que antes con Livius, por lo que lo atacó con un Cruciatus. Sorprendido por el cambio en la estrategia de su amigo, Livius no logró esquivar o desviar de su curso la maldición y fue alcanzado, pero el entrenamiento de Durmstrang ya lo había vuelto muy resistente y logró sobreponerse y lanzarse sobre Albus, buscando atravesarlo con su espada.
Albus puso su escudo en el medio, y cuando Livius intentó golpearlo en el costado, dio un salto prodigioso hacia atrás merced al cual no fue cortado. Ya totalmente encolerizado le lanzó un Incendio, pero Livius apuntó su varita hacia un inodoro, lo hizo estallar y utilizó el chorro de agua que comenzó a salir como barrera protectora. En un hábil movimiento envolvió las llamas en un torbellino de agua y las extinguió. Pero Albus no permaneció impasible mientras Livius hacía eso.
—¡Expelliarmus! —rugió.
La varita de Livius salió volando hacia él y la atrapó en el aire. De inmediato el agua dejó de girar en el aire y cayó al suelo, salpicando a ambos magos. Albus se apresuró a emplear la varita de su amigo para hacer desaparecer su espada y el escudo y para reconstruir el inodoro.
—¿Ya has tenido suficiente, Liv?
Livius le lanzó una mirada feroz.
—¡Vamos! ¡Tengo tu varita, maldita sea! ¡Se terminó! ¡Gané!
El muchacho mudo dio un paso hacia él, sin perder el gesto belicoso.
—¿Qué piensas hacer? —preguntó Albus. Él mismo advirtió que se estaba poniendo nervioso y decidió cambiar de tono— ¿Vas a ladrar, perrito, o vas a morder?
Pero Livius no reaccionó ante la bravuconada enojándose más de lo que estaba, como Al creyó que haría, sino que sonrió por primera vez en toda la noche. Se encorvó hasta apoyar las manos en el suelo y comenzó a transformarse en lobo, sin dejar de mirar a Albus a los ojos.
—¡Oh, mier…! —fue todo lo que alcanzó a decir Albus antes de que Livius saltara sobre él, o para ser más precisos, sobre su mano izquierda, la que sostenía su varita. El lobo clavó sus dientes en la carne, forzando a Albus a dejar caer su varita. Al le apuntó con la varita que le había arrebatado y que sostenía en su mano derecha, pero Livius lo soltó y se alejó antes de que la maldición lo alcanzase. Había ya utilizado su pata para empujar la varita de Albus lejos de su alcance.
Livius estaba ahora a tres o cuatro pasos de Albus, mostrándole los dientes rojos de sangre, de esa misma sangre que salía ahora de su mano. Al quería utilizar la varita que le quedaba para curarse las heridas que le había producido Livius, pero no quería bajar la guardia.
—¡Avada Kedavra! —gritó por primera vez. Livius corrió hacia él y la maldición pasó a centímetros de su lomo. Albus esperaba que el lobo le mordiese la mano y cerró el puño para golpearlo con todas sus fuerzas apenas lo intentara, pero Livius mordió la varita, quebrándola en tres pedazos con sus poderosas mandíbulas.
Al había quedado desarmado. No podía ver adónde había arrojado Livius su varita, por lo que decidió tratar de escapar. Corrió ciegamente hacia la puerta, pero Livius le saltó encima antes de que pudiera siquiera acercarse. Al sintió que algo se desgarraba en su brazo.
Livius ya lo había soltado y se había alejado, aunque seguía interponiéndose entre él y la puerta; ya tenía todo el hocico empapado de sangre. Intentó dar un paso, pero de repente se sintió muy débil y cayó al suelo. Livius se le acercó cautelosamente.
El hijo de Harry Potter vio que de la herida que Livius le había abierto en el brazo manaba sangre copiosamente. Y pese al horror de la situación que estaba viviendo, un recuerdo lo asaltó y no pudo evitar reírse.
—Nunca hubiera imaginado que Kim Basinger y tú tuvieran algo en común, Liv —dijo, sonriéndole al lobo—. Ambos prefieren… la arteria… braquial…
No quiso seguir viendo a Livius Black, sino que miró a las blancas luces fluorescentes del techo hasta que todo se volvió oscuro.
“¿Esto es la muerte?”, pensó.
[NOTA 3: Al que adivine el significado de la referencia a Kim Basinger que hace Albus al final lo premiaré respondiéndole cuatro preguntas]
Escrito en La guerra de las perlas | 183 Comentarios »


































































