Feeds:
Entradas
Comentarios

Taming

Taming no es una historia muy nueva que digamos (su autor/a comenzó a escribirlo en enero y terminó en abril), pero de todos modos me parece muy recomendable, en especial para l@s que estuvieron quejándose del “exceso de sexo” de mi historia. Si saben inglés, léanla y luego vengan a disculparse, porque en comparación mi fanfic es un cuento de los hermanos Grimm.

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Epílogo

La vida nueva

[NOTA: Deseo dedicarle este capítulo a Sofiiee!, ya que hoy es su cumpleaños.]

El joven squib Albus Severus Potter fue despertado por la luz del sol del mediodía, que se colaba entre las cortinas de su dormitorio, en el número doce de Grimmauld Place. Tenía una jaqueca monumental, producto de todo el whisky de fuego que había bebido a escondidas la noche anterior. El chico no conseguía recordar qué había ocurrido después del tercer o cuarto trago que había tomado de su petaca, pero tenía la esperanza de que no hubiese vomitado. No tenía ese sabor agrio en la boca, pero de todos modos hacía falta comprobarlo, por lo que Albus se desperezó y examinó con cuidado las sábanas y el suelo. No, no había vomitado. No era precisamente una noticia que bastara para alegrarle el día, pero era bueno.

Al se levantó de la cama, se acomodó los calzoncillos -la única prenda que llevaba, ya que había estado demasiado borracho como para ponerse el pijama-, y se puso a recoger su ropa del suelo. Su madre siempre lo regañaba por dejarla en el piso en vez de encima de la silla, ignorando o fingiendo ignorar el hecho de que su hijo no solía estar en condiciones de acordarse de ese pequeño detalle cuando se desvestía para ir a la cama. Toda la familia Potter le hacía la vista gorda a Albus en lo que se refería a la petaca de whisky de fuego que guardaba en su habitación y de la que bebía casi religiosamente todas las noches antes de dormir (aunque la verdad es que bebía para dormir). Como se embriagaba en la privacidad de su cuarto, cuando nadie podía verlo, y por las mañanas estaba más o menos presentable, los Potter simulaban que todo estaba bien.

La vida de Albus era por esos días bastante chata y tediosa. La única actividad más o menos estimulante a la que se dedicaba eran sus encuentros con una profesora privada. El objetivo era darle a Albus una instrucción adecuada para que en septiembre de 2023 se incorporase a una escuela secundaria muggle junto a otros chicos y chicas de su misma edad. Lo interesante del caso era que Albus no podía traer a esa profesora muggle a su casa, pues hubiera quedado bien claro que su familia estaba compuesta por magos. Así que a Harry se le ocurrió una idea costosa pero brillante: comprar un departamento y fingir que Albus vivía allí junto a unos padres que trabajaban mucho y que lo dejaban solo casi todo el día. De manera que todos los días de semana, alrededor de las tres menos cuarto de la tarde, Albus salía de su verdadero hogar mágico para ir a su falso hogar muggle. Aproximadamente a las tres y media, cuando el adolescente ya había llegado al departamento y lo había acomodado un poco, la profesora llegaba para darle clases a quien creía que era un hijo único.

Albus era en general un buen alumno. Tenía una facilidad asombrosa para Historia y Lengua, en Geografía y Ciencias Naturales era un poco más lento pero competente, pero en Matemáticas tenía varias dificultades. No obstante, la profesora insistía en que su problema no era imposible de resolver.

-Lo que te pasa, Al -repetía ella con frecuencia- es que te cuesta comprender las reglas del juego, pero cuando consigo que esa cabecita tuya las asimile, sabes usarlas bien.

Normalmente, siendo la profesora una mujer culta y simpática, Al y ella se habrían hecho muy amigos. No obstante, el caracter de Albus no era en aquellos momentos el más propicio para cultivar nuevas amistades. No trataba mal a su profesora, pero mantenía las distancias.

Ese día, tras almorzar con su madre (su padre y su hermano James almorzaban en el Ministerio), se duchó y salió de su casa con destino al departamento. Para ser más precisos, el departamento era su destino final pero no único. Algunas veces Albus iba más temprano para poder pasear por el centro de la Londres muggle. Al chico le gustaba caminar por los parques de la ciudad y no pensar en nada concreto durante una hora o dos, para luego ir a encerrarse en el departamento con su profesora.

Como ella había decidido que su nivel ya era el adecuado en todas las demás materias, dedicaron aquella tarde exclusivamente a las matemáticas. Al tuvo que quedarse durante las siguientes cuatro horas estudiando las ecuaciones con más de una incógnita. Finalmente llegaron las siete y media de la tarde y Albus pudo despedirse de ella. El muchacho esperó unos quince o veinte minutos y se fue del departamento. Sabía que en su hogar lo esperaba una cena en compañía de Harry, Ginny y James, durante la cual el tema de conversación predominante serían los asuntos del Ministerio en general y de los Aurores en particular, y el Quidditch. Albus comería en silencio y subiría a su cuarto a emborracharse nuevamente.

“¿Cómo terminé así?”, pensó mientras recorría las calles que lo llevaban a su casa. “¿Cómo mierda terminé así? ¿Merezco esto que me está pasando? ¿Merezco ser un squib y llevar una existencia anodina y olvidable por el resto de mi vida? ¿Fui demasiado orgulloso? ¿Estoy siendo castigado?”

“¡NO! ¡No me lo merezco en absoluto! Sí, fui orgulloso, pero tenía motivos para serlo. Mi poder es mas grande que el de todos los magos y brujas de mi generación. O al menos lo era. Hubiese podido llegar más lejos que muchos magos legendarios. Pero alguien truncó mi carrera. ¡Qué crueldad más refinada! Podría haberme matado, pero prefirió condenarme a algo peor que la muerte. Soy como uno de esos griegos antiguos, que preferían la muerte a ser desterrados de su polis. Porque para ellos ser ciudadanos de Atenas o de Tebas o de Corinto o de Esparta era más valioso que su vida. Su polis era su vida. Pues bien, mi magia era mi vida y me la quitaron. ¡Y jamás se los perdonaré! ¡Jamás! ¡Cuando los encuentre los aniquilaré a todos, poco a poco! ¡Los destrozaré, les quitaré todo lo que los hace humanos y los obligaré a suplicarme que los mate!”

Inmerso en sus pensamientos, Al llegó al número doce de Grimmauld Place y no notó que todas las luces estaban apagadas hasta que cerró la puerta y se vio sumido en la más absoluta oscuridad.

“¿Qué habrá pasado?”, pensó el chico con un poco de preocupación. Era raro llegar a su casa y encontrarla así de oscura y silenciosa. Caminó lentamente hacia la puerta del comedor y la abrió. La habitación estaba tan carente de iluminación como el vestíbulo. Quiso dirigirse al interruptor de la luz cuando escuchó una respiración. El chico se quedó paralizado. Mecánicamente llevó su mano al bolsillo donde antes guardaba su varita, y luego recordó que ya no la llevaba encima. Dio un paso hacia atrás, listo para salir corriendo, cuando de pronto las luces se encendieron.

-¡SORPRESA! -gritaron veinte voces al unísono.

Albus se quedó boquiabierto al ver que el comedor estaba lleno de gente. Debido a que la luz lo deslumbró un poco, no pudo identificarlos hasta que sus ojos se acostumbraron. Los primeros tres a los que vio fueron sus padres y James. Ginny sostenía algo en las manos, pero Albus no le prestó atención. Los siguientes a los que vio fueron sus abuelos Molly y Arthur, sus tíos George, Bill, Percy y Ron, sus tías Angelina, Fleur, Audrey y Hermione y sus primos Victoire, Fred y Roxanne. Un poco más atrás estaban sus padrinos Neville y Hannah, Teddy Lupin y Andrómeda Tonks.

-Feliz cumpleaños, hijo -dijo Ginny, sonriendo, mientras se acercaba y le mostraba lo que tenía en las manos: una torta de chocolate.

-Eh, eh… -balbuceó Al-. ¿Era hoy?

-¡Claro que era hoy! -exclamó Ginny, riéndose y poniendo la torta encima de la mesa- ¡Eres tan olvidadizo como tu padre! -bromeó mientras lo abrazaba y besaba en la mejilla.

Albus permaneció callado, con la mente en blanco, mientras era saludado por toda su familia. Como si fuera un autómata, se aproximó a la mesa y escuchó mientras todos cantaban “Que los cumplas feliz” una y otra vez. Ginny fue poniendo las velas en la torta una por una, y Al las fue contando ausentemente.

“Diecisiete”, pensó. “Tengo diecisiete años. Soy legalmente mayor de edad. Puedo hacer magia casi sin limites fuera de Hogwarts… pero no puedo. Soy un squib. ¡Un miserable squib! ¡Y estos estúpidos me hacen una fiestita! ¿Qué carajo hay para festejar? ¿En qué mierda estaban pensando?”

-Vamos, Al -dijo Harry-. Sopla las velas.

El muchacho salió de su letargo. Miró a su alrededor, desconcertado, y luego bajó la vista hacia la torta que su madre le había preparado. Normalmente le habría parecido muy apetitosa, pero cuando la vio no pudo evitar despreciarla. Le parecía tonta e infantil, con sus 17 velitas celestes (”hubieran combinado mejor con el chocolate si hubieran sido verdes”, pensó) y con su “FELIZ CUMPLEAÑOS AL” escrito con crema. Deseó estamparla contra la pared.

Apenas pensó eso, la bandeja sobre la cual estaba la torta se deslizó por la mesa, alejándose de él y aproximándose al borde. Y antes de que alguien pudiera hacer algo, cayó. Por fortuna George, que estaba parado allí, reaccionó con rapidez y pudo evitar que la bandeja llegase al suelo.

Toda la familia se quedó en silencio. Las miradas de todos iban de la torta a Albus y de Albus a la torta. En el rostro del chico se fue dibujando una sonrisa, la primera sonrisa auténtica que le veían desde el primero de septiembre del año anterior.

-Te felicito, tío -dijo Albus, rompiendo el silencio y dirigiéndose a George-. Evidentemente tus años como jugador de Quidditch te han dejado buenos reflejos. Habría sido una pena que el magnífico trabajo de mi madre se arruinara de esa manera, ¿no?

-¿Tú…? ¿Tú hiciste esto? -preguntó Arthur, pasmado.

-Parece que sí -replicó Al, mientras su sonrisa se ensanchaba.

-Es… ¡es maravilloso! -exclamó Harry.

-Sí. Y también significa que tengo que irme del país esta misma noche.

Y, ante las miradas azoradas de sus padres, abuelos, hermano, primos, tíos, abuelos, padrinos y amigos, Albus salió corriendo con destino a su dormitorio.

“¡África, allá voy!”, pensó mientras subía las escaleras a los saltos.

El adiós

[NOTA: Este capítulo puede parecerles corto, pero se ajusta al mínimo de 1.200 palabras que me autoimpuse. También representa el final de una etapa y el comienzo de otra en la historia de nuestro querido Albus. He decidido que esta nueva parte del relato se llamará Los desvíos.]

Cuando Albus despertó, las dos únicas personas que estaban en aquel momento a su lado eran su madre y la señora Pomfrey. Ninguna de las dos quería tener que ocuparse de la desagradable tarea de explicarle lo que le había ocurrido, por lo que se apresuraron a llamar a Harry. El padre de Al le relató lo sucedido y sus consecuencias con calma, pero visiblemente nervioso.

-Quiero mi varita -fue lo primero que dijo Albus cuando Harry concluyó su historia.

-No creo que…

-Quiero mi varita -repitió, poniendo mayor enfasis en esas tres palabras. Con un suspiro, Harry se levantó de la silla y se dirigió al armario en el que habían guardado las ropas que Albus tenía puestas cuando tomó el Nullum Potens. En el bolsillo de sus jeans encontró la varita y se la llevó a su hijo. Albus la tomó con delicadeza, como si temiera romperla, y dijo suavemente:- Lumos.

No ocurrió nada.

Harry, Ginny y la señora Pomfrey tomaron aliento, como si temiesen que Al estallase en cólera. Sin embargo, el muchacho no pareció enfadarse. Miró la varita con tristeza por unos instantes y luego la depositó en la mesita de luz.

-¿Podrían recoger mis cosas? -dijo, dirigiéndose a sus padres.

-¿Tus cosas? -preguntó Ginny, sorprendida- ¿Para qué?

-Pues para irme de Hogwarts -dijo Albus tranquilamente-. Soy un squib. No puedo quedarme aquí.

-¡Pero hijo, ¿crees que van a echarte del castillo…?! -exclamó Harry.

-No, no van a hacerlo, eso lo tengo claro. Soy yo el que quiere irse. Este no es mi lugar.

-No tienes que hacerlo enseguida -insistió Harry-. Al menos tendrías que pasar la noche aquí, despedirte de tus amigos…

-Solo quiero intercambiar algunas palabras con Scorpius y marcharme -lo interrumpió Albus-. Reunan mis cosas y pídanle que venga a verme.

***

De muy mala gana, los padres de Albus obedecieron. Ginny y Harry bajaron a las mazmorras, recogieron todas las pertenencias de su hijo, las guardaron en el baúl y le indicaron a Scorpius que fuese a la enfermería a hablar con Al.

Scor sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas al ver a su amigo. Los tres días en coma lo habían dejado más pálido y demacrado que antes, pero eso no era lo terrible en su aspecto. Sus ojos y rostro mostraban una expresión indiferente, vencida, como si su luz se hubiera extinguido. Albus le devolvió el abrazo, pero no pareció conmoverse al ver a Scorpius.

-Quiero que le digas a los chicos que pueden escribirme todo lo que quieran, pero que preferiría que no me visitasen.

-¿Eso me incluye a mí? -preguntó Scorpius.

-Sí -respondió Albus con calma-. Ustedes son magos, yo soy un squib. No hay lugar para mí en sus vidas.

-¡No digas eso! -dijo Scor, pero Albus no le permitió continuar.

-Scor, las cosas son así. Los aprecio muchísimo a todos, pero no pertenezco a Hogwarts ni tampoco al mundo mágico en general. Estaré con mis padres por un tiempo, pero en cuanto pueda emanciparme me iré a vivir entre los muggles.

-¿Por qué nos haces esto? -preguntó Scorpius, por cuyas mejillas ahora corrían las lágrimas que había intentado reprimir. Albus clavó sus ojos verdes en los grises de su mejor amigo.

-No es porque no los quiera, si eso es lo que estás pensando. En realidad, es por todo lo contrario: los quiero demasiado, y si estuviera mucho tiempo con ustedes acabaría por resentirme ante el hecho de que yo he perdido los poderes que ustedes tienen. Créeme, conozco muy bien mi propio corazón -concluyó Albus con serenidad-. Solo quiero que me hagas un último favor: baja a la Cámara Secreta y dile a Godric que ya no tiene que servirme. Dile que es libre.

***

Al había recuperado la conciencia a las nueve y media de la mañana, aproximadamente. Como estaba decidido a abandonar el colegio discretamente, eligió esperar hasta las doce, cuando todos estarían almorzando, para irse.

Vestido con ropas muggles, el adolescente bajó por las escaleras hasta el vestíbulo, donde lo esperaban sus padres, sus hermanos James y Lily, su padrino Neville y la directora Crouch. Peeves, que andaba rondando por ahí, vio al joven Albus, comprendió que planeaba irse del castillo sin que nadie lo notase y consideró la posibilidad jugarle una broma similar a la que le había jugado a Dolores Umbridge en 1996, cuando ella también trató de irse de Hogwarts en secreto. No obstante, una sola mirada a la cara de Albus le basó para abandonar su plan. Había cosas más divertidas que atormentar a aquel chico.

-Albus -dijo Servilia cuando acabó de descender las escaleras-, no tienes idea de lo mucho que lamento verte partir de esta manera. Sé que tuvimos algunas diferencias en el pasado, pero siempre te consideré un alumno de gran talento.

-Gracias, profesora -replicó Albus apáticamente-. ¿Nos vamos?

Harry asintió y con un movimiento de varita hizo levitar el baúl de su hijo y salió del colegio junto a su esposa y a James. Lily y Neville abrazaron cariñosamente a Albus y Servilia le dio la mano, para luego retornar a su despacho. Al se disponía ya a seguir a sus padres al exterior del castillo cuando una voz conocida lo detuvo.

-¡Albus, espera!

Al se dio vuelta y vio con gran sorpresa a Valerie correr hacia él. Neville y Lily, piadosamente, no hicieron ninguna pregunta sino que se dirigieron al comedor, dándole privacidad a la pareja. Albus contempló a Valerie, tratando de retener esa imagen suya en su memoria.

-¿Vas a irte? -preguntó la joven, intentando mantener una expresión impasible.

-Sí. ¿Cómo lo supiste?

-Tu amigo Scorpius me lo dijo.

-¿Cómo se enteró de lo nuestro? -preguntó Al, sorprendido.

-Le bastó ver mi cara cuando te llevaron a la enfermería -replicó ella.

Los adolescentes se quedaron en silencio por un rato.

-¿Piensas volver?

-Nunca. A menos que recupere mis poderes y vuelva a ser un mago, y eso es imposible.

-¿Nos volveremos a ver? -preguntó Valerie, y Al notó que le temblaba el labio inferior.

-No lo sé -respondió el chico.

Valerie se acercó a él y pareció querer besarlo en los labios, pero reprimió ese impulso. Luego tomó la mano izquierda de Albus. Los jovenes permanecieron así, agarrados de la mano, durante lo que les pareció una eternidad. Finalmente, Al llevó la mano de su novia a la altura de su rostro y la besó dulcemente.

-Tengo la esperanza de que nos reencontremos algún día -añadió Albus mientras soltaba la mano de Valerie-. Es irracional, pero ¿cuándo la esperanza es racional? Entretanto, ¿podría pedirte algo?

-Lo que quieras.

-Haz las paces con tu hermano. No puedes odiarlo solamente por amar a alguien que a ti no te gusta.

Valerie no contestó, pero Albus ya la conocía lo suficientemente bien como para darse cuenta de que estaba dispuesta a hacer lo que él le pedía. El muchacho se dio vuelta bruscamente y salió de Hogwarts con paso decidido. Afuera lo esperaba uno de los carruajes tirados por thestrals de Hagrid, listo para llevarlo junto a sus padres fuera de los terrenos del colegio. Albus no quiso ver el castillo por última vez.

“Regresaré”, pensó, mientras mantenía la vista al frente. “Aunque para eso tenga que nadar en un mar de sangre, volveré a ser un mago y retornaré a Hogwarts. Es mi derecho”.

Nullum Potens

-¿Conocen la historia de la bruja Medea? -preguntó Slughorn cuando todos estuvieron reunidos en el despacho de Servilia Crouch.

-Recuerdo que el profesor Binns la mencionó en algunas clases de Historia de la Magia, pero… -Harry se enrojeció- bueno, casi nadie le prestaba atención. Nunca fui muy bueno en esa materia.

-Yo tampoco -admitió Ginny.

-Yo sí la recuerdo -dijo Rose casi mecánicamente, como buena hija de su madre-. Ella era una princesa del reino de Cólquide, en el extremo oriental del Mar Negro. Cuando los tripulantes de la nave Argo llegaron a su país para recuperar el Vellocino de Oro que había sido robado a Zeus décadas atrás, ella se enamoró de su líder, Jasón, y traicionó a su padre Eetes ayudándolos a robarlo. También secuestraron a Apsirto, el hermano menor de Medea, y cuando se vieron perseguidos por la flota de Eetes, ella lo asesinó y fue arrojando sus extremidades por la borda, una tras otra, obligando a Eetes a detener su marcha para darles sepultura.

“Cuando acabaron sus aventuras, Jasón y Medea se establecieron en Grecia como reyes de Corinto. Pasaron unos años, durante los cuales tuvieron tres hijos, pero luego Jasón se enamoró de otra mujer, se divorció de Medea y se casó con ella. En venganza, Medea envió un vestido hechizado a la nueva esposa de Jasón, que se prendió fuego cuando ella se lo puso, tras lo cual asesinó a sus dos hijos más jóvenes y escapó en un carruaje tirado por serpientes voladoras…

-¿Eso es todo, Weasley? -inquirió con sorna el retrato de Snape, que había escuchado a la hija de Hermione y Ron con gran atención- Estoy al tanto de que Binns les enseña solo una versión de la historia de Medea, pero aún así me resulta llamativo que no te hayas informado acerca de las demás versiones.

Rose, sorprendida, se sonrojó.

-Bien, Severus, dado que tú pareces conocer la versión completa -dijo Harry con calma-, me gustaría oírla.

-Como quieras, Potter. En primer lugar, Apsirto no era un niño, como parecía indicar el relato de Weasley, sino un hombre adulto. Enviado por Eetes en persecución de Jasón, alcanzó al Argo en la desembocadura del Danubio, por lo que los argonautas convinieron en desembarcar a Medea en una isla cercana consagrada a Artemisa, dejándola a cargo de una sacerdotisa durante unos días; entretanto el rey de los brigios juzgaría el caso y decidiría si debía volver a su patria o seguir a Jasón hasta Grecia, y en poder de quién quedaría el Vellocino de Oro. Pero Medea envió un mensaje privado a Apsirto, fingiendo que la habían raptado por la fuerza y pidiéndole que la liberara. Esa noche, cuando él desembarcó en la isla y con ello violó la tregua, Jasón lo siguió, lo acechó y le dio muerte por la espalda. Luego cortó las extremidades de Apsirto y chupó tres veces parte de la sangre derramada, para luego escupirla; hizo todo esto para impedir que su fantasma lo persiguiera y no para retrasar a Eetes, que de hecho continuaba en Cólquide esperando los resultados de la misión de su hijo.

“Otra cosa que Weasley olvidó consignar en su historia es cómo fue que Medea se convirtió en reina de Corinto. Sucede que el trono de Corinto le correspondía a Eetes, y que por tanto ella tenía derecho a ser reina de aquel país por nacimiento. Jasón solo fue rey de Corinto por su matrimonio con Medea. Lo que también olvidó Weasley es que la pareja tuvo cinco hijos, no tres. Los dos menores eran los más queridos por la reina.

“Pues bien, deben comprender que al divorciarse de Medea y conservar la corona de Corinto, Jasón estaba cometiendo una terrible violación de las leyes. Jasón era rey consorte de Corinto, y no podía actuar como si fuese rey por derecho propio. No solo estaba deshonrando a Medea al abandonarla por una mujer más joven, sino que también estaba destronándola. No obstante, también hay que decir en “favor” de Jasón que la mujer por la que dejó a Medea no era cualquier mujer: se llamaba Glauce, y su padre era Creonte, el rey de Tebas. No solo era una alianza muy provechosa entre Corinto y Tebas, sino que también le brindaba a Jasón la posibilidad de reclamar eventualmente la corona de su suegro. Así que tanto lo que hizo Jasón como la venganza de Medea tuvieron un componente político tanto o más fuerte que el pasional.

“El vestido embrujado que le envió Medea a Glauce no solamente la mató a ella sino también a los dos hijos mayores y a Creonte. Jasón y el tercer hijo, Tésalo, sobrevivieron a las llamas. Eso permitió que el dramaturgo Eurípides, sobornado por los corintios, escribiese que Medea había asesinado a dos de sus hijos, lo cual en cierto sentido era verdadero, pero no del todo. Porque Eurípides la acusa de matar a sus dos hijos menores, y eso es completamente falso.

“La verdad es que los dos hijos menores de Medea fueron asesinados por los propios corintios. Medea se había ido a vivir al templo de Hera cuando Jasón se divorció de ella, y cuando la noticia del incendio causado por el vestido se difundió, el populacho corintio se enfureció, atacó el templo y lapidó a los dos niños. De modo que en una sola jornada Jasón y Medea perdieron a cuatro de sus cinco hijos. Posteriormente, cuando Eurípides escribió la obra de teatro Medea, en la que se narran los acontecimientos, la ciudad de Corinto lo sobornó con unos 375 kilos de plata para que hiciera aparecer a Medea como la asesina de sus dos hijos más jovenes.

-¿Y qué ocurrió después? -preguntó Ginny, un poco impresionada por la historia.

-Medea escapó de las manos de los corintios (de paso, esas “serpientes voladoras” de las que habló Weasley no eran otras que thestrals) y se refugió en Atenas. Allí se casó con el rey Egeo y tuvo un hijo con él llamado Medeo. Más tarde apareció en la ciudad otro hijo de Egeo llamado Teseo, y por ser mayor que Medeo logró que su padre lo convirtiese en heredero del trono. Medea trató de envenenar a Teseo pero fracasó, tras lo cual utilizó sus poderes para escapar junto con su hijo, “envuelta en una nube mágica”. O sea que se Desapareció.

-¿Y adonde fue entonces?

-Pues de regreso a Cólquide. Su padre había muerto y el trono había sido usurpado por el cuñado de Eetes, Perses. Medea lo expulsó del trono y se convirtió en reina. Gobernó exitosamente durante muchos años y luego fue sucedida por Medeo. Y aquí concluye la historia.

-No del todo, Severus, no del todo -dijo Slughorn-. De los seis hijos que tuvo Medea, por algún motivo cuatro fueron squibs. Los únicos que heredaron sus poderes mágicos fueron aquellos dos hijos menores que tuvo con Jasón, y es por eso que eran sus favoritos. Fue penoso para Medea que murieran a tan corta edad. Medeo, Tésalo y los otros dos no eran magos.

“Medeo era muy joven cuando su madre lo llevó de Atenas a Cólquide. Si bien pronto la reina-bruja comprobó que este sexto hijo era un squib, como sus hermanastros, lo trató con gran cariño y lo instruyó desde la infancia en el arte de preparar pociones, algo para lo cual como deben saber uno no necesita ser mago o bruja. La relación entre Medea y su último hijo era muy estrecha, y cuando ella murió Medeo era ya un hombre de avanzada edad (Medea, como muchas brujas, gozó de una extraordinaria longevidad). El dolor que le produjo perder a su madre sumado a la senilidad que ya lo estaba afectando hizo que se volviera loco y empezase a sentir rencor hacia los magos y las brujas, rencor originado en el hecho de no haber podido ser uno de ellos.

“De modo que lo que hizo el flamante rey de Cólquide apenas fue coronado fue enviar a sus soldados a arrestar a todos los magos y brujas de la ciudad de Ea, la capital de Cólquide. Aquella ciudad era por entonces muy grande y próspera, y el hecho de que estuviese gobernada por una bruja alentó a muchos magos a trasladarse allí y vivir en ella sin ocultar demasiado su condición, así que a Medeo no le costó detectarlos. La operación se hizo muy cuidadosamente. Los soldados entraron a sus casas mientras dormían, les quitaron sus varitas y los llevaron a los calabozos del palacio real. Solo un par logró escapar, pero afortunadamente decidieron esconderse en los barrios pobres de Ea en vez de huir del país, ya que les preocupaba la suerte de sus amigos.

“Medeo utilizó a los magos y brujas prisioneros en su palacio -unos cincuenta- como conejillos de Indias. Su objetivo era fabricar una poción que privase a los magos de todos sus poderes, convirtiéndolos en squibs. Él tenía un amplio conocimiento de las pociones, y por eso no le costó demasiado alcanzar su objetivo. Lamentablemente unos seis magos murieron como consecuencia de los experimentos fallidos del rey. El séptimo en ser sometido a la poción de Medeo fue un mago adolescente llamado Idomeneo. El muchacho bebió la poción y cayó en un coma profundo, del que salió al cabo de tres días transformado en un squib.

“Feliz por su éxito, Medeo hizo echar del palacio a Idomeneo. El chico recorrió sin rumbo las calles de Ea, y tuvo la suerte de ser reconocido por uno de los magos que se habían salvado del arresto masivo del rey. Idomeneo les contó lo que le había pasado, y los dos magos lo llevaron mediante un traslador a la isla de Eea, en el Mar Adriático. Allí gobernaba Circe, una bruja muy poderosa que era hermana de Eetes y por lo tanto tía de Medea y tía-abuela de Medeo. Circe se puso en contacto con otros magos y brujas de Grecia y lograron armar una partida cuyo objetivo era salvar a los magos prisioneros en el palacio de Medeo.

“El plan tuvo éxito. Los magos consiguieron tomar el palacio e impedir que Medeo hiciera beber su infame poción al resto de sus prisioneros. No mataron a Medeo sino que le borraron la memoria hasta el punto en que quedó incapacitado para gobernar, y los colquídeos tuvieron que entregarle el trono a su mucho más inofensivo hijo. Y, por supuesto, secuestraron todas las muestras de la poción de Medeo.

“Desgraciadamente, el mago a quien encomendaron destruirla, un hombre llamado Fineo, tenía un rencor personal hacia otro mago. Sucede que su esposa lo había abandonado por él, y Fineo deseaba vengarse. Pero el mago que le había “robado” la esposa era mucho más fuerte y poderoso. Así que Fineo decidió que la mejor manera de tomar revancha sería hacerle beber la poción de Medeo. De modo que si bien destruyó todos los frascos de poción fabricados por el rey de Cólquide, memorizó las instrucciones para prepararla antes de quemarlas.

“Fue de esa manera que la poción consiguió sobrevivir. Concebida por un squib para acabar con los magos y con las brujas, fue utilizada por los magos y las brujas en sus luchas intestinas durante siglos. Nuestras comunidades mágicas se las arreglaron para que la poción, que fue bautizada en el siglo II a. C. como Nullum Potens por un mago del país de los marsos, en Italia, permaneciera en Asia y fuera del continente europeo. Pero hay gente que tiene suficiente riqueza y contactos para contrabandear la poción desde los países en donde se la fabrica.

-¿Y eso es lo que le dieron a Albus? -preguntó Ginny.

-Hemos confirmado que sí -dijo Slughorn trístemente.

-¿Albus se convertirá en un squib? -dijo Harry.

-Así es. Eso ya deben darlo por sentado.

-¿Siempre ocurre?

-No, no siempre. Lo que tienen que comprender es que el efecto de la poción es el de debilitar al mago o la bruja que la bebe. Ese debilitamiento es tanto fisico como mágico. Ahora bien, la característica principal del Nullum Potens es que quienes lo usan no suelen desear la muerte de sus víctimas sino solo la pérdida de sus poderes.

“El Nullum Potens tiene entonces un problema: si uno se lo da a un mago o bruja demasiado joven, el debilitamiento físico que le genera puede ser extraordinariamente perjudicial. Mientras menor es la edad de la víctima, más acentuado es ese debilitamiento. La víctima no solo se convierte en un squib: muchas veces pierden la vista, quedan paralíticos o incluso mueren.

“Pero si uno se lo da a un mago o una bruja demasiado viejo, el debilitamiento físico es casi nulo, y el debilitamiento mágico se produce pero a una escala mucho menor de lo que el envenenador desea. El mago o bruja puede perder sus poderes solo temporalmente, o bien despertar con sus poderes algo reducidos, siendo incapaz de hacer hechizos avanzados.

“Es por eso que la mejor edad para que un mago sea sometido al Nullum Potens son los dieciséis años. El mago o bruja es lo bastante mayor para que la poción no ponga en riesgo su vida, pero también es lo bastante joven como para que la poción lo prive definitivamente de sus poderes. Es por eso que cuando los condicionamientos de la poción fueron difundidos en el mundo mágico, el Nullum Potens fue utilizado para venganzas entre adolescentes o bien para perjudicar más a los padres de las víctimas que a las propias víctimas -concluyó, con una expresión asqueada.

-¿Y por qué el señor Potter tuvo ese… ataque cuando tomó el Nullum Potens? -preguntó Crouch.

-Porque la poción actua en forma más traumática cuanto mayor es el tiempo que trascurre entre su fabricación y su utilización. El hecho de que el organismo de Albus haya experimentado esa reacción tan adversa al entrar en contacto con la poción indica que esta dosis de Nullum Potens fue preparada y adquirida hace muchos años.

-¿Hay alguna esperanza de que Albus no se convierta en un squib? -preguntó Ginny con lentitud.

-Ninguna. Lo siento mucho -respondió Slughorn, apesadumbrado.

Siguiente capítulo

La primera vez de Albus

El pequeño Albus Potter tenía seis meses de vida, pero era ya lo bastante inteligente como para tener algunos juguetes. Sus padres estaban a la vez sorprendidos y orgullosos de su precocidad. Para Albus, el mundo se reducía a lo que podía ver desde su cuna y lo que podía tocar con sus manos, sin contar las ocasiones en que su mamá lo alimentaba. De vez en cuando, su mamá y el hombre a quien ella llamaba Harry tenían ramas en las manos y los usaban para lanzar rayos y chispas de bellos colores que lo hacían sonreír. Albus siempre estiraba las manos cuando esto ocurría, primero hacia las luces y luego, cuando su cerebro comprendió que las luces eran producidas por las ramas de sus padres, hacia dichas ramas. Ansiaba sostenerlas y hacer que echasen esas mismas luces.

Cuando sus padres no hacían magia frente a él, su entretenimiento preferido era jugar con su sonajero. Los colores y sonidos que brotaban de él eran muy lindos, y podía estar horas sacudiéndolo y sonriendo de felicidad. Casi siempre se dormía con el sonajero, y su madre o su padre se lo quitaban suavemente para evitar que se lastimase con él accidentalmente durante el sueño.

Fue pocos días después de cumplir los seis meses que Albus se despertó, como siempre, sin el sonajero en la mano. Al ya había pasado por eso muchas veces y sabía que era inútil buscarlo entre las sábanas de su cuna. Su única opción era llorar para que mamá o Harry viniesen y se lo devolviesen. El niño se sentó (hacía pocas semanas que podía sentarse más o menos sin ayuda) y preparó sus pulmones, pero de pronto sus ojos notaron la presencia de su juguete preferido encima de la cómoda, ubicada a pocos metros de su cuna.

Albus quería ese sonajero, y lo quería ahora. Sabía que aún llorando con fuerza sus padres tardarían un largo en darle el juguete de vuelta, y carecía de la paciencia necesaria para esperar. De modo que estiró las manos hacia el objeto, ansiando poder alcanzarlo con todas sus fuerzas.

Y de reprente, Albus sintió como si una fuerza interior, casi como una extremidad invisible, saliese de su cuerpo en dirección al sonajero. Entusiasmado, Albus estiró mentalmente ese brazo extra y llegó a tocar el sonajero, que se movió un poco. El bebé podía sentir la textura lisa y un poco fría del plástico. Y luego quiso acercarlo hacia su cuna.

Lo que ocurrió a continuación fue rapidísimo. El sonajero, lejos de flotar lentamente hacia Albus, se lanzó hacia él como atraído por un imán. Albus apenas tuvo tiempo de cerrar instintivamente los ojos antes de que su juguete lo golpease en la frente. El bebé empezó a llorar a todo pulmón antes aún de que viniese el dolor del impacto.

Ginny, que estaba ya subiendo las escaleras para despertar a Albus, escuchó el llanto y subió corriendo. A pesar de los casi diez años de paz transcurridos desde la muerte de Lord Voldemort, todavía seguía temiendo la posibilidad de un ataque de los Mortífagos que continuaban en libertad. De hecho, el nacimiento de sus dos hijos había aumentado sus temores, porque podía enfrentar una amenaza contra su propia vida o la de Harry, pero no contra la de aquellos niños, carne de su carne y sangre de su sangre. Sacando su varita, la mujer corrió por el pasillo y entró al dormitorio de su hijo menor, pero se encontró “apenas” con el bebé sentado en su cuna llorando y con una marca roja en la frente. Aliviada, Ginny guardó la varita y levantó al niño de la cuna para examinar el golpe.

-¿Con qué te hiciste esto, corazón? -preguntó suavemente. Luego vio entre las sábanas el sonajero de Albus, el mismo sonajero que ella había sacado de la cuna la noche anterior, cuando Al se durmió, y una idea empezó a formarse en su mente. Fue entonces que Harry entró en la habitación, con más parsimonia que su esposa pero un poquito alarmado.

-¿Qué ocurre, Ginny? -preguntó.

-¿Tú le devolviste esto? -replicó ella mostrándole el sonajero.

-No, Ginny -dijo Harry con calma.

-¿Seguro?

-Por supuesto. Yo lo acosté y tú viniste a ver si estaba dormido y acomodarlo.

-Entonces… creo que esto significa que nuestro hijo es un mago. Porque solo con magia habría podido alcanzar el sonajero.

-¿Y por qué llora? -dijo Harry, en cuyo rostro comenzaba a dibujarse una sonrisa.

-Porque le pegó en la frente.

-Pobre niño -dijo Harry mientras lo tomaba de los brazos de su madre y lo acunaba. Albus estaba empezando a tranquilizarse. El dolor del golpe era cada vez menos intenso, y el estar en manos de ese hombre lo hacía sentir más seguro-. Espero sinceramente que la magia te sea más útil en el futuro, hijo -añadió mientras lo besaba en la frente.

-Creo que esto amerita una celebración -dijo Ginny mientras contemplaba con ternura a dos de las tres personas más importantes de su vida-. Creo que nadie en mi familia ha tenido su primer estallido involuntario de magia a tan corta edad.

-Nuestro Albus Severus será un gran mago -sentenció Harry mirándolo con amor y orgullo a los ojos.

[NOTA: Quiero dedicarles este breve capítulo a Aldi y a Durward. En el caso del segundo, espero que su problema -sea cual sea- se solucione pronto. También quiero aclarar que no estoy 100% seguro que jugar con sonajeros sea precoz en un bebé de 6 meses, pero ¿qué quieren? No soy pediatra, soy estudiante de Historia. Un abrazo a todos y a todas.]

Coma

Valerie no podía creer lo que estaba viendo. Albus Potter estaba tirado en el suelo como si fuera un muñeco de trapo olvidado por un niño. Intentó acercarse a su novio, pero una pequeña multitud se había agrupado en torno a él y le fue imposible. Scorpius Malfoy, que estaba al lado de Albus cuando sufrió aquel ataque (si es que así se lo podía llamar), sí pudo aproximarse al muchacho caído y le apoyó la mano en la muñeca. Comprobó con alivio que su mejor amigo tenía pulso, pero muy débil.

-¡Está vivo! -exclamó para que todos lo oyeran. Como no tenía una voz tan potente como la de Al, solamente lo escucharon los chicos y chicas que estaban cerca suyo, pero la noticia fue corriendo de boca en boca.

Pocos instantes después, la directora Servilia Crouch se abrió paso entre los alumnos. Parecía asustada, pero conservaba la compostura. A su lado apareció Neville Longbottom, pálido y demudado.

-Gracias a Merlín que no ha muerto -dijo nerviosamente-. ¿Qué le ha ocurrido?

-No lo sé, y dudo que nadie más aquí lo sepa -sentenció Crouch-. Neville, quiero que lleves a Potter a la enfermería ahora mismo.

El profesor de Herbologia obedeció; con un Mobilicorpus trasladó a su ahijado fuera del comedor.

-¿Dónde estaba sentado Potter? -preguntó a continuación la directora en tono imperioso.

-Allá -dijo Scorpius señalando el lugar de la mesa donde había un plato con un poco de sopa y una copa con jugo de calabaza. Crouch avanzó con paso decidido hacia allí y levantó la copa y el plato.

-¡Profesor Slughorn! -llamó, y de inmediato vino el anciano profesor de Pociones, con una expresión de pavor absoluto en sus ojos- Lleve esto a su laboratorio y analícelo. Es probable que alguien haya envenenado al señor Potter y que el veneno esté aquí.

Slughorn tomó ambos objetos con cuidado, como si se tratase de serpientes peligrosas, y se dirigió a donde le había indicado la directora. Los alumnos, silenciosos, se apartaron a su paso, pero Agamenón Lestrange lo siguió.

-¿El señor Potter comió algo más hoy? -preguntó a Lily, que había conseguido abrirse paso para ver a su hermano, pero había decidido quedarse un rato más en el comedor antes de seguirlo a la enfermería.

-No, salvo el desayuno y algunas ranas de chocolate que compró en el Expreso de Hogwarts -dijo la chica con voz temblorosa.

-Entonces está claro que el veneno -dijo Crouch, casi para sí misma-, si es que Potter fue envenenado, estaba en su plato de sopa o que fue vertido en su jugo de calabaza -Luego la directora pareció recordar que la rodeaban decenas de alumnos y levantó la voz-. Quiero que regresen de inmediato a sus salas comunes. El resto de la cena les será enviada allí. Claro que los familiares de Potter -añadió con un poco más de cortesía, dirigiéndose a Lily- pueden ir a la enfermería.

***

Cuando Harry y Ginny Potter entraron a la enfermería, su hija, sus sobrinas Rose, Lucy, Molly y Dominque y su sobrino Hugo se quedaron de una pieza. Jamás los habían visto tan serios, tan… aguerridos. Su hijo estaba en peligro y los dos parecían dispuestos a matar o a morir por él si fuese necesario.

Fue solo cuando lo vieron que esa resolución pareció tambalear, debilitada por el miedo por la suerte de su hijo. Albus estaba tendido boca arriba en la cama, todavía con la túnica del colegio puesta. Sus ojos verdes continuaban muy abiertos, pero no había ninguna expresión en ellos. De no ser por el suave sonido del aire entrando y saliendo de sus fosas nasales, habría parecido muerto.

-¡Albus! -exclamó Ginny, y tomó su mano entre las suyas. Estaba muy fría y seca, pero se calentó un poco al tacto- ¿Qué te ha pasado, hijo mío? -musitó, horrorizada. Harry le acarició el hombro y miró a su hijo con idéntico espanto.

-¿Qué ocurrió? -preguntó Harry a la señora Pomfrey, que estaba sentada en un rincón.

-No lo sabemos, Harry -respondió ella con suavidad-. Tu hijo estaba cenando con sus compañeros y de repente sufrió una especie de ataque. Por sus gritos, parece que muy doloroso. Luego perdió el conocimiento y… quedó en coma.

-¿Despertará? -preguntó Ginny desesperadamente.

-No lo sabemos -dijo la señora Pomfrey tristemente.

-¿Qué le hizo esto? -preguntó Ginny.

-La directora cree que lo envenenaron.

-¿Con qué? -dijo Harry.

-No lo sabemos todavía. El profesor Slughorn está investigando.

-¿Puedo ayudarlo? -dijo una voz detrás de ellos. Era James Potter. Apenas entró a la enfermería, su hermana Lily se lanzó a sus brazos- Ya, ya, tranquilízate, Lily -consoló a su hermana-. No vamos a perder a Albus. Ese mocoso estará molestándonos durante muchos años más.

-¡Oh, qué bueno que estés aquí! -exclamó Lily abrazándolo con más fuerza.

-¿Puedo ayudar al profesor Slughorn, papá?

-Sí él está de acuerdo, pues claro -dijo Harry-. Tú siempre fuiste bueno en pociones, serás muy útil ahora.

-De hecho -señaló la señora Pomfrey-, hay otro alumno, Agamenón Lestrange, que también lo está ayudando. Seguramente les agradará tener un par de manos y un cerebro extra.

Sonriendo, James abrazó un rato más a su hermana, miró con preocupación a Albus y se fue a las mazmorras.

-¿Dónde está la directora? -preguntó Harry.

-En las cocinas -dijo la señora Pomfrey.

Y sin despedirse, el señor y la señora Potter salieron de la enfermería.

***

Cuando entraron a las cocinas, los elfos domésticos estaban en fila como soldados. Uno de ellos había sido apartado del grupo y estaba sentado en el suelo cerca de Crouch, que ocupaba una de las sillas.

-¡Lo siento tanto, ama! -decía el elfo- ¡Perdóneme, perdóneme! ¡Debo azotarme…!

-Eso no será necesario -dijo la directora-. Está claro que no actuaste por voluntad propia. El error fue mío, no tuyo. Hace mucho que tendría que haber previsto algo como esto.

-Profesora -dijo Ginny, y Crouch levantó la vista.

-¡Harry! ¡Ginny! -exclamó, con una expresión de pena y culpabilidad en el rostro- Gracias a Merlín que están aquí.

-¿Que ha hecho ese elfo? -preguntó Ginny.

-Todo indica que fue él el que echó el veneno en la sopa o en el jugo de Albus -dijo Crouch.

-¿Lo confesó?

-No, pero lo revisé y presenta signos de haber sufrido un hechizo desmemorizante hace muy poco.

-¿O sea que alguien le ordenó envenenar a mi hijo y luego le borró la memoria? -preguntó Harry.

-No lo creo. No se le podría dar esa órden a un elfo doméstico, al menos si uno no es su amo. Envenenar a un alumno de Hogwarts sería para un elfo del colegio traicionar a su ama (o sea yo). Pero se lo podría forzar mediante un Imperius. Mi error estuvo en no imaginar que algo así podría suceder alguna vez. Podría haber instalado barreras mágicas como las que hay en Gringotts, impidiendo que nadie bajo el maleficio Imperius entre a las cocinas.

-Ni tú ni ningún director del colegio en siglos pensó en esa posibilidad, Servilia -dijo Harry-. No creo que debas culparte.

-Aún así, estoy dipuesta a presentar mi renuncia ante el Consejo Escolar si ustedes lo desean -dijo ella, muy seria.

-No lo deseamos -dijo Ginny fervientemente-. No tenemos nada que reprocharte.

Servilia sonrió con expresión agradecida.

-¿Cree que falta mucho para que sepamos qué veneno usaron contra Albus? -preguntó Harry.

-Espero que no.

***

Agamenón, James y Slughorn habían analizado la sopa y lograron detectar en ella una sustancia. Mediante diversas destilaciones, el profesor y sus dos últimos mejores alumnos aislaron dicha sustancia y la separaron del caldo, vertiéndola en siete redomas. Después, se dedicaron a poner esas siete muestras en contacto con diversos componentes, intentando deducir por su reacción cuál era su naturaleza.

Las primeras seis no reaccionaron sino que permanecieron separadas de los otros líquidos como si fuesen agua y aceite. Para el séptimo, el profesor decidió mezclar el veneno con jugo de mandrágora. Agamenón y James no protestaron, pues no tenían idea de qué otra cosa podían probar. Así que Agamenón se dirigió al armario de los ingredientes en busca del jugo de mandrágora. Mientras revisaba los estantes, su mirada se fijó sobre un frasco con un líquido verde oscuro que reconoció como esencia de heléboro. Y en ese instante, el chico de Gryffindor supo con certeza que tenían que probar con eso y no con mandrágora. Así que tomó ese frasco y salió del armario.

-¿Esencia de heléboro, Agamenón? -preguntó James entrecerrando los ojos- El profesor te pidió jugo de mandrágora.

-Ya lo sé, pero algo me dice que esto es mejor.

-¿Tu intuición? -preguntó Slughorn con desconfianza.

-Llamémoslo una corazonada.

-Bueno -dijo Slughorn con cansancio-, todas mis teorías ya se derrumbaron, y la del jugo de mandrágora es menos firme, así que mejor probemos tu heléboro, Agamenón.

Agamenón miró a James, quien asintió con la cabeza, resignado, y echó unas cuantas gotas de esencia de heléboro al veneno. La sustancia reaccionó velozmente, pasando de la tonalidad incolora al azul más intenso en un abrir y cerrar de ojos.

-¡Lo lograste, Agamenón! -exclamó Slughorn mientras lo abrazaba, y el chico no pudo reprimir una sonrisa satisfecha. Pero luego fijó su mirada en el rostro de James, que ahora estaba apesadumbrado, y comprendió.

-Gracias, profesor -dijo el adolescente mientras se soltaba del abrazo del anciano-, pero esto significa que no será posible ayudar a Albus. No podemos hacer nada contra el Nullum Potens.

Siguiente capítulo

El techo opaco

Al igual que en otras ocasiones, Scorpius Malfoy fue recibido en King’s Cross por su elfo doméstico Twiggy en vez de por sus padres. Vio a Ron y Hermione Weasley entre la multitud, y por eso no se atrevió a despedirse de Rose más que con un abrazo. Ron los miró con frialdad, pero a Scor le pareció ver un poco de solidaridad en los ojos de la madre de Rose.

El elfo lo llevó a la Mansión mediante la Aparición conjunta. Sus padres no estaban esperándolo en el vestíbulo.

-¿Dónde están, Twiggy? -preguntó Scorpius.

-Lo están esperando en la sala de estar del Ala Oeste, amo -dijo el elfo, visiblemente nervioso.

-Están enojados, ¿verdad?

-Sí, amo. Especialmente la señora Pansy.

-No me extraña. Bueno, gracias por avisarme.

Scorpius se dirigió a la sala mientras Twiggy llevaba su equipaje a su dormitorio. El adolescente llegó hasta la puerta, tomó aliento, intentó reunir todo su valor, y entró.

Su padre estaba sentado en su sillón favorito. Por lo general solía recostarse perezosamente en él, pero en esa ocasión estaba muy erguido. Su rostro mostraba una expresión tan gélida como la del señor Weasley, pero muchísimo más despiadada.

Su madre y su abuela estaban sentadas en un sofá, una al lado de la otra. Pansy tenía los labios apretados y sus ojos echaban chispas, literalmente, pero se contenía por la presencia de su esposo y su suegra. Narcisa parecía más preocupada y pensativa, y como siempre Scorpius se maravilló de lo juvenil que seguía siendo su aspecto a pesar de que tenía ya sesenta y siete años.

El chico, sin decir nada, se sentó en un sillón frente a los de su familia, que supuso que le habrían reservado. Por un largo rato nadie habló, y el único sonido de la sala fue el del antiguo reloj de ébano marcando los segundos. Scor decidió romper el silencio.

-Qué bueno es estar de vuelta en casa -dijo con ironía.

-No digas tonterías, Scorpius -dijo Draco, molesto-. Estamos aquí para oír tus explicaciones.

-¿Qué debo explicarles? No me consta haber hecho nada malo.

-¡Y el caradura se atreve a negarlo! -bramó Pansy con cólera.

-Silencio, Pansy -dijo Draco-. Lo que has hecho, Scorpius, es iniciar una relación con la hija de Ron Weasley y Hermione Granger.

-Ah, eso. ¿Cuál es el problema?

-El “problema”, hijo, es sencillo: esa chica es totalmente inadecuada para ti. Como novia y como eventual esposa. Si quieres acostarte con ella, hazlo, pero no tengo intenciones de permitir que ensucies nuestro nombre saliendo con ella, y ni hablar de casarte con ella.

-¿”Ensuciar nuestro nombre”, padre? -dijo Scor con calma- ¿No crees que el nombre de los Malfoy está bastante sucio de por sí?

-¿Cómo te atreves a decir eso? -gritó Pansy mientras se ponía de pie- ¡Los Malfoy somos una de las familias de sangre pura más antiguas, ricas y respetables!

-Considerando que tú no eres una Malfoy más que por matrimonio y yo lo soy por nacimiento, creo que tengo más derecho a hablar de nuestro nombre.

Pansy dio un paso, aparentemente decidida a abofetear a su hijo, pero Narcisa la sujetó del brazo y la forzó a volver a sentarse en el sofá. Draco, aparentemente indiferente a aquel incidente, dijo:

-Creo que deberías aclarar tus palabras, Scorpius.

-Como quieras. Tu padre, como sabes, fue un Mortífago y logró salvarse de Azkaban dos veces, a pesar de que había abrumadoras evidencias en su contra. Actualmente los que ejercen el gobierno son los que vencieron a los Mortífagos, y ellos no nos ven con buenos ojos.

-¿Y eso qué importa? -intervino Pansy- ¡Nos odiarán, pero aceptan nuestros sobornos! El dinero no tiene olor.

-Es cierto, pero aún así esta situación no nos beneficia. La opinión pública nos detesta, y eso es una traba para iniciar una carrera política.

-¿A ti te interesa eso, Scorpius? -preguntó su padre con interés.

-No, pero creo que tarde o temprano algún Malfoy querrá hacerlo y tropezará con el obstáculo de la mala reputación de nuestra familia.

Draco miró a su hijo fijamente, y luego preguntó:

-¿Entonces quieres usar a la hija de Granger y Weasley para limpiar nuestra reputación?

-Exactamente -mintió Scorpius-. Ella es la hija de los dos mejores amigos de Harry Potter, y sobrina de su esposa. Con Rose como mi novia, y tanto sus padres como ustedes aceptando nuestra relación, cada vez menos gente nos consideraría gente de mala calaña, ¿no creen? Sobre todo considerando que soy el mejor amigo del hijo del señor Potter.

-¿Y qué hay del hecho de que ella sea mestiza? -señaló Draco con acritud.

-Su padre y su madre son un mago y una bruja. Y nuestros hijos serían técnicamente de sangre pura, siendo hijos y nietos de magos. El hecho de tener dos bisabuelos muggles no los afectaría demasiado.

Los años habían vuelto a Draco mucho más inteligente. Su mente era más abierta a las ideas ajenas, y no le costaba tanto como antes asimilar conceptos nuevos. No le resultó demasiado complicado entender el punto de vista de su hijo, aunque aceptarlo era más difícil. Pansy, por su parte, era incapaz tanto de una cosa como de otra. Solo veía a su hijo en pareja con la hija de la sangre impura Granger, a la que había odiado y secretamente envidiado a lo largo de sus años en Hogwarts. Abrió la boca para protestar, pero su suegra Narcisa la interrumpió.

-Creo, hijo, que deberíamos discutir este tema en privado. Scorpius -ordenó en tono imperioso mientras se ponía de pie- vete a tu habitación a desempacar tus cosas. Hablaremos de esto en la cena.

Pansy le tenía un poco de temor a su suegra, por lo que no se atrevió a contradecirla. Había una parte suya que quería gritarle a su hijo a todo pulmón, pero no podía ceder a ese impulso. Narcisa acompañó a Scor a la puerta, la abrió y cuando sus miradas se encontraron le guiñó el ojo. Scorpius, satisfecho, se dirigió a las escaleras. Su abuela lo ayudaría.

***

Los resultados de Albus en los TIMOS fueron muy buenos, permitiéndole seguir adelante en su plan para convertirse en Inefable. Muchos habían esperado que el muchacho eligiera seguir el camino de su padre y de su hermano James, que tras su graduación y sus vacaciones había comenzado su entrenamiento para convertirse en Auror, pero Al los había decepcionado. Al segundo hijo de Harry Potter no le interesaba en absoluto ser otro “perro del Ministerio”, como llamaba jocosamente a los Aurores. Albus consideraba que el Departamento de Aurores era poco más que el brazo armado del Ministerio de la Magia, algo similar a los pretorianos del mundo mágico, y que como Inefable tendría más posibilidades de desarrollar su propia agenda. A diferencia de su padre, que estaba conforme con dirigir el Departamento de Aurores, Albus ansiaba llegar a ocupar el sillón de Kingsley Shacklebolt, y consideraba que el Departamento de Misterios sería el mejor lugar para iniciar su cursus honorum.

Debido a que Luna y Rolf Scamander habían emprendido un viaje a Siberia, durante ese verano vinieron de visita Lorcan y Lysander Scamander al número doce de Grimmauld Place. Fue natural que Lorcan, a quien Albus no le caía muy bien, compartiera el dormitorio con James, y que Lysander durmiera en el de Al. Aquella intimidad significaba tener que escuchar muchos lamentos por el amor no correspondido que Lysander sentía hacia Louis Rosier, pero era mejor eso que la hostilidad de Lorcan. Albus acabó dándole a Lysander el mismo consejo que su tía Hermione le había dado a su madre en los tiempos en que ella estaba enamorada de Harry sin que él se diese cuenta: salir con otros chicos. “No es muy útil”, pensó mientras veía a Lysander reflexionar sobre su idea, “pero es lo único que se me ocurre. No pienso ayudarlo a romper la pareja de Hugo y Louis”. Lysander aceptó sin mucho entusiasmo.

Cuando llegó el 1º de septiembre, Ginny y Harry llevaron por primera vez a Albus y a Lily a King’s Cross sin la presencia de James. Lysander y Lorcan los acompañaban. Al ocupó su compartimiento habitual, que empezó a llenarse poco a poco con sus amistades (salvo Rose y Scorpius, Hugo y Louis y Alcyone y Livius, que preferían estar solos). El propio Al hubiera preferido ocupar un compartimiento con Valerie, pero como ella todavía no le había autorizado a contarle a nadie que estaban juntos, debió quedarse con las ganas. Al fin y al cabo tendrían tiempo de sobra para verse en Hogwarts.

Aquel día era sorprendentemente frío y húmedo, por lo que cuando los alumnos llegaron al colegio lo único que deseaban era tomar algo bien caliente. Tuvieron que aguantar cómo los alumnos de primero -entre los que no había ningún amigo o pariente de Albus- eran Seleccionados en las distintas Casas, y luego el discurso de la directora (un poco más largo de lo habitual porque ese año recibían nuevamente a profesores de Durmstrang y Beauxbatons) antes de poder satisfacer su deseo.

Apenas Crouch terminó de hablar, aparecieron frente a cada uno de los alumnos sendos platos de sopa  bien caliente que hicieron que a todos les volviera el alma al cuerpo. Como también había fuentes, muchos incluso se sirvieron de nuevo antes de que apareciesen los platos principales.

En su mesa, Albus escuchó atentamente la historia de Scorpius. Aprobó de todo corazón su astucia al hacer que su padre viera el lado más útil y práctico de su relación con Rose Weasley y se congratuló de que al menos por el lado de su mejor amigo las cosas que hubiesen resuelto más o menos satisfactoriamente. Lamentablemente, dijo Scorpius, Ron no parecía muy dispuesto a reconciliarse con la idea de que su hija fuese novia de un Malfoy.

-De todos modos -repitió Al a Scor-, creo que con lo que hiciste el 20 de junio demostraste que eres un Slytherin de pies a cabe…

Y fue entonces que ocurrió. Al sintió como su un puño lo golpease en el pecho, pero desde adentro, y dejó escapar un gemido entrecortado. Se llevó las manos al pecho pero antes de poder tocarlo sintió otro golpe interno. Poco a poco un horrible calor empezó a dominarlo, a invadir su cuerpo. Era como si la sangre que corría por sus venas se hubiera convertido de repente en ácido sulfúrico. Albus no pudo reprimir un grito desgarrador. Trató de levantarse de su asiento pero tropezó y cayó al suelo. Todos los que estaban cerca se dieron vuelta para ver qué ocurría. La confusión reinaba.

Albus volvió a gritar. El dolor era insoportable, muchísimo peor que el de una Cruciatus porque al menos con esa maldición uno sabía qué le estaban haciendo y ahora él no entendía nada. Al quería morir, tenía miedo, rabia, desesperación, todo al mismo tiempo. Sintió como unas manos fuertes lo trataban de levantar del suelo, pero no podía ver nada. Y de repente hubo otra oleada de dolor y Al gritó por tercera vez; en rigor fue más un rugido que un grito.

El suelo del Gran Comedor tembló bajo sus pies. Fue como si una onda de magia en estado puro saliera de su cuerpo, chocando contra los objetos y las personas que lo rodeaban y haciéndolos tambalearse. Las sacudidas continuaron durante varios segundos, y entonces ocurrió algo insólito, que no había ocurrido en siglos: el hechizo que hacía que el techo del comedor de Hogwarts fuese transparente y mostrase el cielo nocturno fue debilitado por la magia de Albus. Por varios minutos, los estudiantes pudieron ver las antiguas piedras grises de aquel techo construido en tiempos inmemoriales.

Claro que Albus no vio nada de eso. Su cuerpo comenzó a experimentar espasmos y finalmente se quedó inmóvil, con los ojos abiertos mirando a la nada.

Siguiente capítulo

Older Posts »